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¡Qué malo puede ser Dios!

Buena parte del mundo islámico sigue anclada en una Edad Media de la que parece que tardará todavía siglos en salir.

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Los seres humanos somos un misterio, empezando por nuestra insistencia en creer en un Dios bondadoso a pesar de todos los horrores que, de existir, ha puesto en nuestro camino y de su incomprensible empeño en ocultarse a quienes tanto desean adorarle sin evidencia alguna de su existencia.

Pero quizá sea precisamente eso lo que defina al ser humano, ese animal que, más que por ser racional, se distingue por ser religioso. Los creyentes reivindican el impulso religioso como prueba de la existencia de Dios, que habría colocado en nuestro interior ese deseo innato de religarnos con él. Los no creyentes, por el contrario, afirman que dicho impulso no es más que el refugio irracional ante el miedo a la muerte y la dificultad de aceptar que con ella se acaba todo.

La clave del comportamiento de los hombres en nombre de Dios no se encuentra, sin embargo, en Dios, sino en los hombres, pues el mal que éstos hagan siguiendo imaginadas instrucciones divinas es culpa exclusiva de ellos. Lo siento por los optimistas antropológicos, pero todo lo que tocan los hombres, sobre todo cuando lo hacen en grupo, es susceptible de convertirse en un horror; incluida la religión, ese impulso que, en teoría, debería tirar de nosotros hacia arriba. Pero, lamentablemente, desde hace milenios la religión ha servido sobre todo para que cientos de millones de personas se entreguen a las más salvajes supersticiones. Y sin distinción alguna de dioses, credos y culturas. Tirando por lo bajo, ahí está, por ejemplo, la matanza de animales que los nepalíes hacen cada cinco años en honor de la diosa Gadhimai: miles de búfalos, cabras, ovejas y aves acuchillados por una turba de alucinados. ¡Ni El Bosco! Y tirando por lo alto, recuérdense los larguísimos siglos de guerras entre los seguidores de Mahoma y los de Cristo, así como entre las diversas maneras de concebir a este último. Porque el cristianismo, religión mayoritaria en Europa durante casi dos milenios, no ha sido inmune al fanatismo, la ignorancia, la superstición y la violencia.

El dominio cristiano en Europa fue incontestado hasta la Edad Contemporánea y, para bien o para mal, ha sido la columna sobre la que se sostuvo y se sigue sosteniendo eso que seguimos llamando Occidente. Pero lo que es indiscutible es que en nuestra parte del mundo, construida moral, cultural, artística, jurídica y políticamente sobre el cristianismo, aunque sean cada día menos los fieles de esa religión, hace siglos que no se obliga a nadie a profesar ninguna fe y mucho menos aún se prenden hogueras para castigar a los enemigos de Dios.

Por el contrario, buena parte del mundo islámico sigue anclada en una Edad Media de la que parece que tardará todavía siglos en salir. Y si a eso se le añade el actual estado de la técnica, que permite, junto a las hogueras y las lapidaciones traídas del pasado, los más sofisticados instrumentos de matar del presente, el futuro no se presenta tranquilizador.

Por el bien de toda la Humanidad, el islam, esa vía hacia la divinidad tan buena o tan mala, tan certera o tan falsa como las demás, habrá de reflexionar mucho sobre sí mismo y sobre las sociedades construidas a su sombra.

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