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Juan Manuel González

'Tron: Legacy': Jeff Bridges, eres dios

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Tron: Legacy es una secuela y actualización del recordado largometraje Disney de los ochenta, del que recupera las texturas virtuales -elevadas al cubo gracias a la tecnología digital de vanguardia- y la carismática presencia de un Jeff Bridges que se erige sin dificultades como lo mejor y más auténtico de la película. Pese a algunos graves problemas de ritmo y un desarrollo más simplón de lo deseable, el resultado es un espectáculo audiovisual asombroso que, eso sí, requiere de la complicidad del espectador.

Yo, desde luego, escogí dejarme llevar por él. Lo primero que hay que destacar de Tron: Legacy es la extraordinaria labor de su director, el debutante Joseph Kosinski, un joven talento a seguir desde ahora mismo. El diseño y claridad prístina de todos y cada uno de los planos permite ensalzar a Kosinski como una versión intrascendente pero igualmente perfeccionista del aclamado David Fincher. Y para demostrarlo, presten atención sólo al uso de la prodigiosa banda sonora electrónica de Daft Punk, que admite analogías con las elecciones musicales que Fincher tomó en La Red Social, aunque también con lo logrado por Christopher Nolan y Hans Zimmer en Origen o El Caballero Oscuro.

Además, Tron: Legacy obsequia al espectador con un 3D plenamente efectivo que, al igual que el de Avatar de James Cameron, oscila entre lo discreto y lo espectacular, siempre sometido a las necesidades de la historia. Instantes como ese travelling aéreo que culmina dentro de la habitación de Sam, la persecución en moto que rememora la escena más celebrada del primer Tron, o enfrentamiento final entre Jeff Bridges y su doble digital (donde el filme por fin libera todo su potencial emotivo) ensalzan a Tron: Legacy como uno de los imprescindibles y más deliciosos espectáculos cinematográficos del año.

Precisamente ese mencionado doble digital de Bridges (el verdadero hace acto de aparición a la mitad del filme, y se adueña del cotarro sin esfuerzo alguno) es el plato fuerte más esperado de la extensa gama de trucajes visuales de la cinta. El resultado es, desde luego, encomiable, aunque su utilización yerra en los pasajes iniciales de la cinta, aquellos que se desarrollan en el mundo "real" y en los que el despliegue técnico tiende a ocultar un planteamiento argumental con demasiada exposición.

Porque, desgraciadamente, la película está afectada de ciertas deficiencias que la brillante labor visual de Kosinski no saber resolver. El director se muestra titubeante desenredando la trama y renuncia a profundizar en la estimulante sustancia mítica y esas analogías entre los dos mundos que hubieran otorgado a Tron: Legacy la categoría de gran película. El desarrollo es lineal y simplón, con algunas lagunas que frenan su ritmo de forma preocupante en las secciones centrales del relato. Aunque el gran defecto de la misma es, en realidad, cierta frialdad que afecta a la descripción y emociones de los personajes, que finalmente es lo que resta impacto a la odisea.

Y es que el núcleo emocional de Tron: Legacy, algo que realmente es de agradecer, es una relación padre-hijo que Kosinski centra adecuadamente al principio del largometraje, pero que luego pierde durante el transcurso de la aventura y recupera con fuerza al final. Si este componente, que nos recuerda tanto a los filmes fantásticos protagonizados por núcleos familiares elaborados en los ochenta (con la factoría Spielberg y la propia Disney a la cabeza) se hubiera reforzado en esos puntos clave, estaríamos hablando de forma indiscutible de una gran película. Porque lo que nos reserva Kosinski en la última media hora -incluyendo el arrebatador desenlace- es simplemente impresionante.

Pero no pidamos peras al olmo. Tron: Legacy es exactamente igual que su predecesora, es decir, un válido y simple filme de aventuras Disney apto para el consumo juvenil y, dejando de lado algunas sugerencias estimulantes, simple como el mecanismo de un chupete. Lejos de profundizar en la naturaleza dual entre mundo virtual y real (de raíces bíblicas y definitivamente fantásticas) Kosinski potencia el espectáculo y deja que la cinta fluya por los cauces de la aventura más convencional. Pero el resultado es simplemente impresionante.

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