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'Acero Puro'

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Llaman la atención los nombres que se suceden en los títulos de crédito de Acero Puro, empezando por los de Robert Zemeckis y Steven Spielberg, y siguiendo por el de Richard Matheson, autor de Soy Leyenda y en cuyo relato corto Steel se basa –lejanamente– la película. El responsable directo de la cinta es, sin embargo, Shawn Levy, realizador más o menos experto en espectáculos familiares después de Noche en el Museo y su secuela, pero sobre todo, en complacer a los ejecutivos de las major que patrocinan sus películas.

Y es que Acero Puro parece una de esas películas producto de un brainstorming en los despachos de Disney. En ella pervive ese toque dramático del cine Amblin de los ochenta debido a los mismos Spielberg y Zemeckis, que en esta ocasión se limitan a la producción ejecutiva. No obstante, el filme de Levy añade a la fórmula algunas gotas de ciencia ficción más severa (al estilo Inteligencia Artificial) y, sobre todo, un aspecto visual más musculoso que la aproxima a otros shows como la reciente ‘Transformers’, gracias más a la colorista fotografía del italiano Mauro Fiore que a la labor del realizador.

No obstante, y a pesar de semejante mejunje, hay en Acero Puro una influencia directa y todavía menos purista que muchos han olvidado mencionar. ¿Se acuerdan de Yo, el halcón, aquella olvidada road-movie deportiva de Stallone y la extinta Cannon, con un camionero tratando de recuperar su dignidad personal, y a su hijo, en un sudoroso concurso de pulsos?..

Pues bien: lo cierto es que Acero puro saca partido de todas ellas, al menos el suficiente para reconocer el esfuerzo de sus responsables. La película pulsa todos los botones del melodrama deportivo más clásico, y se articula con honestidad en torno a una relación paternofilial que es, en realidad, el meollo del asunto. En este sentido, la apuesta se beneficia de la presencia de un estupendo Hugh Jackman que reivindica, una vez más, su status de verdadera estrella cinematográfica, y que sostiene la función sin perder protagonismo entre los efectos especiales, sin duda el otro bastión de la cinta.

Película tan blanca como ruidosa, Acero puro tiene la misma virtud que el robot sparring que la protagoniza. Empieza mal, pero insiste y espera hasta que da lo mejor de sí en su segunda mitad, aguantando y ablandando, aunque no venciendo, nuestra resistencia. Sin ser nada del otro mundo, sin seducir al personal o tampoco bañarlo en lágrimas de emoción (Levy no es, ni mucho menos, Spielberg o Zemeckis), la película consigue compaginar bien semejante cúmulo en un filme apto para todos los públicos.

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