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Caballé

Ha pasado un año desde el anuncio de la Lotería, y Montserrat Caballé sigue siendo grande. En todos los sentidos.

Rosa Belmonte
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Montserrat Caballé | Cordon Press/Archivo

El Teatro Real, el Liceo y cualquier teatro de ópera importante deberían hacer homenajes mensuales a Montserrat Caballé, a Plácido Domingo y a Teresa Berganza. No me olvido de Juan Pons o de Jaime Aragall, pero los tres primeros son los grandes supervivientes de esa generación lírica española de estrellas mundiales surgida en España por arte de birlibirloque. Caballé, Plácido y Berganza son como esas pocas leyendas de Hollywood que quedan (Olivia de Havilland, Maureen O’Hara y, si acaso, Kirk Douglas). Desaparecidos Victoria de los Ángeles, Alfredo Kraus y Pilar Lorengar, destacan como una rareza patria que hay que celebrar.

Un año después de que nos riéramos de Montserrat Caballé por el anuncio de la Lotería (pero prefiero su cara de susto que las babas de esta temporada), el Teatro Real homenajea a la soprano catalana. Es verdad que los homenajes ya no son lo que eran. Hoy no se hacen cosas como el concierto por la retirada de Gerald Moore en el Royal Festival Hall de Londres el 20 de febrero de 1967, uno de esos acontecimientos irrepetibles (como el recital de María Callas en Epidauro). Cuando el pianista Moore se retiró, Walter Legge, el ‘leggendario’ productor de EMI, tuvo la idea de reunir a su mujer, que no era otra que Elisabeth Schwarzkopf, Dietrich Fischer-Dieskau y Victoria de los Ángeles con el pianista que los había acompañado (y que tocaba muy alto: sus memorias se llaman ‘Am I too loud?’). Hoy es imposible algo así porque no hay gente así. Entre lo más parecido está Caballé.

Vale que no es Victoria de los Ángeles, la pureza en la interpretación, como la propia Caballé reconoce, pero también es grande (en la historia de la ópera, quiero decir). Debutó en el 56 con La flauta mágica. A partir de ahí llegó a un repertorio que alcanzó el centenar de obras. Del barroco al verismo. Del belcantismo al registro más dramático. Su última ópera fue en el 92 con Il viagio a Reims en el Covent Garden (aunque, excepcionalmente, volvió al Liceo con una Catalina de Aragón en el Enrique VIII de Saint-Saëns). En el 92, además de retirarse de la ópera, también hizo el ridículo. Con Freddy Mercury.

Le tengo cariño porque de pequeña el primer disco de ópera que me compré (antes de descubrir que Victoria era lo más) fue una ‘Traviata’ de Caballé con Carlo Bergonzi que me ponía a escuchar en la cama mientras miraba la letra en el libreto. Y aunque no la he visto en ninguna representación de ópera, sí la he disfrutado en recitales. Me acuerdo especialmente (un día que habían colocado sillas en el escenario, con lo que estaba al ladito) de una interpretación del ‘Sposa son disprezzata’ de Vivaldi (esa misma aria que Cecilia Bartoli canta en un episodio de Los Soprano, mientras Carmela está mirando un cuadro). Fue tan impresionante lo de Caballé que cuando acabó, un señor desde el gallinero gritó "bis". Y ella contestó: "Usted no sabe lo difícil que es esto".

Hay un documental en DVD sobre Elisabeth Schwarzkopf llamado ‘A self-portrait’. La soprano alemana repasa su vida y su carrera pero no aparece. Tenía entonces 80 años. Había sido tan guapa que no permitió que las cámaras la filmasen cuando ya no lo era. Lo bueno de Montserrat Caballé, de 81, es que nunca ha sido un bellezón y, aunque haya envejecido, sigue casi con el mismo aspecto. Es el peinado. O la peluca. Le pasa lo mismo a Rafaella Carrá y a Ana Blanco. Otras leyendas.

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