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Stella es un filme francés estrenado en el país galo hace ya más de dos años. Su tardía pero apropiada distribución española nos permite descubrir una pequeña obra que desborda humanidad en su retrato de la niña de trece años que da título a la película, y que interpreta con nervio desbordante la joven Léora Barbara. Una protagonista que vive en un entorno familiar poco apropiado, que acude al Liceo francés pero siente poco afecto por los estudios, y que descubre la amistad a la vez que comienza a verse atraída por un compañero de clase. Stella es, nada más y nada menos, que el dibujo de una persona en tránsito hacia la adolescencia, en el mismo momento de forjar su identidad y a punto de dejar para siempre la niñez.

Verheide nos introduce el relato equilibrando con talento observación con narración. Las inquietudes, miedos y esperanzas de Stella aparecen ante el espectador casi como sentimientos nuevos, a la vez que la película nos descubre el mundo adulto a través de los ojos de la niña con notable disgusto. Utilizando la voz en off de ésta para dar verdadero sentido a la narración, la directora compensa la introversión del relato haciendo que Stella sea un verdadero volcán de persona, y ubicando a la niña en unas coordenadas muy concretas –el París de los años setenta- gracias a un apropiado y expresivo uso de la música y el vestuario. Verheide también incita al espectador a tomar partido en los aspectos menos entrañables de la historia (la relación de Stella con sus padres) pero sin convertir el asunto en un vulgar melodrama.

Gracias toda esta gama de recursos cinematográficos, Verheide consigue que el espectador adulto vea el mundo a través de los ojos de Stella. Y a pesar de todo ese verismo, la película nunca llega a alejarse del todo de los parámetros de un relato convencional. En definitiva, la vocación naturalista de la directora y guionista nunca se traduce en frialdad emocional. El espectador realmente capta el vértigo del final de la niñez, se hace cómplice de su soledad, sonríe con la impertinencia de Stella, y también lamenta sus errores. Verheide nos hace admirar sus virtudes a contracorriente y hace comprensibles sus defectos, dejando al final un resquicio a la esperanza sin caer en fatalismos gratuitos.

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