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Katy Mikhailova

Sin calcetines, sin pelos y sin complejos

Que una persona sea capaz de salir de casa con zapatos de cuero y sin calcetín… ¡qué no será capaz de hacer! Yo no me fío. 

Katy Mikhailova
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Katy Mikhailova - Sin calcetines, sin pelos y sin complejos
Pedro Sánchez y Justin Trudeau muestran sus calcetines | Gtres

Discutir sobre si llevar o no calcetines con zapatos y que esto sea motivo de polémica en la industria de la moda (según el apartado de "noticias" de Google) huele mal. Además, me genera una desconfianza absoluta. Que una persona sea capaz de salir de casa con zapatos de cuero y sin calcetín… ¡qué no será capaz de hacer! Yo no me fío. Puede también que este hecho tan sumamente relevante sea el reflejo de un total agotamiento del imaginario social colectivo en materia de estética, y que, por lo tanto, toque reinventarse, rozando nuevamente el idiotismo del que tanto reflexiono con ustedes en este espacio.

Y es que, para algunos hombres, el calcetín, esa prenda tan democrática a la par que higiénica (so se lavan) ha pasado a otra vida. Un complemento cuya finalidad no es otra que la de controlar la sudoración de los pies, evitar las rozaduras entre la piel y el zapato, y proteger del frío.

Lo único que puede competir contra los tobillos al desnudo en el contexto de un atuendo elegante, son calcetines de colorines con alguna infantilada bordada: desde flamencos, pasando por ranas, calabazas, piñas, cocoteros, pepinos y hasta salchichas. Imagínense la escena: hombre de traje y corbata… y, abajo: ¡voila! La bandera multicolor en formato lino. Claro que esto es mejor que el hecho de combinar mocasines con traje. De esto último, prefiero ya ni hablar, porque me deprimo muy rápido.

De sobra sabemos que lo del pantalón pitillo para el caballero, en pleno invierno, que deja entrever (o ver, directamente) los tobillos y hasta una buena parte de la pantorrilla, carece de sentido común y de pragmatismo.

Será que quizás las nuevas generaciones (y no tan nuevas) temen el mal endémico que padecen sus padres y abuelos de la horripilante estampa de la pantorrilla y el tobillo pelado, a causa de llevar calcetines tan ajustados, durante décadas, provocando lo que podría ser una "pantorrilla-alopecia". Porque, reconozcámoslo: con pelo o sin pelo. Pero las medias tintas, no. Aplicable a hombres y a mujeres.

La segunda noticia de "polémica en moda" de esta semana es el turbante de Gucci por 600 euros. Esto segundo es como si protestáramos por pedir un Vega Sicilia que cuesta 250 euros en un restaurante. Pues lean: pidan un Cune y quédense tan anchos.

Que a estas alturas nos sigamos escandalizando por este tipo de cuestiones de la industria del lujo (porque, por algo, se llama "lujo", digo yo...) es tan ridículo como inútil. Puede que este formato de noticias sean fruto del hambre y la falta de información para la moda. ¿Qué será lo próximo? ¿Que un tanga de Dolce & Gabbana para la playa valga 400 euros? ¿Y?

Esto me reconduce al titular que leía hace unas semanas: "La reina Letizia, en la montaña, con unas botas de 200 euros". ¿De verdad que esto también es noticia? Noticia es que Pedro Sánchez ahora opte por un nuevo "Falcón", más grande y más opulento. Pero, ¿nos escandalizamos por unas botas de 200 euros?

La guerra del con o sin pantalón, desviable a con o sin ‘suje’ (yo soy de las que opta por la segunda opción), pequeñas o grandes, o la de con o sin pelo (y no en la cabeza, precisamente) son las cuatros guerras más duras que estamos viviendo, en materia de estética y belleza en Occidente. Nunca llegaremos a un consenso, y, para gustos, colores; o pelos. Estamos ante una guerra fría, ni silenciosa ni silenciada, en la que terminará ganando la tendencia más persistente, saneada y práctica. Pero no estoy segura de que vivamos lo suficiente para ver que el calcetín, en pleno invierno, sea respetado.

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