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Amando de Miguel

La novela como pretexto

La actividad de leer resulta muy parecida a la de viajar, aunque puedan parecer incompatibles.

Amando de Miguel
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La actividad de leer resulta muy parecida a la de viajar, aunque puedan parecer incompatibles.

¿Por qué se escriben novelas? Porque se leen, claro está. Pero habrá que entender la razón de ese acuerdo tácito entre escritores y lectores. En principio, la novela es una historia inventada. Cierto es también que desde el Ulises de Joyce (de hace casi un siglo) se ha convenido por algunos influyentes críticos en que también puede haber novelas sin historia. Sin embargo, sigue siendo válido que los aficionados a las narraciones quieren ver el desarrollo de un argumento más o menos dramático o cómico. Es evidente así que la novela viene a ser una sublimación del teatro.

El género novelístico permite al autor decir cosas atrevidas que de otra forma no podría escribirlas. Vista así, la novela permite burlar una cierta censura, que siempre ha existido. El truco es sencillo: lo que se escribe no lo dice propiamente el autor sino un personaje de su figuración (mejor que ficción). Nos encontramos ante el ápice del fingimiento. Por tal razón muchas novelas descansan en el diálogo constante entre sus personajes. Ahora se estila mucho que en esas conversaciones los personajes realmente no digan nada de sustancia. Francamente, no le veo la gracia. Una buena narración –como un buena cuadro, una buena película– debe transmitir un episodio de una historia emotiva.

Un problema no resuelto es quién es el sujeto que cuenta la historia. El autor puede hacerlo en primera o en tercera persona, como memorialista o como observador. En el primer caso nos acercamos al género autobiográfico, incluso al reportaje periodístico. No es casualidad que tantos buenos novelistas (García Márquez, Arturo Pérez Reverte) hayan sido antes buenos reporteros. Tal reducción hace más auténtico el relato, pero significa un conocimiento limitado de algunos personajes de la trama. Una corrección puede ser la que hace hablar en primera persona a los distintos personajes. No otra cosa es el diálogo.

La escritura en tercera persona permite más verosimilitud, pero se alza otra duda: ¿cómo es que el autor sabe tanto de lo que dicen y piensan sus personajes? Es el efecto del llamado "autor omnisciente", que puede llegar a ser cargante. El Diablo Cojuelo levantaba los tejados de las casas para observar lo que decían sus habitantes, un recurso fantasioso. Para evitarlo, Cervantes inventó en El Quijote que el verdadero autor no fuera él mismo sino un nigromante arábigo, Cide Hamete Benengeli. Se trataba de un artificio más en una historia donde aparecen tantos fingimientos, disfraces y engaños. Solo el bueno de Sancho está al cabo de la calle de la realidad. Así se convierte en el verdadero protagonista de la obra, una idea que revolucionaba todas las convenciones.

Puesto que el secreto de la novela es la fantasía, llama la atención que el acuerdo tácito entre el autor y el lector sea que la historia imaginada dé impresión de realidad. Nada mejor para ello que transmitir la idea de que el autor ha vivido lo narrado. Por tanto, se agradece que el relato recoja experiencias autobiográficas del autor, por mucho que lo redacte en tercera persona.

La actividad de leer resulta muy parecida a la de viajar, aunque puedan parecer incompatibles. En ambos casos se trata de acumular experiencias vividas del narrador. De ahí la riqueza que supone revivir la historia que ha seleccionado el novelista. Es como viajar con él. Se comprenderá asimismo el placer del autor al contar su historia. Descubre así una actividad ancestral. Los niños se duermen placenteramente si alguien les cuenta un cuento; no importa que sea terrorífico. Dichoso es el adulto que tiene siempre a mano una novela en la mesilla de noche.

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