
La enseñanza obra milagros. Por ejemplo, que alumnos ya al borde de la jubilación se acuerden de su profesor octogenario y lo lleven con todos los honores a ver el eclipse al paraíso.
Estoy llamando "paraíso" a un bellísimo rincón de la alcarria: Castejón de Henares; allí, entre calizas mal consolidadas y sembrados que no han llegado a su maduración final por la prohibición de utilizar las cosechadoras por miedo a los incendios, el horizonte se asoma por el oeste a la puesta de sol, esa especialísima puesta de sol que tanto y tantos esperábamos.
Allí aterricé llevado por mi querido exalumno, que hasta me sacó una gran silla de lona y en ella me senté ante el "padre sol", sin seres humanos demasiado cerca, pero no estábamos solos ante las espigas agostadas y las manchas de bosque de quejigos: un ratonero nos observaba desde la rama de uno de ellos, cuando de pronto un precioso corzo se deja ver en el sembrado; el sol se aproximaba al horizonte.
La luna no faltó a su cita; fiel a lo anunciado por los científicos mordió primero y engulló después al astro rey y poco a poco lo fue engullendo: todo se había consumado.
Pero para los naturalistas faltaba mucho por observar y nosotros lo vimos, claro que lo vimos mientras los astrónomos medían la multitud de datos que el eclipse les proporcionaba: perlas solares, protuberancias, líneas de sombra y toda clase de magnitudes difíciles de comprender por quienes no somos expertos en astronomía matemática; nosotros, los naturalistas, a lo nuestro.
Y lo nuestro ocurrió, porque la luz se fue desvaneciendo al tiempo que la temperatura descendía unos grados. Entonces…
El ratonero se sintió ascendido por la naturaleza a búho real y se lanzó en picado sobre uno cualquiera de los roedores del sembrado; no apreciamos si acertó o no pero su cerebro aviar notó algo raro en aquella iluminación de "atrezzo" y se quedó aplanado sobre el terreno: la luz seguía descendiendo.
Y apareció el corzo que salía de las manchas de bosquecillo; notó inmediatamente que aquello no era normal, no puedo asegurar que se asustara, pero desde luego no continuó su avance en la penumbra y se intentó ocultar encamándose en el sembrado. La luz seguía bajando y ya hacía frío.
Para los naturalistas la ocultación del disco solar ya era lo de menos; estábamos siendo privilegiados testigos de la evolución de los ciclos nictemerales de los animales, algo reservado a las gentes del mundo rural que, si no hubieran estado pendientes de sus gafas del sol habrían comprobado que sus gallinas discutían la prioridad en retornar a sus posaderos, algo digno de ver, pero no comparable al espectáculo del corzo y el ratonero.
Es bien sabido que los ciclos noche-día ejercen influencia decisiva en el comportamiento animal, en las secreciones hormonales y en la reproducción y en definitiva en las bases de la vida: gracias a la conjunción matemática de dos astros bien conocidos pudimos comprobarlo,
El sol volvió a salir y todo volvió a la normalidad, de manera que el ratonero voló, el corzo se levanto de su encame entre las espigas de cebada frustrada y se volvió al bosque de quejigos: habíamos visto el eclipse a nuestra manera, porque claro que miramos al disco solar, que para eso llevábamos nuestras gafas homologadas, pero de verdad, fue lo de menos.
La vida seguía tranquila en Castejón de Henares, sus habitantes volvían poco a poco a sus casas, pero no todos, porque algunos de los más ancianos ni se habían molestado en dejar los bancos de piedra de su pueblo: aunque estuvieran orientados al este, si sabrían ellos de la naturaleza y sus fenómenos, desde luego no son tan impresionables por la publicidad como los miles y miles de urbanitas que se agolpaban en las carreteras sin saber muy bien lo que iban a ver.
De esta forma tan especial disfrutó del eclipse este veteranísimo naturalista: seguramente el mayor milagro de esta fecha no fue la ocultación solar, sino que el paso de los años no eclipse el recuerdo dejado en sus alumnos durante sus años de ejercicio docente.
Gracias querido Juan Ángel. La naturaleza hace milagos: la enseñanza, también.
