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Rosa Belmonte

Si no tienes prejuicios eres un robot

ya lo decía Einstein, es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Lo importante no es el prejuicio, es el juicio. Eso es lo que nos hace civilizados.

Rosa Belmonte
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ya lo decía Einstein, es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Lo importante no es el prejuicio, es el juicio. Eso es lo que nos hace civilizados.
Abby Wambach y Lennon Doyle. | Instagram

No entiendo que se pueda vivir sin prejuicios. Como no entiendo que se pueda vivir sin sol. Se puede vivir sin chocolate o sin jamón, pero sería más aburrido. W.C. Fields decía que estaba libre de todo prejuicio, que odiaba a todo el mundo por igual. Igual que Joan Rivers ("Odio a todo el mundo, empezando por mí misma"). Pero no se trata de odiar, aunque algunos vean el odio y el machismo en una tostada, como la cara de la Virgen. Se trata de las composiciones que uno tiene en la cabeza por el lugar en que ha nacido, por su entorno, por lo que sea. Leía en S Moda un artículo sobre Glennon Doyle escrito por Noelia Ramírez. Ahora se publican en España sus memorias, Indomable (Urano Testimonios). Bueno, el libro se titula Indomable. Deja de complacer, empieza a vivir. Doyle era una señora casada, madre de tres hijos con un blog (Momastery) y un libro donde escribía sobre la maternidad creyente progresista, sea eso lo que sea (Guerrera del amor se llama el libro). En sus escritos había bulimia, alcoholismo, otras sustancias y Dios. También una vida perfecta. Pero el marido le era infiel. "No hay furia que iguale a la de una autora de obras testimoniales cuyo marido le acaba de jorobar la historia" (Indomable). Me recuerda a la cerdita Peggy: "Sólo el tiempo puede curar un corazón destrozado, al igual que sólo el tiempo puede curar sus brazos y piernas partidos".

El librito lleva 70 semanas en la lista de los más vendidos del New York Times. Cuando en la serie La directora (sobre una universidad tradicional estadounidense) quieren poner de profesor a David Duchovny le dicen a Sandra Oh para convencerla (a su personaje, la directora del departamento de Lengua) que sus libros están en la lista del New York Times. Por supuesto, sigue sin darle importancia. Pero bien que venden, da igual lo que haya dentro de esos textos (el libro de la vaca de Duchovny, que me lo he leído, tiene un buen planteamiento, pero en general es birrioso).

Volviendo a Doyle, esta anima a las mujeres a dejar de complacer a los demás. Y volviendo a los prejuicios (los míos), Doyle acabó enamorada y casándose con Abby Wambach, jugadora de fútbol americana (la cosa empezó cuando esta le pidió consejo para sus memorias). Y resulta que son una ‘power couple’, con perdón. Yo conocía a la pesada de Megan Rapinoe. A Hope Solo. A otras. Pero no sabía cómo era esta Abby Wambach. Pues una pavaca altísima, rubia. Como un señor alto y rubio. El prejuicio del que me tuve que reír fue ver a esa pareja. Una mujer rubia de aspecto vulgar y otra que es como Dolph Lundgren. Que a mí me parece muy bien que te enamores de una señora como Dolph Lundgren, pero sí, prejuicio para mí (lo anotaré como en la pizarra de Mandy Patinkin en The Good Fight). Me sorprendió y me hizo gracia. ¡Homofobia! Vale, para ti la perra gorda. Del prejuicio no te puedes librar, ya lo decía Einstein, es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Lo importante no es el prejuicio, es el juicio. Eso es lo que nos hace civilizados. Mejores. O peores.

Días antes vi algo parecido a Diane Lockhart (o algo provocado por ella). Y estamos hablando de la abogada más liberal y biempensante según los cánones de lo correcto. El despacho de abogados de The Good Fight es un despacho mayoritariamente negro. Y desde que Adrian Boseman (Delroy Lindo) dejó la firma, las jefas son Liz (Audra McDonald) y Diane (Christine Baransky). Eso no parece bien a los socios (ni a los asociados) negros. Especialmente a Madeline Gilford (Brenda Braxton). Digamos que la señora es impresionante. Negra, por supuesto. De mediana edad. Alta. Y con la cabeza afeitada. Cuando Diane se ve en peligro, llama a sus mejores clientes (unos señores blancos tradicionales) para decirles que tiene que dar un paso atrás en el despacho y que partir de ahora esa abogada tan buena (se ve por las cristaleras) va a ser quien le lleve directamente sus asuntos. Cuando uno de esos hombres ve a Madeline con cara de susto pregunta que por qué, que quiere que ella siga siendo su abogada. La jugada sale perfecta a Diane porque sus clientes van con el cuento de que no quieren semejante cambio. ¡Racismo! Cielos, pero por parte de la intachable Diane Lockhart. Vale, aprovechándolo a su favor. Me quedo más tranquila. Los prejuicios no van a desaparecer, pero pueden sólo un punto de partida. No tenerlos es de robots. Y claro que nos podemos reír de los prejuicios y de nosotros. No de Abby y Brenda. Que no es eso.

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