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Silvia Bronchalo dinamita la estrategia de Rodolfo Sancho y reniega de su espectáculo mediático

La madre de Daniel Sancho rompe años de silencio en el programa De viernes, presentado por Santi Acosta y Beatriz Archidona en Telecinco.

La madre de Daniel Sancho rompe años de silencio en el programa De viernes, presentado por Santi Acosta y Beatriz Archidona en Telecinco.
Silvia Bronchalo. | Telecinco

La noche de ayer quedará marcada para siempre en el calendario de la familia Sancho-Bronchalo. Tras meses de un silencio sepulcral, blindado por una estrategia de discreción absoluta y una evidente distancia física y emocional de los focos, Silvia Bronchalo decidió comparecer ante los medios. No lo hizo desde un plató de televisión, sino desde ese espacio liminal que separa su vida privada del escrutinio público que ha definido su existencia desde agosto de 2023, cuando el nombre de su hijo, Daniel Sancho, se vinculó irremediablemente al crimen de Edwin Arrieta en la isla de Koh Phangan.

La entrevista surge en un momento crítico: con la condena a cadena perpetua ya firme y Daniel trasladado a la dura prisión de Surat Thani. Bronchalo, que durante todo el proceso mantuvo un perfil bajo marcado por sus visitas diarias a Koh Samui, se mostró ayer con una vulnerabilidad que proyectaba una firmeza inédita. "Yo nunca he querido formar parte de un espectáculo; mi único papel aquí es el de madre, y eso está por encima de cualquier estrategia jurídica o mediática", afirmó con contundencia al inicio de su intervención, marcando una clara distancia con el circo mediático que ha rodeado el caso.

La fractura con Rodolfo Sancho, padre de Daniel, ha sido evidente tras las denuncias por vejaciones que Silvia interpuso meses atrás. Ayer, sus palabras parecieron un intento de reclamar su lugar en la narrativa. "Se han dicho muchas cosas que no son ciertas, pero lo que más me duele es que se olvide que aquí hay una persona cumpliendo una pena en condiciones muy difíciles. Mi relación con el padre de Daniel es lo de menos ahora, lo importante es que mi hijo no se sienta solo", sentenció, subrayando que su prioridad es la asistencia humanitaria y no la guerra legal que parece librarse en España.

Durante la entrevista, Bronchalo abordó la realidad de las condiciones de vida de Daniel en su nuevo centro penitenciario, un lugar conocido por el hacinamiento y la severidad. Silvia describió un panorama de "resignación activa". "Cuando lo veo a través del cristal, trato de transmitirle fuerza, aunque por dentro esté rota. Daniel está fuerte, pero es consciente de dónde está. Me dice: 'Mamá, esto es lo que hay, tengo que sobrevivir'", relató con la voz entrecortada. Estas palabras ofrecen un vistazo a la intimidad de esas visitas de apenas unos minutos que se han convertido en su única razón de ser en territorio tailandés.

Resultó especialmente impactante su reflexión sobre la gestión de la defensa y la exposición pública de la familia en documentales y entrevistas pagadas. "Yo no estoy aquí para lucrarme ni para hacer documentales. Me parece que hay cosas que no se deberían haber hecho así. Mi hijo se está jugando la vida, o lo que queda de ella, y eso no tiene precio", disparó en lo que muchos interpretan como una crítica directa a la comercialización del caso por parte de otros sectores de su entorno. Para Silvia, el foco debe volver a la realidad física de la celda: "La gente ve el caso como una película de suspense, pero para mí es levantarme cada día sabiendo que mi hijo está en una prisión tailandesa a miles de kilómetros de casa".

La profundidad de la entrevista también radicó en su visión del futuro, uno que se antoja largo y costoso. "Esto es una carrera de fondo. No espero milagros, solo espero que se respeten sus derechos y que pueda tener una vida lo más digna posible dentro de lo que cabe", explicó. Su comparecencia actúa como un recordatorio de que, más allá de los debates jurídicos sobre la premeditación, existe un coste humano que se paga en visitas de locutorio y en la incertidumbre de no saber cuándo será la próxima vez que pueda abrazar a su hijo sin un cristal de por medio.

Silvia Bronchalo ha pasado de ser la figura silenciosa que caminaba bajo el sol de Samui a ser una voz que, con serenidad y un matiz de cansancio crónico, expone las costuras de un sistema que ha devorado su normalidad. "Pase lo que pase, yo no le voy a soltar la mano. Él es mi hijo y aquí estaré hasta que me muera", concluyó, cerrando una de las intervenciones más honestas y dolorosas que se han escuchado en la crónica negra reciente de nuestro país.

Palabras de consuelo para la familia de Edwin

Uno de los momentos más emotivos y sinceros de la entrevista se produjo cuando Silvia Bronchalo habló sobre el dolor de la familia de Edwin Arrieta. En lugar de recurrir a la retórica jurídica que ha caracterizado otros momentos del caso, Bronchalo optó por una respuesta que apeló a la humanidad compartida entre quienes han perdido algo irremediable. "Desde el primer día, mi sentimiento de empatía y respeto hacia la familia de Edwin ha sido absoluto; el dolor de una madre no entiende de fronteras y yo soy plenamente consciente de que ellos han perdido a un ser querido de una forma terrible", declaró con una sobriedad que buscaba marcar distancia con la frialdad técnica de los tribunales. Sus palabras parecieron un intento de tender un puente emocional, reconociendo que, en esta tragedia, no existe una balanza de sufrimiento que pueda equilibrarse, sino dos familias rotas por un mismo suceso.

Sin embargo, Silvia también fue tajante al separar su responsabilidad personal de las acciones que la justicia ha atribuido a su hijo. "Pedir perdón es algo muy personal que le corresponde a Daniel, pero como madre, yo sufro por lo que esa familia está pasando y nunca he querido que mi presencia en Tailandia fuera vista como una falta de respeto hacia su luto", añadió, intentando disipar la imagen de confrontación que a veces se ha proyectado desde los medios de comunicación. Con esta declaración, Bronchalo se alejó de cualquier intento de justificación del crimen, centrando su discurso en la compasión y en la complejidad de gestionar un duelo que, para la familia Arrieta, se ha visto agravado por la exposición mediática y la demora en los procesos de repatriación y justicia.

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