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El arte de hocicar la televisión

Juan Cueto inventó de alguna manera la crítica de televisión. Al menos la que queríamos leer. Con la que aprendíamos.    

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Juan Cueto | Efe

La mayor parte de mi formación se puede atribuir a haber visto mucho la televisión y haber leído El País. Así has salido, hija. Bueno, vale. Lo de los libros es un complemento con mucha menos importancia. Ahora casi no aprendo nada con los siete periódicos que engullo cada día. Sólo me informo. Y tampoco eso está muy claro. Dentro de ese aprendizaje y disfrute de la adolescencia estaba Juan Cueto (1942-2019). Entonces ni se me ocurría que alguna vez fuera a escribir de televisión. Pero sí la veía. No toda la que Juan Cueto porque no tenía parabólicas como él en Villa Ketty (también tenía el Corominas). Y cuando se fue a dirigir Canal + tampoco veía Canal + salvo las maravillas de series que nos dejaban en abierto y lo que pillaba en casas de amigos con Canal +. El cine en casa me importaba un bledo, las series, no. 1990, cuando aparecen las televisiones privadas en España, es hoy casi prehistoria de la televisión. Todavía había un futuro con El ala oeste de la Casa Blanca o Los Soprano. Pero Cueto también escribía de la televisión que yo veía. Ahora todo el mundo escribe de televisión (o de fútbol). En los años 80, no. También echo de menos de aquellos tiempos a Rosa Álvarez Berciano escribiendo de sitcoms americanas.

Ha contado Fernando Bovaira en El País cuál era el ideario de Cueto al llegar a Canal +: "Vanguardia más masa, atención a los nichos de mercado y apuesta rupturista por la innovación estética". Todo eso también estaba en sus columnas. En las de ‘La cueva del dinosaurio’, en las de ‘A la parrilla’ o en otras sin título. Una mirada pop, culta y divertida. Un teórico de la televisión al que gustaba la televisión. Esto puede parecer lo normal, pero no. ¿Le gusta la tele a Boyero? Que había televisión antes de Los Soprano o Deadwood, hombre.

Cueto escribía del nuevo Un, dos, tres, que veía igual que el anterior. Y el nuevo era todavía con Kiko Ledgard (claro que fue el cuatro de mayo de 1976). Y escribía de Lou Grant. O de que en España nos dio igual quién había disparado a J.R. porque ya lo sabíamos (Kristine), al contrario de lo que ocurrió la noche en que Falconetti (el original) mató en un callejón al senador Jordache. Pero como fuimos el último país en incorporarnos a Dallas, el desenlace ya circulaba. Todavía no se escribía spoiler. En un artículo de 1985 dedicado a Falcon Crest ("las peripecias de un solo capítulo de la serie serviría para abastecer de materia prima a la mayor parte de las industrias cinematográficas europeas") comparaba la lógica del telefilme con los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola. "El ejercitante, como el televidente, no debe tener un solo momento de respiro y su mente ha de estar ocupada todo el día por imágenes y palabras codificadas para evitar que su imaginación y su palabrería vuelen por otros derroteros. La genialidad de san Ignacio de Loyola, como la de los guionistas de Falcon Crest, consiste en construir una oración (un relato) sin fisuras , desprovista de tiempos muertos y en donde cada acontecimiento origina a su vez otra serie de situaciones arborescentes, y así hasta el delirio". Chúpate esa.

Por no hablar del texto que dedicó al beso de minuto y cuarto entre Maddie y David en Luz de luna. Yo todavía escucho el ‘Be my baby’ de Las Ronettes al recordar la escena. Un beso que analiza recordando a Mervyn Le Roy, que hablaba de los besos de alta precisión, que debían durar más de diez segundos pero no sobrepasar el medio minuto. Este es un prodigio que llega después de insultos y tortazos de ambos. Se revuelcan como Deborah Kerr y Burt Lancaster pero en interior y rompiendo los muebles. Y el beso todo seguido. No como el de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados (se separaban para hablar y volvían a besarse). Y se preguntaba Cueto qué aportaba la televisión (con respecto al cine) "al arte de hocicar". Ese artículo es uno de los que se compilaron para Yo nací con la infamia (Anagrama). La infamia era la televisión.

El escritor asturiano esperaba la llegada de Curb your enthusiasm o jaleaba Big Love. Pero también tocaba (antes, en 1985) unos martes que no parecían de TVE (con Elena Santonja, con ‘Si yo fuera presidente’, con ‘La edad de oro’). Pero también repasaba Supervivientes o DEC (llamaba a Cantizano "pelmazo multiplex"). Por ejemplo, esa noche en que fue una chica que había estado con Cayetano Rivera y contó que un representante del torero la amenazó si perjudicaba "la marca Cayetano". Juan Cueto inventó de alguna manera la crítica de televisión. Al menos la que queríamos leer. Con la que aprendíamos.

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