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La gentrificación, contra la comuna

'Poor is beautiful' podría ser el eslogan de esta humanista campaña destinada a derribar la hegemonía de la mentalidad burguesa.

Xavier Reyes Matheus
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Una calle madrileña | EFE

Leyendo El Confidencial me he topado con una entrevista hecha a los autores de un libro que acaba de aparecer, dedicado al famoso fenómeno de la gentrificación: eso, ya lo sabe usted, de que los bajos precios de locales y pisos seduzcan a los emprendedores para convertir un barrio más o menos marginal en un Soho trendy, con tirón turístico y orientado al consumismo gafapasta. Pues bien: la pieza del periódico no tiene desperdicio como muestrario de una ideología que encima aspira a presentarse a los lectores vestida de investigación sociológica, partiendo del presupuesto –irrefutable, a lo que parece– de que la gentrificación es "un problema" y "un proceso con graves consecuencias".

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Una calle del histórico barrio de Harlem

Desde luego, nadie duda de que, como todo lo que implica una transformación, en este proceso se generen cuestiones y desajustes que merezcan ser atendidos. Lo más obvio, la codicia disparada de los arrendadores, que por supuesto podría suponer un quebradero de cabeza para los vecinos. Entonces los autores (y el periodista, que no se les queda atrás) hablan de la necesidad de garantizar alquileres sociales y todo eso que, bueno, según el caso, y habida cuenta de lo que se espera del Estado del Bienestar, es algo que podría plantearse razonablemente. Pero esto, un asunto práctico para el que cabe proponer soluciones prácticas, no es más, en la citada entrevista, que mero pretexto para dar rienda suelta a toda la cosmovisión de esa izquierda que uno no sabe cómo caracterizar, porque, si intentásemos adscribirla a alguna tradición, habría que remitirla, quién sabe por qué vía, a aquel Savonarola que levantó hogueras para que fueran los florentinos a quemar los pecaminosos objetos con los que alimentaban su vanidad.

La entrevista se recibe a portagayola, con una definición que sale al ruedo bufando, pues resulta que la gentrificación ha de entenderse como una operación de "nuestras élites económicas" para echar de sus barrios y casas a "la población más vulnerable" —"migrantes, jubilados, yonquis, madres solteras, personas sin techo"–. "La forma de echarles es llenar las calles de restaurantes gourmet, boutiques de diseño y centros de arte contemporáneo", advierte la entradilla. Enterados quedamos, pues, de que tras la iniciativa de poner una tienda de cupcakes o de vender camisas de Ben Sherman no está siquiera la motivación (ya sobradamente perversa) de ganar dinero, sino esa otra que mueve indefectiblemente a todo aquel que no sea miembro de los citados colectivos (excepción hecha de los burgueses de izquierda, se entiende): el odio al pobre, el asco y la grima de su pinta fea y de sus harapos; la intolerancia pituitaria que tiene su raíz en la innata maldad de quienes no ven la esperanza del mundo en seres de luz como Pablo Iglesias. Por eso, y aunque tengan que pedir créditos y luego esclavizarse en la atención del negocio, los gentrificantes no dudan en pasar por cualquier sacrificio con tal de quitar de en medio a los que estarían ya rociando de Zyklon B si no fuera porque los anticapitalistas luchan a brazo partido para impedírselo.

Procurando disimular arteramente estos propósitos de heydrichiana profilaxia social, todo lo que ofrecen los artífices de la gentrificación es sospechoso de buscar agredir a los pobres que habían llegado primero. Por ejemplo, su pretendida oferta cultural, tan mezquina que "entiende la cultura como consumo, no como derecho". Quiere decir, entonces, que quien coja el local ruinoso de una antigua huevería y ponga allí una galería de arte estará enterrando con ello la posibilidad de que los vecinos vayan con la tarjeta del paro a visitar gratis el Museo del Prado. Y aquel que ose comprar una acuarela en la tal galería para ponerla en el salón de su casa estará también (¡oh, sabio Proudhon!) robando a los prójimos; porque si en esos barrios tiene que haber algo pintado no puede consentirse sino que cuelgue de las paredes del Centro Cultural Buenaventura Durruti, o que sea un grafiti de la plaza donde trapichean los camellos. El problema de fondo, dice el urbanista Adura (uno de los autores del libro), es que "falta cultura popular"; y cuando uno se pregunta si ello consistirá en concursos de jotas o más bien de hip hop, el sociólogo Daniel Sorando (el otro autor) nos lo aclara:

Los responsables de Ahora Madrid apuestan por introducir otro tipo de actividades, digamos más contraculturales, pero todavía no han roto el suelo elitista.

Ah, bueno, ya se entiende, y es perfectamente lógico: si el pueblo está formado únicamente por los simpatizantes de Ahora Madrid, como todo el mundo sabe, la cultura popular será también la que hagan ellos, ya sea que consista en títeres, en tragafuegos o… en sesiones de lectura de Zizek y de Gramsci. Porque, por materialista y vacío que sea el postureo pseudobohemio de la gentrificación, todavía podemos darle un voto de confianza si se declara dispuesto a admitir que lo cool no es la música indie sino las ideas de Errejón: "Una librería con Gramsci y Zizek en el escaparate puede funcionar como símbolo de distinción, tanto o más que un disco de Björk o un colgante de Tous", explica el señor Sorando. Vamos: que, puestos a molar, a los lectores de Gramsci y de Zizek no les gana nadie. Ahora bien: el problema es que si a alguna de estas lecturas la llegan a volver molona, ¿cómo va a seguir siendo, al mismo tiempo, popular, considerando que el pueblo sólo es tal en su feliz zafiedad iletrada?: "Lo difícil no es organizar una tertulia sobre Zizek en una librería, sino una asamblea de barrio con lenguaje accesible donde quizás puedas aplicar alguno de los conceptos de Zizek y Gramsci como herramienta para resolver los problemas comunes", pontifican los antigentrificadores. Voilà la fórmula: proclamado en medio del descampado y con acento cani, Zizek le pertenece al pueblo casi tanto como un baile de Bollywood (manifestación de indudable raigambre popular), y se pone a kilómetros luz de las cafeterías en donde los pijipis fotografían para el Instagram la mesa con la taza de matcha y la novela de Houellebecq.

Según los entrevistados, hay que tener claro quién es quién y no dejarse engañar por las apariencias, porque aunque los agentes de la gentrificación van de hippies, de hípsters o de activistas antisistema, no tienen de progresistas más que la facha: en realidad son "soldados con mentalidad de clase media". Ya hemos dado el salto; ya no sólo resulta que es malo ser rico (y mal podían los autores de este libro hacer responsables de semejante culpa a los treintañeros universitarios que deciden endeudarse hasta el cuello para poner una tienda de productos para celiacos): la clase media (¡y su retorcida mentalidad!) también tiene delito. Para que fueran hippies de verdad tendrían, pues, que tener la mentalidad del pueblo. Pero ¿y no habíamos quedado en que era muy difícil que el pueblo con su mentalidad le entrase a Gramsci, salvo que otros se lo glosasen en clave for dummies? Y si la clase media no puede invadir los predios de los pobres, porque no es auténtico pueblo, ¿cómo se hace para posibilitar aquella permeabilidad apostólica? A mí me parece obvio que los politólogos de Podemos, universitarios y latiniparlos, son clase media; pero total es que ellos sí se sienten legitimados para comunicar sus valores al pueblo. Hombre, por supuesto: porque ellos se le acercan sin la intención de comérselo en escabeche y, sobre todo, sin la intención de sacarlo de pueblo.

En efecto, el mensaje de fondo es que cada cual debe quedarse en su sitio, porque las frívolas delicias de la clase media no convienen al gusto primitivo y frugal de los pobres a mucha honra. La burguesía, así, debe dejar de hacerse la ecuménica y limitarse a gastar y a salir de copas en sus barrios pijos, mientras que al pueblo hay que dejarlo malvivir a gusto. En todo caso, dicen los autores, si te mudas a un barrio conflictivo es "para insertarte en las relaciones sociales que ya existen": nada de pretender cambiar nada, porque el dogma inviolable es la identidad (por supuesto, este axioma vale siempre que el recién llegado no sea inmigrante, porque éste en cambio sí que tiene derecho a modificar la fisonomía y la vida del barrio según sus usos y costumbres, sin que nadie le pueda decir nada. Lo de pedirle a él que se inserte en lo que ya existe sería de un eurocentrismo intolerable). Uno de los autores confiesa que llevó a sus alumnos a visitar uno de esos espacios gentrificados, y que "todos" lo encontraron "chulísimo". Entonces, ante lo que el profesor habrá juzgado una opinión claramente alienada, les preguntó "si veían gente muy distinta de nosotros. La respuesta fue que no". ¡Y él que los había llevado de safari a lo que debería ser un santuario natural de la miseria! ¡Tener que volverse sin ver yonquis por falta de verdaderos conservacionistas antisistema capaces de lograr que se les mantenga como especie protegida! Fíjese usted que el hecho de que "Malasaña, antiguo barrio de gente de mal vivir", tenga hoy un negocio de repostería para perros le parece al redactor del reportaje "un ejemplo tronchante". Ya te digo: lo coherente era mantenerlo como barrio de malvivir. Por otra parte, el urbanista del libro reconoce que la instalación de comercios como los hoteles genera empleo y es buena para la propia gente del barrio. Pero, como puede que lo de abrir hoteles y otros comercios tenga que ver precisamente con el atractivo que ha ganado el barrio a través de la gentrificación, sería cuestión de trabajar para que la gente se aficione al turismo de bajos fondos y a la emoción de jugarse una puñalada en las calles de la rufianesca. Poor is beautiful podría ser el eslogan de esta humanista campaña destinada a derribar la hegemonía de la mentalidad burguesa, entre verbenas aderezadas con juglares antisistema y citas de Gramsci.

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