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Espiritualidad progresista o cómo Dios fue al otorrino

Cuando el hombre deja de creer en Dios no pasa a no creer en nada, sino que empieza a ser capaz de creer en cualquier chorrada.

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Hace ya mucho que lo dijo el bueno de Chesterton: cuando el hombre deja de creer en Dios no pasa a no creer en nada, sino que empieza a ser capaz de creer en cualquier chorrada.

Una de las últimas y más jugosas aportaciones patrias en este evanescente terreno ha sido el encuentro del Círculo de Espiritualidad Progresista de Podemos celebrado hace unos días, entre yoga, mantras, cantos, danzas y tai chi, con la participación destacada de Juan Carlos Monedero. En él se ha discutido el tema "¿Qué aporta la espiritualidad a la construcción de una sociedad plenamente laica, justa y democrática?".

Dicho círculo se define como "abierto a todas las formas sanas y democráticas de vivir la espiritualidad, laicas, religiosas, teístas, ateas, creyentes y agnósticas". Hermosa frase que quizá sirva para empezar a desenmarañar la cosa. Porque, ¿qué es una forma sana de vivir la espiritualidad? Se hace imprescindible una definición. ¿Y una forma democrática? ¿Quizá la de los ateneístas madrileños votando en tiempos republicanos la existencia o inexistencia de Dios? ¿Quizá la del Dalai Lama proponiendo hace algunos años no volver a reencarnarse y dejando la elección de su sustituto no en manos del Samsara sino en las de las urnas? ¿O la del camarada Lunacharsky juzgando a Dios por crímenes contra la Humanidad, encontrándolo culpable a pesar de la absolución por demencia solicitada por el camarada que ofició de abogado defensor y fusilándolo acto seguido (a Dios, no al camarada abogado) mediante una ráfaga de ametralladora dirigida contra el cielo? Enternecedor acto de fe, por cierto, pues difícilmente se puede fusilar a alguien cuya existencia se niega. Aunque quizá lo más correcto fuese acudir a los padres fundadores del totalitarismo, aquellos revolucionarios franceses que intentaron cumplir el deseo de Rousseau y Diderot de extirpar el Cristianismo y sustituirlo por una religión civil al servicio del Estado. Desatado un pandemónium neorreligioso digno de verse, cuajó efímeramente la Teofilantropía, acaudillada por el masón Jean-Baptiste Chemin y caracterizada por pretender ser una religión natural (no en vano se penó con cárcel decir "Gracias a Dios" y se estableció la obligación de decir "Gracias a la Naturaleza") en la que el Directorio depositó sus esperanzas de debilitar el Catolicismo para fortalecer las instituciones republicanas. Pero no duró mucho en el favor de los gobernantes y fue reemplazado por el Culto Decadario, construido en torno al nuevo calendario instituido para contradecir las primeras líneas del Génesis: sus meses, rebautizados con nombres relativos a la agricultura, quedaron divididos en tres semanas de diez días, el último de los cuales, el de descanso, antes dedicado a Dios, se llamó Décadi; de ahí el nombre de la religión.

Pero, regresando a la definición del círculo espiritual podemista, ¿qué es una forma laica de vivir la espiritualidad? ¿Y una forma atea? ¿Cómo se puede vivir la espiritualidad ateamente? ¿No habíamos quedado en que el ateísmo es la negación de la existencia del espíritu?

En España ya tuvimos la experiencia de aquellos progresistas de hace siglo y medio que intentaron conciliar el ateísmo con la creencia, el materialismo con la transcendencia, mediante retorcimientos de meninges y artificios palabreros que lo único que consiguieron fue ponerles en ridículo. Aunque los más insignes representantes del asunto fueron Sanz del Río y Salmerón, su inspirador fue el masón alemán Karl Christian Friedrich Krause, pensador al que nadie prestó atención en su patria pero que consiguió crear escuela en una cateta España encantada de rebañar los deshechos filosóficos de otros países europeos más adelantados.

Sobre ellos cayó la cruel pluma de José María de Pereda, hiena reaccionaria que llegó a criticar a su bienamado amigo Menéndez Pelayo por excesivamente progre y que dedicó al krausismo la definición de "farsa alemanesca". No se puede negar que el montañés, fino psicólogo, clavó a aquellos pedantuelos devotos de Jéeeeeeguel (muy arrastrada la jota) y practicantes de "la telematología y la filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal". Acusoles también de absorber montones de desatinos filosóficos, extravagancias religiosas y majaderías políticas para hacer con todo ello una papilla ideológica cuya única característica identificable consistía en el odio a lo que llamaban "las viejas instituciones y creencias", lo que no les impedía hacer espiritismo para charlar con Sancho Panza y definir a Dios como

el absoluto ser, en su total unidad e integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, sabiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan.

Parece que el tiempo ha pasado en balde, y no sólo en lo que se refiere a la diarrea mental tan característica de quienes, en cualquier época, no tienen cosa sensata que decir. Pues, según parece, en el discurso de Monedero no faltaron ni el Che ni Jéeeeeeguel ni aseveraciones metafísicas del calado de "el Papa Francisco ha llevado a Dios al otorrino".

El eterno retorno de lo progre.

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