
Durante siglos, los marineros que se embarcaban en largas travesías sabían que su viaje podía terminar en cualquier lugar del océano. No siempre por una tormenta o por el ataque de piratas, sino por una amenaza mucho más silenciosa: el escorbuto. Esta enfermedad, provocada por la falta de vitamina C, se convirtió en uno de los mayores enemigos de las expediciones marítimas entre los siglos XV y XVIII.
En los barcos de la época, la vida era dura y precaria. Las tripulaciones viajaban hacinadas, con escasa higiene y con una dieta basada casi exclusivamente en carne salada, embutidos y galletas duras. Mantener alimentos frescos durante semanas o meses era prácticamente imposible. El agua se estancaba, los alimentos se deterioraban y las condiciones sanitarias favorecían la aparición de enfermedades como el tifus, la disentería o el cólera.
Sin embargo, ninguna resultaba tan devastadora como el escorbuto. En muchas expediciones, la enfermedad acababa con gran parte de la tripulación antes de llegar a destino. En algunos periodos históricos, las enfermedades causaron más muertes entre los marineros que los combates navales o los ataques de piratas.
Las cifras reflejan la magnitud del problema. Durante el viaje de Vasco da Gama en 1497, 120 de los 160 marineros murieron tras once meses en el mar. En la expedición de circunnavegación iniciada por Fernando de Magallanes en 1519, apenas una veintena de los 265 hombres que partieron logró regresar. Aún más dramático fue el caso del almirante británico George Anson, que en el siglo XVIII perdió cerca de 1.800 marineros de los 2.000 que formaban su expedición alrededor del mundo.
El terror de las tripulaciones
El escorbuto comenzaba de forma casi imperceptible. Tras meses sin consumir frutas ni verduras frescas, los marineros empezaban a sentir una fatiga creciente, pérdida de apetito y debilidad general. Poco después aparecían dolores musculares y articulares, hinchazón en las extremidades y una palidez extrema.
A medida que la enfermedad avanzaba, los síntomas se volvían más graves. Las encías se inflamaban y sangraban, los dientes se aflojaban y el aliento adquiría un olor fétido. Finalmente, las hemorragias internas provocaban la muerte.
La enfermedad no solo debilitaba a los marineros, sino que dejaba a las tripulaciones incapaces de trabajar. En barcos que dependían de la fuerza humana para maniobrar velas, timones o anclas, esto aumentaba enormemente los riesgos de navegación.
Durante mucho tiempo, la causa del escorbuto fue un misterio. Muchos médicos de la época lo atribuían al aire marino, a la humedad o incluso a factores emocionales como la melancolía del marinero.
El descubrimiento que cambió los océanos
La solución comenzó a vislumbrarse en el siglo XVI, cuando el explorador francés Jacques Cartier observó que algunos marineros enfermos mejoraban tras consumir infusiones de plantas preparadas por pueblos indígenas durante una expedición por el río San Lorenzo.
Sin embargo, el avance decisivo llegó en 1747 gracias al médico naval escocés James Lind. A bordo del HMS Salisbury, Lind realizó uno de los primeros ensayos clínicos de la historia. Dividió a marineros enfermos en varios grupos y les administró distintos remedios, desde vinagre hasta agua de mar. Solo uno de los tratamientos funcionó con rapidez: el consumo de naranjas y limones.
Los marineros que recibieron cítricos se recuperaron en pocos días. Lind concluyó que estas frutas eran el remedio más eficaz contra la enfermedad.
A pesar del descubrimiento, su aplicación tardó décadas. Finalmente, a finales del siglo XVIII, la Marina británica comenzó a incluir zumo de limón en la ración diaria de los marineros, a menudo mezclado con alcohol para facilitar su conservación.
Un pequeño detalle que cambió la historia
La introducción sistemática de cítricos en la dieta de las tripulaciones tuvo consecuencias enormes. Las bajas por enfermedad se redujeron de forma notable y las flotas británicas pudieron mantener a decenas de miles de marineros en buen estado físico durante largas campañas navales.
Muchos historiadores consideran que esta ventaja sanitaria contribuyó al dominio marítimo británico en los siglos XVIII y XIX, en conflictos decisivos como la batalla de Trafalgar.
La explicación científica del fenómeno llegaría mucho más tarde. A comienzos del siglo XX, el bioquímico húngaro Albert Szent-Györgyi logró aislar la sustancia responsable de prevenir el escorbuto: el ácido ascórbico, conocido hoy como vitamina C. Su descubrimiento le valió el premio nobel de medicina en 1937.
Desde entonces, la vitamina C se ha convertido en uno de los nutrientes más conocidos y consumidos del mundo. Hoy, beber un vaso de zumo de naranja es un gesto cotidiano. Pero durante siglos, ese simple alimento habría significado la diferencia entre la vida y la muerte para miles de marineros que cruzaban océanos desconocidos.

