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Juan Manuel González

'Indomable (Haywire)'

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Con Indomable (Haywire) el director norteamericano Steven Soderbergh trata de abordar el cine de acción desde una nueva perspectiva. Y si revisamos la trayectoria del realizador responsable de Sexo, mentiras y cintas de vídeo, considerada la primera cinta del moderno cine independiente norteamericano, o de la exitosa trilogía de Ocean’s Eleven, podemos imaginarnos lo que esto significa.

El estilo visual y narrativo de Soderbergh, siempre depurado y frío, áspero pero sofisticado, proporciona a Indomable (Haywire) un aspecto ciertamente diferente al que realizadores como Paul Greengrass, responsable de las dos últimas películas de la saga Bourne (de las que bebe, y mucho, Indomable), o incluso el siempre denostado pero tremendamente influyente Michael Bay, hubieran proporcionado a la historia de Mallory Kane, una asesina a sueldo traicionada por sus empleadores.

Lo cierto es que el sucinto guión de Lem Dobbs podría resumirse en apenas unas líneas. En este sentido, Indomable (Haywire) no dista demasiado de cualquier producto protagonizado por Jean Claude Van Damme en la década de los noventa, las producciones actuales de EuropaCorp de Luc Besson, o incluso, de la aparente sencillez de la serie de películas protagonizadas por Matt Damon. Soderbergh aplica, eso sí, un particular estilo visual a las escenas de acción que proporciona a Indomable (Haywire) sus mejores momentos, su nota de autor característica.

Los ángulos de cámara, la ausencia de movimientos innecesarios, y un montaje calmado y sin demasiados cortes, retratan con limpieza cada golpe y cada movimiento de los contendientes. Soderbergh parece rechazar el artificio del género y despoja al mismo de sus elementos más pirotécnicos, aplicando una sensibilidad casi chill out tanto a la acción como a los interludios dramáticos, dejando que un extenso plantel de estrellas decoren la cinta en papeles secundarios, en lo que ya es uno de sus rasgos de autor característicos. Soderbergh, quien también ejerce de director de fotografía (bajo el pseudónimo de Peter Andrews), posee un innegable y a menudo magistral olfato visual, y en Indomable muestra también una espléndida faceta de núcleos urbanos europeos y estadounidenses en los que se desarrolla la acción, algo que acaba resultando la razón de ser de la película.

Y digo razón de ser porque el problema de Indomable es que la sofisticada aspereza de Soderbergh, ésa que ayudó a convertir a la reciente Contagio, o la anterior Traffic, en dos buenas películas, aquí se transforma en puro y duro desinterés. El realizador de Erin Brockovich nunca busca generar intriga o inquietud (salvo en un excelente plano secuencia previo a la persecución de Dublín), y tampoco pretende en ningún momento que el espectador comparta las motivaciones de su protagonista, interpretada por la especialista en artes marciales Gina Carano, cuyos recursos como actriz se limitan recitar sus diálogos en un tono entre entre sexual y amenazante.

Todo ello, y el tono distante que le imprime el realizador, provoca que la odisea de venganza de la protagonista, que va liquidando sin demasiado esfuerzo a la mitad de estrellas que decoran el reparto de la cinta (destacando, por cierto, la labor de Antonio Banderas), carezca absolutamente de tensión y de dramatismo. Indomable (Haywire) sólo puede ser el último grito en cine de acción para todos aquellos que jamás han amado el género, que lo consideran menor por naturaleza y que sólo pueden hacerlo detrás de coartadas intelectuales. Eso no es sofisticación. Se llama displicencia.

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