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Luis Herrero Goldáraz

Una derrota navideña

Ahora que estamos en fechas señaladas, es buen momento para rescatar uno de los grandes debates de la tem

Luis Herrero Goldáraz
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Ahora que estamos en fechas señaladas, es buen momento para rescatar uno de los grandes debates de la tem
Luis Alberto de Cuenca | D. A. – esRadio

Ahora que estamos en fechas señaladas, es buen momento para rescatar uno de los grandes debates de la temporada. Regalos: ¿a favor o en contra? Ya sé que se dirá que lo importante es el detalle, hacer saber a la otra persona lo que significa para ti, o transmitirle escuetamente el mensaje de fraternidad desinteresada que las Navidades nos hacen creer posible incluso en un mundo en el que cualquier microbio puede ser una amenaza. Pero, seamos sinceros, hay regalos que son una putada. Uno siempre termina viéndose obligado a equiparar el valor de lo recibido por el de lo entregado, lo que de por sí entraña un sinfín de posibles resquemores difíciles de sobrellevar. No hay más que verlo en los grupos de whatsapp: algunos amigos invisibles son de todo menos amistosos. Competiciones grotescas entre personas que pelean por quererse más y mejor las unas a las otras. Yo he visto a gente más preocupada por acertar que por que la cuesta de enero se le alargue hasta abril. Y es que tengo para mí que en el intercambio de regalos, como en el amor, todo es perfecto en la medida en la que uno lleve la delantera.

Precisamente por eso –y porque es de mala educación– no he querido mirar cuánto pueden costar todos los libros que me cayeron el otro día de improviso. Sospecho pese a todo que se encuentran tremendamente fuera del alcance de mi bolsillo, por lo que ahora sólo me queda echarle un ojo a mi cartera y suspirar, a ver si además de telarañas puedo hacer brotar ideas que correspondan a mi regalador con algo distinto a una sonrisa. Cuando recibí el mensaje generoso de Luis Alberto de Cuenca no supe cómo reaccionar. “Será mejor que te acerques en coche, para poder cargarlo”, me dijo, y yo comencé a fantasear irremediablemente con grandes lecciones metafóricas; peticiones extrañas a la manera del sensei Miyagi, pensadas para hacerme comprender por mi propia cuenta el valor de la vida en forma de viaje con el maletero lleno o alguna otra cosa por el estilo. Después me sacó de mi ensoñación y me recibió en su impresionante biblioteca personal, una suerte de fábrica de chocolate de Willy Wonka para lectores, con las paredes devoradas por los libros y las esquinas rebosantes de figuritas de acción. “Aquí los tienes”, señaló, y me mostró, amontonados debajo de una mesita en la que no cabía una princesa Leia más, los números que tanta ilusión tenía por entregarme. Fue una suerte haberle hecho caso y no tomar su recomendación como una mera alegoría, la verdad; pero más suerte tuve al aparcar en su puerta. Tampoco tengo la espalda para grandes vía crucis.

Desde que acomodé ese centenar de cuadernitos en mi casa, le he venido dando vueltas a lo mismo. ¿Qué se le puede regalar a un poeta? Como tengo bastante asumido que nada de lo que yo pueda coseguirle igualará nunca lo que me he llevado yo, sólo me queda luchar en el campo de batalla del valor sentimental. De ahí que mi pregunta sea más desesperada si cabe. ¿Cómo vencer en su terreno a un paladín de la emoción? Dando una vuelta por las diferentes estancias de su particular biblioteca de Babel, al bardo se le desbordaba la ilusión de ir repasando toda una vida de lecturas. Allí estaban los seis volúmenes de Las mil y una noches traducida por Blasco Ibañez; allí la colección entera de Tintín; al otro lado del pasillo, en el antiguo dormitorio, una pared empapelada por los lomos de la colección de literatura fantástica más completa a este lado del globo; más allá, las primeras ediciones de la obra entera de Valle-Inclán, su noventayochista predilecto; también la primera edición de Drácula, de Bram Stoker; o todas las ediciones shakesperianas que Aguilar fue sacando a partir del 29; los cinco volúmenes de Poe, primera edición, traducidos por Baudelaire; El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, primera edición inglesa... Y así podríamos seguir, que ni me acuerdo ni soy capaz de enumerarlo todo.

En un momento concreto del paseo, el poeta se detuvo y me explicó, entre risueño y nostálgico, que ahora que se jubila está deseando encerrarse en ese lugar maravilloso para redescubrir sus tesoros olvidados. Viéndolo así, es probable que este regalo que me ha hecho constituya uno de sus primeros movimientos para soltar lastre y airear estantes, pero ni siquiera eso me da ventaja en nuestra batalla navideña. Al fin y al cabo, si lo pienso bien, me ha entregado una colección inacabada como el atleta que le pasa el testigo al siguiente corredor. Me lo imagino imaginando un futuro en el que un libro me lance a la búsqueda del siguiente, para acabar tal vez un día paseando por mi propio laberinto de papel, entre nostálgico y risueño, contemplando mi vida entera en mis lecturas. Llegados a este punto, no me queda otra que asumir la derrota inapelable. Qué le vamos a hacer: esta vez el viejo zorro me ha ganado por goleada.

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