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Descubriendo España, 'Por carreteras secundarias'

El periodista Alfonso Armada presentó su nuevo libro, en el que retrata la vida de esa parte del país más alejada de las ciudades.

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El periodista Alfonso Armada presentó su nuevo libro, en el que retrata la vida de esa parte del país más alejada de las ciudades.
España desde el Castillo de Miravet, Tarragona. Uno de los lugares visitados en el libro | Flickr

"¿Cuál es el pueblo con más fantasmas de España?". La pregunta es de Isabel Navarro y va dirigida a Alfonso Armada, durante la presentación del último libro que el periodista acaba de publicar, Por carreteras secundarias (Malpaso). "Sin lugar a dudas, Comala. En España existe un pueblo que se llama así, igual que el de Rulfo, y tiene tantos fantasmas como aquel".

El pasado viernes, en el estudio del escultor Francisco Leiro, Alfonso Armada se reunió con amigos y conocidos (y con todo aquel que quisiese pasarse), para hablar de su último trabajo y de la España olvidada, esa que está alejada de las autopistas. Allí, rodeado de enormes esculturas de madera, tuvo tiempo para escuchar y para responder; para esbozar, en suma, las claves de un libro que transita entre la poesía y el reportaje periodístico; entre el ensayo y la narración. La obra de "un buen escritor que mira por la ventanilla del coche cuando viaja", como se escuchó durante el acto.

La presentación estuvo vertebrada por una conversación entre Armada y Navarro, que fue desmigajando algunos de los pasajes más representativos del libro. "¿Cuál es tu Kilómetro Cero?", le preguntó ella a él en un momento determinado, "el Citroen Tiburón de mi padre, en el que me recuerdo de niño, viajando y descubriendo el paisaje con él. Parece mentira, pero es verdad, pese a las similitudes que se le puede encontrar a eso con el libro de Martínez de Pisón, del que el mío es claro homenaje".

La idea surgió hace algunos años, cuando Armada le propuso al periódico en el que trabajaba recorrerse la península en un verano para "relatar historias que no están en las noticias". "Al final tuve que hacerlo en dos, por falta de presupuesto, por lo que el libro está claramente dividido". Su idea era viajar allí por donde casi nadie pasa ya, para descubrir paisajes olvidados y "reconocer a esa gente que sigue haciendo cosas con las manos". Durante su travesía fue topándose con esos paisajes, "sobre la marcha", y reconociendo la vida de los pueblos, cada vez más condenada. "Existe un proceso de desmembramiento de España; y sobre todo de despoblación".

Por carreteras secundarias recuerda a aquellos textos que escribían los autores del 98, cuando reivindicaban a España y su paisaje, y se sorprendían de sus cambios incipientes o se enfadaban ante una mutación asesina, usurpadora del carácter histórico de esta tierra doliente. Recoge el testigo después de años de olvido, y escribe sus páginas varias décadas después, desde la perspectiva que se tiene una vez la metamorfosis está a punto de consumarse. Con la mirada incisiva de un periodista veterano pero con la sensibilidad de un poeta, Armada retrata la cara abandonada de un país.

"Una de las cosas que hacía en el periódico en el que trabajaba era dirigir las visitas de niños que venían con el colegio a ver la redacción. Los niños de 9, 10, 11 años son los que mejor preguntan, y yo intento mirar al mundo de la misma manera, sin perder esa curiosidad pero valiéndome de haber leído y conocido más que ellos", comentó, haciendo referencia a lo inaudito del paisaje español y de lo fácil que es descubrirlo, si se quiere. A modo de ejemplo, exclamó: "Hay hoteles maravillosos y espantosos que pueden estar en Las Vegas o en cualquier pueblo de España".

Durante su periplo, de esa manera, pudo ver de cerca extraños acontecimientos y experimentar epifanías: "En Castellón ardió un bosque entero en el que sobrevivieron varios ‘cipreses ignífugos’, como les bauticé. Creo que el ciprés es un árbol a imitar"; también fue testigo de la cara menos agradable de esos pueblos: "¿Se te enfadaron en Monóvar?", le preguntó Navarro, "sí. Recibí alguna amenaza", respondió él. "Es uno de los pueblos que se han empeñado en cultivar el feísmo más absoluto. Creo que es un reflejo. Allí nació Azorín, pero le desprecian. Parece que la fealdad del alma de las gentes se hubiese traspasado a sus casas". Pero, en definitiva, disfrutó de un viaje de ida y vuelta en el que, como en las mejores novelas, nunca se regresa siendo igual que cuando se partió. "¿Cuál va a ser tu próximo viaje?", "no lo sé. Ya te lo diré cuando lo descubra", se despidió.

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