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Cristina de Borbón, la infanta desterrada, cumple 55: así ha cambiado su vida

La infanta Cristina hace meses que no ve a su marido, que lleva dos años en la cárcel. Ahora ella cumple 55 años.

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La infanta Cristina hace meses que no ve a su marido, que lleva dos años en la cárcel. Ahora ella cumple 55 años.
La infanta y Juan Carlos en 1997, en la boda de ella | Cordon Press

Cincuenta y cinco años cumple este sábado, día 13 de junio, la infanta Cristina de Borbón y Grecia, en momentos tristes cuando lleva meses, por culpa del coronavirus, sin ver a su marido, que ingresó en la cárcel de Brieva el 18 de junio de 2018 y aún le queda por cumplir la totalidad de la pena a la que fue condenado a prisión: cinco años y diez meses. Coincide la primera efeméride con otra dura circunstancia que le afecta: las diligencias fiscales por el presunto pago de comisiones a su padre, don Juan Carlos de Borbón, del que se dice medió para la adjudicación a una empresa española del Ave Medina-La Meca. Cuando asimismo las relaciones de doña Cristina con su hermano, el Rey Felipe VI están enfriadas desde hace tiempo; mucho más con la Reina Letizia, como fue público y notorio durante el funeral de doña Pilar de Borbón, donde no se saludaron. Y, mientras tanto ¿cómo es la vida de doña Cristina?

Desde el pasado mes de febrero tanto la Infanta como sus hijos han continuado viviendo fuera de España, sin poder regresar a Brieva para visitar a Iñaki Urdangarín. Había conseguido éste realizar labores de voluntario en el hogar de discapacitados "Don Leone", lo que le representaba salir unas horas de la cárcel un par de días a la semana, recorriendo en coche un centenar de kilómetros hasta ese centro, sito en Pozuelo de Alarcón, para regresar ya al atardecer a su enclaustramiento. La pandemia le ha privado de esa liberación. Y allí sigue, en la soledad de su celda, sin nada que lo alivie. Quizás sólo cuando sale al patio para practicar ejercicios físicos; o cuando se entretiene leyendo, o escribiendo una especie de memorias o pensamientos acerca de su penosa situación. ¿Publicará algún día sus recuerdos? Seguro que no le faltarían editoriales interesadas en su publicación, españolas o extranjeras.

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La infanta e Iñaki Urdangarín | Archivo

Pensando en él todas las horas del día, doña Cristina continúa confinada en la vivienda alquilada en Ginebra en compañía de sus hijos, los menores, Miguel, de dieciocho años e Irene, de quince. Los otros mayores se sumaron al nucleo familiar: Pablo Nicolás, porque se suspendió la liga de balonmano en Francia en la que toma parte como jugador del Nantes, y Juan Valentín, cuyas clases en Inglaterra quedaron suspendidas. Todos se sienten atribulados por la ausencia del padre de familia. Y doña Cristina procura no perder el equilibrio mental ni la esperanza en tanto trabaja telemáticamente para la Fundación La Caixa, de Barcelona, de la que depende económicamente por ahora, (aunque medite pedir la excedencia o abandonarla), y de la Aga Khan Trust Foundation, que le reporta una generosa paga regular, obtenida en su día por mediación de su padre, el Rey emérito, íntimo amigo del presidente de tal entidad. Al no recibir ya ninguna asignación económica de la Casa Real, al ser excluida de todo acto oficial por decisión expresa de su hermano, el Rey, y desposeída ella y su marido del título de Duques de Palma de Mallorca, doña Cristina ha de obtener sus medios de vida a través de las referidas ocupaciones. No tiene otros ingresos. Y los gastos de su residencia helvética y los de los colegios y mantenimiento de sus hijos, son elevados. Ninguno de ellos contribuye todavía con emolumento alguno. Se ignora, aunque podría ser cierto, si don Juan Carlos, o por otro lado doña Sofía, contribuyen con algunas transferencias bancarias a que su hija menor tenga una vida digna de acuerdo a su rango. En su momento, don Juan Carlos (también su sucesor, Felipe VI) le insinuaron que debía separarse de su esposo. Pero doña Cristina no vaciló un instante en ambos casos: seguía enamorada de Iñaki Urdangarín, su marido, el padre de sus cuatro hijos. Tampoco renunció a su puesto en la escala sucesoria de la Corona. Es una Infanta de España, para lo bueno y lo malo, para los honores que recibió en el pasado, y para el drama que viene padeciendo. La opinión pública, en general, hace ya años que desaprobó su comportamiento, en la creencia de que salió bien beneficiada del juicio en el que estaba imputada junto a su esposo y ella salió sin condena alguna, libre de cargos. ¿Ignoraba los trapicheos de don Iñaki? ¿No sabía el dinero que entraba en casa para hacer frente a su alto nivel de vida? La llamada "pena de telediario", eso sí, es una pesada cruz que los acompañará "de por vida", tras aquel desdichado "caso Noos", que manchó la reputación de la pareja.

Lejano aquel 13 de junio de 1965 cuando vino al mundo, bautizada como Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad y de Todos los Santos. Seis días más tarde se celebró esa ceremonia bautismal en el Palacio de la Zarzuela. Padrinos fueron doña Cristina de Borbón y Battenberg, condesa de Marone, su tía abuela, y su primo Alfonso de Borbón Dampierre, aún "en expectativa de destino", cuando ni él mismo soñaba emparentar con la familia Franco y ser acreditado como Duque de Cádiz. Se echó de menos la presencia de don Juan de Borbón, su augusto abuelo, que no viajó a Madrid, por sus problemas de siempre con Franco y por otras divergencias con su hijo don Juan Carlos.

Tras sus estudios universitarios Cristina de Borbón y Grecia se estableció en Barcelona. Rumoreándose que lo hizo por cuestiones amorosas. No parece cierto, más el caso es que en la Ciudad Condal vivió felices momentos con Álvaro Bultó Sagnier, descendiente de un próspero empresario de motocicletas; o con los regatistas Fernando León y José Luis Doreste. Al margen de éstas y otras amistades catalanas alguien filtró que Cayetano Martínez de Irujo podía ser el marido perfecto para doña Cristina, mas esa presunción no tuvo demasiado recorrido. En cualquiera de esos rumores, ya doña Cristina en edad de merecer y objeto de quinielas sentimentales decía que los mencionados eran, simplemente, buenos amigos. Hasta que apareció en el horizonte de su vida un atractivo jugador de balonmano internacional, el vasco de Vitoria Ignacio (Iñaki) Urdangarín Liebaert. Salvo en los círculos del minoritario deporte, nadie sabía quién era este joven rubio, alto, guapo, de aspecto tímido, que andando el tiempo resultó ser tan despabilado como ambicioso.Y bien que ha pagado sus equivocados métodos para medrar en las altas instancias.

Iñaki vivía en Barcelona, vinculado a la división de balonmano de la entidad azulgrana, la del Barça de Messi. El "flechazo" entre él y la Infanta se ha contado infinidad de veces. Aquí nos limitaremos a condensar cómo y cuándo se produjo: en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Era el mes de julio de tal año. Los dos cruzaron saludos cariñosos, y miradas, sobre todos miradas de complicidad. Los cursis dirán que Cupido lanzó sus flechas. Y en la Ciudad Condal quedaron en verse, en conocerse, en amarse. A don Juan Carlos le sentó como un tiro cuando se enteró que su hija menor iba a casarse con un jugador de balonmano, por muy buena familia de la que procedía. Intentó evitar la boda. Movió los hilos precisos para que en la prensa rosa salieran a relucir aspectos del pasado del novio. Uno muy concreto: estaba a punto de casarse cuando dejó a su novia compuesta… y sin boda, para ser el acompañante de doña Cristina. Y era cierto. Iñaki Urdangarín pensaba contraer matrimonio, después de cuatro años de relaciones, con la señorita Carmen Camí, natural de Puigcerdá. Habían proyectado ya su próximo enlace. Y en vísperas de las Navidades de 1996, la cuitada se enteró de que su futuro esposo "salía" con una hija de los Reyes. Lo supo por los periódicos, y luego él parece que se lo dijo, bien cara a cara o por teléfono. Daba igual. Carmen Camí, una chica muy guapa, guardó para sí aquella puñada y sin resentimientos, se negó a contar sus penas a la prensa amarilla y a los programas del corazón, que estaban en su apogeo. Un ejemplo de dignidad.

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Felipe y Cristina | Archivo

En tanto, Iñaki Urdangarín se acercaba al Palacio de la Zarzuela para, de la mano de doña Cristina, conocer y ser conocido por los Reyes. Afable, extremando la cortesía, "se ganó" pronto a doña Sofía, su futura suegra. Y don Juan Carlos, que perdió la partida, hubo de "tragar" aquella boda, a la que se había opuesto desde el primer momento de conocer tales relaciones. Quizás se hubiera salido por la suya, pero su hermana, la Infanta doña Pilar, cometió un traspiés cuando un reportero le preguntó por "la boda inminente" de su sobrina, y respondió que ya conocía los preparativos de la petición oficial desde los comienzos de la primavera de 1997. No era posible un paso atrás. Exactamente, el compromiso se hizo público el 3 de mayo. El pretendiente, novio y luego esposo Iñaki Urdangarín tiene casi tres años menos que la Infanta. Nada que suponga problema alguno en la pareja. Sus cuñados, Felipe y Letizia simpatizaron con él. Hoy, lo han desterrado de sus vidas.

La boda tuvo lugar en Barcelona el sábado 4 de octubre de 1997. Con la pompa consiguiente. La Familia Real en pleno, residente esos días en el barcelonés palacete de Albéniz. Y el pueblo de Cataluña representado por miles y miles de ciudadanos en las calles, ávidos de ser espectadores de ese acontecimiento, vitoreando a la comitiva nupcial, camino a la Catedral de Barcelona. La televisión no perdió detalle en una retransmisión que alcanzó los mayores índices de audiencia de esa época. Era eso que a menudo se repite como un topicazo: "la boda del año".

Y después, fueron llegando los hijos. Cuatro. Y los desatinos por aparentar lo que no podía ser: una vida de millonarios cuando él como jugador de balonmano no podía afrontar los gastos con los que se enfrentó al comprar un casoplón, que encima hubo de remodelar a gusto de la pareja: ocho, diez millones de euros al final. Después, el tantas veces divulgado con miles de detalles "caso Nóos". Las interminables sesiones del juicio. La cárcel para él.

Volvemos al principio: doña Cristina con ojeras en su rostro algo envejecido. Cumple cincuenta y cinco años. Seamos caritativos deseándole un futuro mejor que el reciente pasado y que el duro presente.

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