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Katy Mikhailova

De Hiroshima al cielo: el ruido del silencio de Miyake

El mundo se nos está quedando sin artistas, pero Issey Miyake ha hecho historia. 

El mundo se nos está quedando sin artistas, pero Issey Miyake ha hecho historia. 
Issey Miyake | Hsinhuei Chiou

Esta semana las redes se llenaban de mensajes que lloraban la pérdida de Olivia Newton-John, protagonista del la mítica película Grease. Un día después también fallecía Issey Miyake. Instagram no sufrió su pérdida de la misma manera que la de la actriz. Hay muertos que pisan a otros muertos. Y así nos va. Lamentablemente a este genio sólo se le atribuyen sus perfumes, que ni siquiera eran de él, más allá de que el packaging lleva su marca. Su marca, que en verdad es el resultado de un nombre y apellido que representa la excelencia de la creación desde la humildad. Pero en moda también consiguió crear un vestido sin una sola puntada, bolsos geométricos, fantasía cimentada sobre plisados (herencia del genial Fortuny) y formas que han dado lugar a un estilo propio en el que predominaba el negro, que, por cierto, es el color de las pompas fúnebres. Pero eso es otro capítulo.

Con todo esto una comprueba la total ausencia de cultura de moda, en donde nos hemos quedado con el sicario de Maurizio Gucci, el asesino de Gianni Versace, la homofobia que sufrió Yves Saint Laurent o la germanofilia de Coco Chanel en plena Segunda Guerra Mundial. Todo ello se debe a que ha habido detrás de la realidad una película de ficción. Sin cine, no hay cultura. Al menos de masas. Por eso nadie -casi nadie- conocía a Issey más allá de los entendidos en moda.

Y es que este diseñador y empresario, con 84 años, se despedía del mundo a causa de un cáncer de hígado. Su legado es haber sido un creativo vanguardista que fusionaba el estilo de moda tradicional nipona con la sencillez. Estudió diseño gráfico en la capital de Japón, y tras inspirarse en la cultura cosmopolita en Nueva York y París (ciudades en las que siguió formándose), regresó a Tokyo para fundar su marca.

Probablemente sus creaciones escondan, de alguna manera, el dolor de haber vivido una de las mayores barbaries del siglo veinte: una bomba atómica que arrasaba con su país cuando apenas era un niño (perdiendo a su madre tres años después, por la radiación a consecuencia del drama sufrido).

Podríamos decir que fue superviviente y un verdadero héroe. Y un genio. Y artista. Y todo ello en una sola persona. Elegante y atractivo, sencillo y nada pretencioso, huía de las etiquetas absurdas con las que rellenamos los periodistas el discurso de la moda cuando no tenemos nada que decir. Mea culpa. Discreto y fuera del boato de tonterías y champán que rodean esta industria.

El ser humano aborrece el vacío. Tanto, que las páginas en blanco se tienden a rellenar siempre. Por virtud y por defecto. El silencio asusta. Y la ausencia del ruido, agobia. El minimalismo, tan de moda todavía, fue llevado a su máximo esplendor por un diseñador de raza y espíritu. De esos que no se fabrican en cualquier grado de moda. Porque los genios nacen. Nacen del minimalismo y si acaso lo rellenan después. Yssey era un experto en crear vacíos en la moda, para llenar los cuerpos y enriquecer las mentes. Yssey no pronunciaba la mágica palabra "sostenibilidad", porque él era un ejemplo de ética. Ha sido un referente de la alta costura, desde el drama de Hiroshima mamado casi desde la cuna, cual grito de guerra de toda una civilización y un mundo avergonzado de contribuir a su propia destrucción.

El mundo se nos está quedando sin artistas, pero Issey Miyake ha hecho historia.

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