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Un espía inglés, ¿asesino de Rasputín?

Si Rayner fue el asesino de Rasputín, en ningún momento se jactó de su servicio 'por el rey y la patria'.

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Entre las cosas que los ingleses han aportado a la humanidad no se encuentran ni la modestia, ya que les encanta apoderarse de logros ajenos, ni la cocina, pues se dice que en el infierno los cocineros hablan inglés. Sus aciertos son el césped, la novela policiaca y el espía caballero. El historiador Hugh Thomas escribió: "Todo inglés tiene una historia de espías que contar". Y el torero Belmonte, según recoge Ignacio Peyró en Pompa y circunstancia, su monumental enciclopedia sobre la vida en las islas, dijo que "todo inglés es un espía mientras no se demuestre lo contrario".

Cierto es que, cuando fueron el primer imperio, los españoles también espiaban a todo el mundo, incluso fueron instrumentos del Espíritu Santo para elegir a los mejores papas para dirigir la Iglesia. También los artistas españoles o súbditos de la corona, como Quevedo y Rubens, prestaron este tipo de servicios antes de que lo hicieran Graham Greene, Lawrence Durell, Somerset Maugham o Ian Fleming. Pero, por desgracia, los espías españoles, como los rusos (otros maestros en este arte), por muy alta que haya sido o sea su profesionalidad, no pueden competir con el glamour cinematográfico del smoking y el martini.

La desaparición del imperio británico en la posguerra no ha menguado la eficacia de sus servicios, como prueba que dirigieran a la CIA en el golpe contra el primer ministro iraní Mosadeq en 1953, negociaran el respaldo chileno en la guerra de las Malvinas y sigan operando en Argentina.

El amigo de Yusupov en Oxford

Una de las misiones más sorprendentes que se puede atribuir al espionaje británico es el asesinato del monje Rasputín para impedir que Rusia hiciese la paz con Alemania y Austria.

La versión oficial cuenta que el 30 de diciembre de 1916 el príncipe Félix Yusupov, el hombre más rico de Rusia, el gran duque Dimitri Romanov y el diputado Vladimir Purishkévich invitaron a uno de los palacios del primero en Petrogrado (poseía cuatro) a Grigori Rasputín, el monje y curandero que influía sobre el zar Nicolás II y su esposa, y lo asesinaron en un desenfreno de sangre, miedo y violencia, mediante el veneno y luego el plomo.

Yusupov, que vivió hasta 1967, estableció el relato que perdura hasta hoy. Sin embargo, hay un hilo que conduce al entonces recién fundado servicio secreto británico (1909-1911) y a su jefe para el espionaje en el extranjero, el oficial de la Armada Mansfield Smith-Cumming, apodado luego C, como en las novelas de Fleming.

El aristócrata ruso, nacido en 1887 en una familia degenerada (su padre tenía los retratos de sus 300 queridas en un palacio cercano a Moscú y su madre se empeñó en vestirle como una niña, cosa que él reconoce que le gustaba), pasó los años entre 1909 y 1913 en Oxford, donde se unió al Club Bullingdon, que se equipara a la cinematográfica sociedad Skull and Bones. En la ciudad inglesa se hizo amigo de Oswald Rayner (1888-1961). Cuando estalló la Gran Guerra, éste, que hablaba alemán, francés y ruso, fue reclutado por el Secret Intelligence Bureau y enviado a Rusia.

Sólo dos partidarios de la paz en Rusia

En Rusia, como en el resto de los países beligerantes, la guerra se recibió con entusiasmo. Sólo hubo dos opiniones contrarias: la del conde Sergei Witte, que fue el primer primer ministro ruso (lo que suponía reducir las facultades de gobierno del zar), y la de Rasputín. Para ambos, Rusia y la corona tenían más que perder que ganar en la guerra. Witte falleció en marzo de 1915, con lo que sólo quedó Rasputín.

El zar no dudó en sacrificar a miles de soldados para ayudar a los occidentales. Cuando en 1916 los franceses se sintieron desbordados por el ataque alemán sobre Verdún, suplicaron a Nicolás que organizase una ofensiva para que los Imperios Centrales tuvieran que retirar tropas. Así lo hizo el monarca. La Ofensiva Brusílov, desarrollada entre junio y septiembre, dio un respiro a los franco-británico a costa de 1,4 millones de bajas rusas.

Con semejantes victorias, más el estancamiento de los frentes y las crecientes protestas populares, empezó a crecer el número de rusos que reclamaban una paz separada con Alemania y Austria. Y entre ellos destacaba Rasputín. Como el zar había abandonado Petrogrado en septiembre de 1915 para ponerse al mando de sus tropas, en la capital había quedado la zarina Alejandra, manipulada por Rasputín; entre ambos ponían y quitaban ministros y gobernadores.

Para los ingleses, Rasputín podía persuadir a la zarina y ésta al zar de romper la alianza antigermana. Aparte de Rayner, había varios agentes secretos británicos en Petrogrado. El jefe de todos ellos era Samuel Hoare, un joven aristócrata tan vinculado al SIB que en 1917 entregó sobornos a Benito Mussolini para que éste siguiese editando su periódico nacionalista. En una muestra de las puertas giratorias entre los servicios secretos y el Gobierno, Hoare se involucró en política en el Partido Conservador y desempeñó en la posguerra importantes cargos; en la Segunda Guerra Mundial fue embajador de su país ante el general Franco.

Tres balas, tres armas

Hace 10 años, dos investigadores, el oficial de policía Richard Cullen y Andrew Cook, historiador especializado en los servicios secretos, revelaron que, después de estudiar documentos y testimonios, se habían fijado en que la calavera de Rasputín tenía un agujero de bala en la frente. Ésta era la tercera herida de arma de fuego en el cuerpo del monje; las tres provenían de diferentes armas. Su conclusión es que el tiro de gracia lo disparó Rayner, que estaba escondido en el palacio y ante la lentitud de Rasputín en morir intervino con su pistola.

Otros investigadores sostienen que Rayner y los rusos torturaron a Rasputín para que les revelase sus vínculos con los alemanes y luego lo mataron.

Yusupov admite que cenó con Rayner al día siguiente del asesinato y que éste estaba al tanto de la conspiración. El 12 de enero, el embajador del rey Jorge V, George Buchanan, en una audiencia con el zar escuchó de labios de Nicolás que sospechaba que un inglés (en alusión a Rayner) había sido el verdugo. Hoare califica en sus memorias esa suposición como una puerilidad. La necesidad de que Rusia se mantuviera en pie era tal para los occidentales que Buchanan se atrevió a recomendar al impopular zar que abdicase en otro miembro de su dinastía dispuesto a gobernar con la Duma.

El asesinato de Rasputín aparentó conseguir el objetivo de los conspiradores, durante unas pocas semanas. En febrero de 1917 estalló la revolución que condujo a la abdicación del zar en marzo; el Gobierno liberal mantuvo sus compromisos militares y políticos con el resto de los Aliados.

Sin embargo, los alemanes también conspiraban y en abril consiguieron introducir a los bolcheviques encabezados por Lenin en Petrogrado. Cuando los comunistas tomaron el poder, aceptaron el tratado Brest-Litovsk, por el que Rusia se retiraba de la guerra. Sólo el tiempo salvó a los Aliados, ya que el tratado se firmó en marzo de 1918, demasiado tarde para que Alemania pudiera aprovechar la desaparición del frente oriental.

Si Rayner fue el asesino de Rasputín, en ningún momento se jactó de su servicio por el rey y la patria. Abandonó Rusia antes del fin de la guerra y en 1920 trabajaba para el periódico Daily Telegraph como corresponsal en Finlandia, antiguo gran ducado ruso que se había proclamado independiente. Pasó sus últimos años de vida en el pueblo de Botley, cercano a Oxford. Su único hijo, fallecido en 1965 y que tampoco reveló nada del pasado de su padre, se llamaba John Felix… como su gran amigo ruso.

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