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Rosa Belmonte

Dogmas bajo palio

A Lucía Etxebarría le ha pasado por su crítica a la ley trans. Cuatro gatos a los que los medios siguen como si el dogma que llevan bajo palio no pudiera ser puesto en duda la han acosado en redes.

Rosa Belmonte
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A Lucía Etxebarría le ha pasado por su crítica a la ley trans. Cuatro gatos a los que los medios siguen como si el dogma que llevan bajo palio no pudiera ser puesto en duda la han acosado en redes.
Lucía Etxebarría | Cuatro.es

No me gustaría estar en su pellejo, pero a veces me hace gracia el odio que genera Lucía Etxebarria por su oposición a la Ley trans. Amelia Valcárcel, también, claro. Y otras feministas de postín con discursos perfectamente articulados. Pero lo de Etxebarria es más contumaz y visible. Hasta el punto de que si Paz Vega da un ‘me gusta’ a un post sobre el asunto de Lucía, pues la turba que ve tránsfobas y terfs como aerosoles en una rave, va contra la actriz. La libertad de expresión no sirve para las críticas a la Ley trans. Digo que a veces la cosa me hace gracia por la última carga de la brigada pelmaza contra Lucía. La acusan de haber traficado con drogas en el pasado. Y Lucía: “Hola, sí, menudeé con drogas hace 30 años, eso no me convierte en traficante, como mucho en camella, y todo el mundo lo sabía dado que escribí un libro al respecto. Que ahora intentéis hundirme por ello es realmente estúpido. Besos”. Ya no sé si volver a citar a Saul Bellow reprendiendo a un biógrafo: “¿Qué es lo que puedes revelar sobre mí que no haya revelado ya?”. O al más trillado Azaña: “La mejor manera de guardar un secreto en España es escribir un libro”.

Menos mal que como no leen libros de hace años, menos habrán leído columnas del martes pasado. Como la de José F. Peláez en El Norte de Castilla titulada ‘Guapa y buena’. Bueno es él. Porque los mejores columnistas no están en los periódicos de Madrid. Dice Iñaki Gabilondo que abandona su análisis político diario porque está empachado. Como si no se pudiera hablar o escribir de otras cosas que se agradecen más. Por ejemplo, de mujeres con rabo. Y hacerlo tan bien y con tanta gracia como José F. Peláez.

En La masa enfurecida (Península), Douglas Murray escribe que “Ningún otro problema (sobre todo ninguno que afecte a tan pocas personas) ha conseguido en tan poco tiempo que los periódicos le dediquen páginas enteras ni que se exija, ya no sólo cambiar el lenguaje, sino toda la base científica que lo rodea”. Una cosa es la intersexualidad, causa perfectamente legítima, además de ser algo bastante más común de lo que se piensa (gente que nace con genitales ambiguos o a medio camino entre un sexo y otro). También hay que reconocer que si lees El enigma, las memorias de Jan Morris, no puedes pensar que no existe lo trans o que no es más que un capricho. Ella, que murió hace poco, cambió de sexo. O se lo reasignaron (ya saben, lo del lenguaje). En sus tiempos se decía “ir a Casablanca” como eufemismo de cambio de sexo (se operaban en Marruecos). Morris escribió: “Es evidente que nadie haría todo eso por diversión, y también es evidente que, si me hubieran dado la opción de llevar una vida sin todas esas complicaciones, la habría aceptado”. Pero hoy estamos en una lucha absurda entre la biología y el testimonio. Soy lo que yo digo que soy.

Y, como Lucía Etxebarria, algunas mujeres que vieron invadido su territorio no se han callado. Recuerda Douglas Murray lo mal que les ha ido a algunas feministas. A Julie Bindel (fundadora de la organización Justice for Women), a la que se le ocurrió escribir en The Guardian: “No tengo ningún problema con que un hombre se deshaga de sus genitales, pero eso no lo convierte en mujer, de la misma manera que ponerte un bulto debajo de los Levi’s tampoco te convierte en un hombre”. Otra de las feministas de izquierdas que cayó en el cepo fue Suzanne Moore, que en un artículo en The New Statement sobre la rabia femenina escribió: “Estamos furiosas con nosotras mismas por no ser más felices, por no ser amadas como es debido y por no tener el cuerpo ideal, el de una transexual brasileña”. Murray: “Hasta el día anterior había sido una feminista progresista de izquierdas, y ahora era una intolerante llena de odio, reaccionaria y de derechas”. Se retiró de las redes sociales. Luego les tocaría el turno a las más conocidas Julia Burchill y Germaine Greer. Por eso no es de extrañar lo que pasa aquí con Lucía Etxebarria o con otras.

De todos los que leí el año pasado sobre el asunto, el libro de Douglas Murray es el más esclarecedor (también sobre otras locuras colectivas y otros victimismos). Con perplejidades varias. Cuenta que, en algunos colegios de Gran Bretaña, los profesores se refieren a los alumnos con el género equivocado y al hacérselo notar los padres, les sueltan: “Ah, ¿no saben que su hijo/a se identifica como niño/a? O que el Gobierno escocés recomienda no informar a los padres si sus hijos quieren cambiar de género. Y dice Murray que eso pasa en los mismos colegios en los que hay que pedir permiso a los padres para dar una aspirina al alumno.

El franquismo. Edgar Neville justificaba por qué no trataba determinados temas que sí le interesaban. Resultaba difícil, a menos que aceptaras “sin la menor vacilación la tesis del que manda”. Como ahora, aunque los que mandan sean cuatro gatos a los que los medios siguen como si el dogma que llevan bajo palio no pudiera ser puesto en duda.

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