
La lectura de la encíclica Magnifica Humanitas, primera del papa León XIV, produce una sensación contradictoria. No es posible negar la buena intención, respaldada por una autoridad moral secular, que atiende las mejores causas: paz civil y atención a los más desfavorecidos, por medio de miles de misioneros presentes en los países con peores condiciones de vida y numerosas organizaciones afines, como la española Cáritas.
Ante esa realidad resulta gratuito que los redactores del texto se hayan embarcado en consideraciones de otro tipo, que no añaden nada a ese patrimonio moral y entorpecen la comprensión del mundo y de la sociedad. Es el caso de la propuesta de "desarmar" la inteligencia artificial, que presentan como una innovación que puede amenazar la dignidad humana, por su potencialidad de ser mal empleada, en beneficio de una élite tecnológica que imponga sus intereses al resto y altere la paz social.
La IA, sin embargo, no es la primera innovación que ha alterado el orden establecido. En los últimos 250 años surgieron la máquina de vapor -con sus aplicaciones inmediatas en telares y barcos-, el ferrocarril, la fotografía, la electricidad, las vacunas, la anestesia, el teléfono, el fonógrafo, los electrodomésticos, los fertilizantes, la agricultura intensiva, el motor de combustión, el automóvil, la aviación, los rayos X, el escáner, la cirugía, el cine, el deporte, la radio, la televisión, la energía nuclear, las granjas avícolas, la informática, los motores a reacción, el vuelo supersónico, los satélites, el ordenador, Internet, la telefonía móvil, el GPS y ahora la inteligencia artificial.
Cualquiera de esas innovaciones puede ser mal empleada, pero ello responde a la condición de la naturaleza humana y en conjunto han supuesto una extraordinaria mejora de la calidad de vida de todo el mundo. No han sido ni son el patrimonio de una minoría, sino que se han extendido al conjunto de la población, incluso de los territorios más pobres del planeta. Miles de millones de personas de todo el mundo las utilizan a diario y países como Burkina Faso, la República Centroafricana, Mozambique, Paraguay o Birmania tienen millones de usuarios de Internet y la telefonía móvil.
Una de las observaciones más peregrinas de la encíclica es comparar la inteligencia artificial con la construcción de una nueva Torre de Babel. Es todo lo contrario: Babel significa confusión de lenguas y una de las virtudes de la IA es la posibilidad de traducir de manera casi instantánea y gratuita diversos idiomas, aunque no utilicen el mismo alfabeto. Así ocurre tanto en lenguaje oral como escrito. La IA, por tanto, es lo contrario a la Torre de Babel, hasta el punto de superar el recurso habitual a los intérpretes o los diccionarios.
¿A qué lumbrera vaticana se le ha ocurrido semejante disparate? Hay una pista disponible: entre quienes han influido en el texto se encuentra Carme Artigas, que ha sido secretaria de Estado de Digitalización en uno de los gobiernos de Pedro Sánchez. Es probable que en Roma hayan quedado impresionados por la formación de la tal Artigas en universidades norteamericanas, pero su ejercicio intelectual y político resulta mediocre y sectario.
¿Acaso es cristiana la miseria?
Otra cuestión polémica de Magnifica Humanitas resulta crónica en la literatura vaticana, con la principal excepción de la Centesimus annus de Juan Pablo II. Consiste en un desconocimiento de los mecanismos de la acción humana, término que abarca mucho más que la economía y cuyas raíces son antropológicas.
El Vaticano lleva tiempo empeñado en proponer el modelo de una redistribución de carácter solidario para fomentar la igualdad social. Su efecto es el contrario. Hace más de un siglo los economistas neoclásicos enseñaron que la principal herramienta de igualdad social es la productividad. Los sistemas productivos generan sociedades igualitarias. Por el contrario, las políticas redistributivas favorecen las oligarquías y extienden la miseria. ¿Acaso es cristiana la miseria? La proclamada apuesta por los pobres sólo tiene una legitimidad moral: reducir la pobreza, con el objetivo de extinguirla. Mantener a los pobres sin esperanza es una opción radicalmente inmoral, es posible que bien intencionada, pero inútil y sobre todo muy perjudicial para los pobres. Durante los últimos decenios cientos de millones de pobres han dejado de serlo, en países como China y la India, que padecían un problema secular de hambre y hoy prácticamente ha desaparecido. ¿Fue producto de una redistribución? No, de una economía más eficiente decidida por los gobiernos de Pekín y Nueva Delhi.
El origen de este desatino se encuentra en el nefasto papado de Pío IX, a mediados del siglo XIX. Su rechazo a la sociedad civil que promovía la Revolución Industrial y que ponía en cuestión la primacía de la Iglesia, le llevó a cuestionar el motor de ese fenómeno histórico, que no era otro que la libertad de iniciativa. Fueron los tiempos de "el liberalismo es pecado" y otras aberraciones.
Semejante doctrina supuso un retraso de trescientos años en el catolicismo. En los siglos XVI y XVII, como respuesta a la inflación producida por la plata de América y las guerras de Religión en Europa, los teólogos españoles de la Escuela de Salamanca habían sentado las bases de la economía de mercado, como ha puesto de manifiesto el profesor Rothbard. Cuando en 1776 el escocés Adam Smith publicó Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, su inspirador había sido el profesor Hutcheson, que en la Universidad parisina de la Sorbona había estudiado las ideas económicas de los teólogos españoles.
La sociedad civil postindustrial ha conseguido, por otra parte, trascendentes progresos éticos: la plena alfabetización, la democracia, la libertad de conciencia, el sindicalismo, las jornadas laborales que sustituyeron a los trabajos de sol a sol, la supresión del trabajo infantil, las vacaciones, la abolición de la pena de muerte, la producción de alimentos para abastecer a 8.000 millones de personas…
Existe otra cuestión que enlaza las dos debilidades de la encíclica y cuya raíz es más honda. La Tierra siempre giró alrededor del Sol -no al revés- y siempre existió la gravedad. Cuando Galileo y Copérnico por un lado y Newton por otro lo convirtieron en ciencia, extendieron el conocimiento humano de la Creación, es decir, del plan de Dios. Los adelantos de los últimos siglos, en consecuencia, acercan al hombre a Dios, autor de la Creación. La inteligencia artificial forma parte de esta última. El siguiente paso, que ahora promueve el supermillonario Elon Musk, es dotar de visión a los ciegos. ¿Un milagro? No, libertad.
