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Casi Dreyfus, casi artista

Ruiz-Mateos se convirtió en una folclórica tras la expropiación de Rumasa, pero tenía información privilegiada.

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José María Ruiz-Mateos | Archivo/EFE

Ruiz-Mateos regaló a Concha Velasco una grabación donde aparecía su marido, Paco Marsó, poniéndole los cuernos. Y a Esperanza Aguirre, otra donde Álvarez del Manzano la ponía verde. Así de generoso era. También reparaba conventos (además de sus donaciones al Opus y los Legionarios). Las monjas le correspondían orando. "Zoilo, ponlas a rezar", decía a su hijo cuando iba a acometer alguna operación empresarial. En los años 90 escribí una columna en La Verdad donde más o menos (ya casi no me acuerdo) resaltaba esa moda de que los presidentes de clubes de fútbol fueran también, o además, delincuentes (o imputados). Por Gil y por él, claro. Ruiz-Mateos se ofendió pero me escribió una carta amabilísima llamándome señora. Fue la primera carta que recibí por un artículo. Es verdad que muchos años después, y por uno escrito en Chic, Locomotoro me mandó otra carta. Esa sí me hizo ilusión (la que más). Pero la de Ruiz-Mateos fue la primera.

Ruiz-Mateos, ya lo dijo Umbral, se convirtió en una folclórica tras la expropiación de Rumasa. Un casi Dreyfus con bata de cola (con traje de Supermán). Y eso que la Pantoja todavía no había ingresado en prisión. Un héroe popular, al menos si pensamos en los votos que obtuvo al presentarse a eurodiputado.

Cuando Joaquín Yvancos, su abogado, publicó Una familia ideal. Escándalos, traiciones y quiebras de los Ruiz-Mateos, contó cosas que ni siquiera habríamos podido imaginar. Por ejemplo, que trató de impedir la primera guerra del Golfo. Que se reunió con Sadam Hussein, que consiguió la mediación del Vaticano y la autorización de Israel. Que se reunió con el senador estadounidense Bob Dole y este le dijo que la intención era buena pero que la maquinaria de guerra era imparable.

Ruiz-Mateos, en su nueva vida de folclórica, tenía información privilegiada. Mario Conde, Javier de la Rosa y él se cambiaban cromos. En un relato propio de Mortadelo y Filemón, Yvancos recordaba que con un Cuatro Latas interfería la señal de televisión para que apareciera la abeja en las pantallas. También espiaba las conversaciones de los primeros móviles. Fue el empresario quien filtró los planos de la casa de Isabel Preysler en Puerta de Hierro. Es decir, el que filtró todos los baños que tenía, 16, provocando que al domicilio que ahora visita Mario Vargas Llosa se lo conociera como Villa Meona. Fue cosa de Alfonso Ussía en un artículo publicado en ABC el 11 de enero de 1989. Después de divagar sobre cómo debían llamarse las casas y cómo no y sobre cómo debía llamarse la de Isabel Preysler ("No se le puede llamar Villa Los Albertos porque sería pasarse de coba filomena"), acababa así: "Esa casa no se puede llamar de otra manera que Villa Meona. Iníciese, con urgencia, su construcción". Una vez dado el pie, y ya construida, Ruiz-Mateos compró más de cien retretes y los mandó colocar en forma de pirámide delante de la casa de los Boyer. Pero los vigilantes de seguridad los retiraron antes de que llegara la prensa para retratar la instalación artística de alguien que se ha dedicado a las performances. Alguien que ha tenido que morirse para llamar la atención por última vez.

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