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Borges, el bibliotecario de Babel

María Kodama ha presentado La biblioteca de Borges en la Casa de América

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Jorge Luis Borges | Flickr

Cuenta María Kodama que Borges tenía una memoria extraordinaria. "Cuando yo le conocí ya no podía ver, pero recordaba dónde estaba cada ejemplar de su biblioteca. Una anécdota fascinante ocurrió un día en que me pidió que le llevase un libro concreto. ‘Está más o menos por la mitad de la segunda balda de la derecha’, me dijo. Una vez encontrado, cuando comencé a leérselo, me insistió en que avanzase y retrocediese por sus páginas… Estaba buscando una anotación que había hecho hacía tiempo. Al fin la encontramos. En un párrafo había subrayado y escrito una palabra: ‘Contradicción’. Cuando, en sus notas de la portadilla, miré en qué fecha lo había leído, descubrí que había sido en 1920. Y aún lo recordaba".

De esa manera ha hablado Kodama hoy en la Casa de América, durante la presentación de La biblioteca de Borges, en la que ha querido resaltar la relación, tan conocida como impresionante, del autor de El Aleph con la lectura. El libro, escrito por Fernando Flores Maio y editado por Patricio Binagui, se adentra a través de la palabra y de la fotografía en los más de 2.000 ejemplares de la biblioteca personal del argentino, actualmente custodiada en la Fundación Borges por la que fuera su esposa. "En ellos hemos resaltado las notas que escribió en los márgenes, que estamos seguros que van a dar que hablar a estudiosos y a fans", ha dicho Flores Maio. "Una cosa interesante que queremos resaltar también es que, sobre todo, Borges conservaba libros de filosofía y de religión, y creemos que gracias a ellos se puede reconstruir toda esa ideología borgiana que buscaba, ante todo, la felicidad. Tampoco hay que olvidar que para él, una parte importante de su propia felicidad eran sus libros", ha continuado.

La selección se ha centrado, básicamente, en libros recurrentes, citados numerosas veces en la obra del argentino. "Todas las fotos que hemos hecho solo constituyen el cinco por ciento de su biblioteca", ha aclarado Flores Maio. "En ellos encontramos una larguísima lista de autores que a Borges le fascinaban como Dante o Kipling". Por su parte, Kodama ha querido añadir que "se trata de libros que él quería mucho, y que decidió conservar en su biblioteca personal. Porque él también se desprendía y regalaba muchos. Por ejemplo, hace tiempo se descubrieron más de mil ejemplares, que habían sido suyos, en la Biblioteca Nacional, que él había donado cuando fue director del centro". "En definitiva, me parece muy interesante que la gente pueda acceder a esos libros que tanto amaba. Porque él, sobre todo, disfrutaba leyendo a otros autores. Consideraba que su obra no era para tanto. Y estoy segura de que querría promocionar esas lecturas en las que se enfrascó gustoso tantas veces", ha concluido.

Kodama y Borges

Varias anécdotas de la vida personal del matrimonio han resaltado también durante el acto. "Él tenía un sentido del humor muy inteligente", ha comentado Kodama risueña. "Era muy rápido, y le gustaba descolocar a la gente. Recuerdo una vez, en la universidad, que debido a unas revueltas estudiantiles se instaba a los alumnos a no ir a clase. Él dejaba completa libertad a los suyos, pero decía que le gustaba enseñar y que impartiría de todas formas. A modo de broma, alguien le preguntó si debía apagar la luz del aula, como dándole a entender que se iba a quedar vacía, a lo que Borges contestó que por él no se preocupase, que tenía la bendita costumbre de ser ciego. Al final no se apagó la luz y nadie faltó".

Preguntada sobre si en la biblioteca del autor argentino existe alguna aportación suya, ha expresado una dificultad comprensible: "Yo le regalaba otras cosas, pero nunca libros. Para sorprender a Borges habría tenido que regalarle libros muy especiales, muy caros y exclusivos. La otra opción era regalarle obras de autores que no le interesarían". Porque, según ha aclarado, "él no leía a autores contemporáneos. Le gustaba mucho releer libros antiguos, pero no sentía necesidad de descubrir cosas nuevas".

Acerca del día a día, ha querido señalar que "congeniábamos muy bien porque éramos parecidos. Éramos sinceros y directos. Una vez me preguntó por El Aleph y yo le dije que lo único que me había gustado era la descripción del propio Aleph, pero que el resto me había parecido banal". En ese sentido, ha señalado que "la obra de Borges que salvaría del fuego es su cuento Las ruinas circulares. Yo lo leí de niña por primera vez, mucho antes de conocerle, y recuerdo cuando comencé con la primera frase: ‘Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche’. Quedé fascinada. Lo leí todo de un tirón y sentí una intensidad que me absorbió, sin entender intelectualmente nada. Tiempo después descubrí una entrevista en la que habló sobre cómo lo había escrito y, en un momento determinado dijo una frase: ‘Nunca antes ni después he escrito nada con tanta intensidad’. Esa era la intensidad que una niña había sentido al leerle por primera vez, sin entender ni una palabra intelectualmente, pero quedando prendada igualmente de su escritura".

Para acabar, ha querido recordar una escena especial para ella. "Ocurrió en el Museo del Prado. Estábamos los dos frente al ‘Perro semihundido’, de las pinturas negras de Goya, y de pronto yo, que iba sin lentillas, observé que se aproximaba un gigante de dos metros hacia nosotros. Cuando estaba bien cerca le reconocí: era Cortázar. Yo admiro la obra de Cortázar, me parece fascinante, pero Borges le había hecho la cruz porque no coincidían políticamente… De pronto Cortázar llegó, abrazó a Borges y le dijo, gracioso, ‘Maestro, usted criticó mi primera obra, Casa tomada’. Y aquel momento se me quedó grabado: Borges y Cortázar reconciliados en un abrazo, delante del ‘Perro semihundido’ de Goya. Maravilloso".

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