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Luis Herrero Goldáraz

La ventana discreta

Nadie puede saber cuándo ocurrirá alguna noticia de improviso justo debajo de su edificio, pero por si acaso ahí estoy yo, haciendo guardia.

Luis Herrero Goldáraz
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La labor del periodista, no se cansan de repetirme, es salir a la calle a buscar buenas historias. El periodista intrépido vive sin horarios y se desloma, boli en mano, por exprimirle el jugo a la actualidad para poder servírsela cada mañana a sus desvalidos vecinos, que sin él no se enterarían ni del clima. Todo eso no lo dicen exactamente de esa forma, claro está, pero lo supongo yo, achicado como me siento cada vez que me topo con alguien capaz de darle valor a su día a día. Me pasa sin querer. Cuando escucho esas frases tan rotundas no puedo evitar reconocerme como el mayor farsante de la tierra. Ni siquiera sé qué responderle a aquella gente despistada que todavía me pregunta a qué dedico mi tiempo entre semana. La cosa es complicada porque uno, que es vago pero también nostálgico, considera mucho más sencillo figurarse la verdad desde un rincón que salir al frío a pillar un resfriado. Hace tiempo que asumí que nunca seré un buen periodista porque no soy adicto a dar paseos; y como tampoco me apasionan los grandes chismorreos ni los cafés literarios, más allá de esos que todavía permiten terminar la tarde conservando el anonimato, me limito a dejar pasar los días sin que nadie note demasiado que mi firma se ha colado en su desayuno. En mi defensa he de decir, al menos, que pertenezco a ese grupo de personas que se sienten mucho más cómodas mirando hacia adentro que hacia afuera, por lo que bastante esfuerzo he hecho ya, creo yo, instalando la butaca junto a la ventana. Nadie puede saber cuándo ocurrirá alguna noticia de improviso justo debajo de su edificio, pero por si acaso ahí estoy yo, haciendo guardia.

El tiempo, de todas formas, no ha tardado en darme la razón. Hace una semana la noticia se precipitó copo a copo contra el suelo y yo pude disfrutarla en todo su esplendor sin tener siquiera que incorporarme para captar sus sutilezas. Fue además una noticia perezosa, de esas que se desarrollan con parsimonia y tienen el buen gusto de no robarte el tiempo que podrías dedicar a quitarte las pelusas del ombligo. Así la vi pasar al menos, arrebujado en mi sofá con la mirada distraída; y sólo al cabo de unas horas me enteré de que los autobuses se habían quedado atrapados en las carreteras y que la ciudad ya estaba lista para convertirse en un enorme campo de batalla posnavideño. Pese a todo, todavía han tenido que pasar algunos días para constatar aquello de que en España las cosas suceden al revés. Allá en el norte, al parecer, la propia vida de las gentes, sus hogares y sus rutinas, están diseñadas para sobrellevar las frecuentes inclemencias del tiempo en la soledad más convencional. Las familias se reúnen alrededor de un fuego y tapian sus ventanas, posiblemente para que ningún personaje de Chejov se atreva a mirarlas compungido desde el frío desolador del exterior. Aquí, por el contrario, la nieve tiene un efecto expansivo. Ofrece las mismas ventajas que la arena del mar, supongo, pero además nos sirve para mantener fresquitas las cervezas.

Creo que esa es la razón, y no tanto mi cinismo patológico, por la que me he sentido tan decepcionado por una noticia tan poco noticiosa como Filomena. Incluso me he llegado a descubrir alguna vez cruzado de brazos y haciendo gestos de estudiada indiferencia, como un adolescente despechado y orgulloso. Revisando mi libreta me doy cuenta: los muñecos de nieve y las batallas de bolas me parecieron previsibles; las improvisadas pistas de esquí en las calles madrileñas, la única forma lógica de aprovechar ese perfecto telesilla que es el metro; los disfraces de dinosaurios y pokémons, una manera como otra cualquiera de adelantar el carnaval; y el hombre tirado por un trineo de huskies, un simple marido victorioso después de años de peleas conyugales por sus compras disparatadas. Mi impasibilidad ha sido tal, de hecho, que si alguien me hubiera hablado de un grupo de pistoleros embozados esperando al carruaje del presidente en la calle del Marqués de Cubas yo me habría limitado a hacer notar su falta de imaginación. La nieve en Madrid, me temo, sólo ha permitido que la gente haga lo que se esperaba de ella. ¿Qué hay de raro en bailar la Macarena en la Puerta del Sol o que multitudes de inmigrantes eslavos salgan a la calle a recordar sus heladas tierras? Quítenle a Madrid la nieve y observen si algo de eso ocurriría entonces. ¡Ahí sí que tendrían una gran noticia! Así las cosas, no me queda otra que seguir parapetado y esperar. Ojalá en una semana tenga algo que merezca realmente la pena.

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