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Horizontes cercanos

Miren a Hillary Clinton y Rita Barberá. La de años que se han echado encima esas señoras. Por los  disgustos.

Rosa Belmonte
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Rita y Hillary | Cordon Press

Hay cosas que tienen remedio. Ya lo decía la cómica Rita Rudner: "Te lleva seis meses ponerte en forma y bastan dos semanas para perderla. Cuando uno se da cuenta de eso puede dejar de sentirse molesto por otros aspectos de la vida y centrarse en este". Hay cosas que no tienen remedio. O tienen poco. El paso del tiempo, por ejemplo. Miren a Hillary Clinton y Rita Barberá. La de años que se han echado encima esas señoras. Por los disgustos. En el caso de Hillary fue de la noche a la mañana. Desde el discurso aceptando la derrota al siguiente. Vale que iba sin peinar ni maquillar, pero parecía que acabara de escapar de Shangri-La. Como María en Horizontes perdidos. Esa María interpretada por Margo. Es lógico que se pusiera un nombre artístico tan corto teniendo en cuenta el suyo real: María Margarita Guadalupe Teresa Estella Castilla Bolado y O’Donnell. Nacida en México e hija de un cirujano español, era sobrina política de Xavier Cugat. Intervenía en su espectáculo en los años 30. Una excelente bailarina contratada por el Waldorf Astoria de Nueva York que arrastró a la orquesta de Cugat en el paquete (quince años estuvieron Cugat y sus músicos en el hotel). Su transformación en vieja viejísima al final de la película de Capra es una de esas imágenes que se quedan clavadas. También la cara de Hillary.

Apareció la candidata perdedora como si tuviera interés en que se le viera mala cara. Como Anjelica Huston en El honor de los Prizzi cuando quiere dar pena a su padre y se pinta ojeras. Hay un método mejor que pintárselas. Nadar una hora con las gafas bien apretadas. Cuando acabas llevas una jeta con la que pareces Anna Magnani. Aunque ahora habría que decir Theresa May. Karl Lagerfeld tiene mucha razón cuando pontifica que el desaliño y la mediana edad son incompatibles. No sé qué podría pasar por la cabeza de Hillary para salir así. Que no es que te hayan pillado. Hasta las vecinas de los pueblos en los que ha habido un asesinato van a la peluquería preparándose para cuando lleguen los enviados de Ana Rosa Quintana.

Rita Barberá ya tenía mala cara antes de declarar ante el Supremo que ella no se ocupaba del dinero, que se ocupaba de conseguir votos. A muchos les parece que Rita Barberá es la Gargamel del pitufeo. Supongo que habrá otras pruebas porque si la mayor prueba de cargo es la grabación de María José Alcón y su hijo estamos arreglados. Es como uno de esos parlamentos preparados, quizá leídos, que muchos dejan en la defensora del espectador de Sálvame. Es más, parece una de las vecinas de Valencia en Callejeros. La que se ponía el impermeable y la bolsa de plástico en la cabeza porque aseguraba que la otra la rociaba con orines y productos químicos. "Está diciendo puta, puta, puta. A mí. Sin ser yo nada de eso". Lo mismo que Rita: me están diciendo corrupta, corrupta. Sin ser yo nada de eso.

Goebbels nombró en 1934 al oficial Wolfgang Fürstner comandante de la Villa Olímpica de Berlín. Tres meses antes de la inauguración de los Juegos lo despidieron. Tras las nuevas leyes raciales y un trabajo impecable, los nazis le descubrieron un abuelo judío. Lo degradaron y lo reemplazaron. Con la cabeza bien alta asistió a los Juegos y a una cena tres días después de la clausura en honor del sucesor. A mitad de la comida se fue al cuartel donde se alojaba y se pegó un tiro. A muchos en el PP les gustaría que Rita se suicidara. Metafóricamente. No me extraña que se le haya puesto esa cara.

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