Estados Unidos ha desenchufado la máquina. Con un memorando presidencial seco y sin poesía climática, Washington abandona el IPCC y la Convención Marco de la ONU, deja de financiar la gran arquitectura global del alarmismo y corta el flujo de dólares que mantenía en pie buena parte del negocio climático.
El planeta no ha dejado de girar, pero en redacciones, despachos de ONGs y consultoras verdes se ha encendido la luz roja: no por el clima, sino por la caja. Mientras los medios lamentan la pérdida de "riqueza de las energías limpias", los realistas climáticos celebran lo que llaman el inicio del fin de la histeria.
El dogma, por primera vez en treinta años, se queda sin patrocinador.
Se acabó el patrocinio: Washington cierra el grifo
El nuevo memorando presidencial firmado en enero de 2026 ordena la retirada inmediata de Estados Unidos de decenas de organismos internacionales. Entre ellos figuran dos tótems de la religión climática: el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). No es una amenaza retórica: implica dejar de participar y, sobre todo, dejar de financiar.
En términos simples: el mayor contribuyente histórico a la maquinaria climática global apaga el interruptor. Sin cheques estadounidenses, muchos departamentos, secretarías, paneles, consultoras asociadas y redes de expertos pasan de repente a la dieta forzosa. El término "chiringuito" nunca fue tan literal.
El argumento oficial es claro: estas organizaciones son contrarias a los intereses de Estados Unidos. Nada de debates metafísicos sobre salvar el planeta. La razón es geopolítica y económica: dejar de pagar estructuras que condicionan la política energética nacional.
Para los arquitectos del consenso climático global, esto es un terremoto institucional. Para el contribuyente estadounidense, una liberación presupuestaria. Para el resto del mundo, una señal inequívoca: el dogma ya no es incuestionable.
Los medios gritan… por el negocio perdido
Curiosamente, la cobertura mediática internacional no se ha centrado tanto en el impacto climático como en el impacto económico. Artículos enteros se lamentan de que las empresas estadounidenses puedan "perder terreno en la floreciente economía de las energías limpias". La preocupación no es el planeta. Es el mercado.
La narrativa es reveladora: abandonar los organismos climáticos no sería malo por aumentar emisiones, sino por dejar escapar "empleos, riqueza y comercio" asociados a la industria verde. Es decir, el problema no es que el mundo se caliente. El problema es que otros se queden con el pastel del subsidio.
El lapsus es tan transparente que roza la sátira involuntaria. Durante años se vendió la transición como sacrificio moral por salvar a la humanidad. Hoy, cuando el principal financiador se va, descubrimos que lo importante era quién controla la caja registradora.
El periodismo climático entra así en una fase interesante: ya no defiende tanto la ciencia, sino la rentabilidad del modelo. Y cuando la rentabilidad peligra, el tono se vuelve nervioso.
España: Forestalia o la riqueza bien repartida
En España, el ejemplo perfecto de esa "riqueza de las energías limpias" tiene nombre propio. Forestalia. Proyectos eólicos y solares adjudicados en cascada, licencias públicas, sociedades instrumentales, reventa de concesiones y una cadena de intermediarios que transforma molinos en billetes.
El discurso oficial habla de "economía verde", "empleo sostenible" y "progreso rural". La realidad práctica consiste en proyectos otorgados, revendidos y capitalizados por redes empresariales conectadas al poder político regional. El paisaje se industrializa, el territorio se fragmenta y la electricidad ni siquiera se queda en la región. Lo que sí se queda son los beneficios privados.
De repente, la frase sobre "riqueza generada por las energías limpias" adquiere una claridad cristalina: riqueza para quien gestiona la concesión, no para quien vive junto al aerogenerador.
Si Washington corta el grifo global, muchas de estas burbujas locales deberán sobrevivir sin el relato de respaldo internacional. Y eso duele.
Los realistas climáticos celebran el cambio de ciclo
Mientras los medios lamentan la pérdida de mercado, otro comunicado circula con tono sorprendentemente optimista. Cinco organizaciones estadounidenses —American Energy Institute, Energy & Environment Legal Institute, Truth in Energy & Climate, CFACT y Heartland Institute— han declarado 2025 como punto de inflexión de la histeria climática.
La Asociación de Realistas Climáticos en España se ha adherido formalmente al manifiesto. El texto enumera hechos difíciles de ignorar: gobiernos que priorizan la asequibilidad energética, empresas que reconocen que el "cero neto" no es técnicamente viable, encuestas que muestran que la población no considera el clima una amenaza inmediata y conferencias internacionales que ya evitan mencionar los combustibles fósiles.
La conclusión es directa: la alarma ha perdido tracción social y política. No porque el clima haya dejado de cambiar —siempre lo ha hecho— sino porque la narrativa del colapso inminente ha agotado su credibilidad.
La retirada estadounidense de IPCC y CMNUCC no es causa de este cambio. Es síntoma.
Cuando el dogma necesita financiación
Durante décadas, el sistema climático internacional ha funcionado como una pirámide: informes científicos, resúmenes políticos, conferencias anuales, fondos de transición, mercados de carbono, consultorías, think tanks, departamentos universitarios y ONGs conectadas en una red que depende críticamente de financiación pública.
Si el principal financiador decide marcharse, la estructura entera debe redefinirse. O se reformula con menos dinero y más realismo, o entra en modo supervivencia ideológica.
Por eso la reacción es tan airada. No se defiende solo una causa ambiental. Se defiende un ecosistema económico completo.
Epílogo: menos dogma, más realidad
Lo verdaderamente interesante no es que un presidente retire a su país de organismos internacionales. Lo relevante es que, por primera vez en treinta años, el consenso climático global deja de ser irreversible.
Cuando los fondos se acaban, los relatos se ajustan. Cuando la población no compra la catástrofe permanente, los discursos se moderan. Cuando la energía se encarece, la ideología retrocede.
No estamos ante el "fin de la lucha climática". Estamos ante el fin de su monopolio narrativo. Y como suele ocurrir cuando una burbuja pierde financiación, los más preocupados no son los ciudadanos… sino los beneficiarios del sistema. La histeria climática, al parecer, también necesitaba subvención.


