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En un radical cambio de género y estilo, el realizador y guionista independiente Kevin Smith se renueva con un thriller altamente irregular e inverosímil, pero con algunas claves de enorme interés. El artífice de las muy valoradas y malhabladas Clerks o Persiguiendo a Amy, que contribuyeron a airear el panorama del cine norteamericano a lo largo de los noventa, había caído en una evidente decadencia una vez la maquinaria hollywoodiense intentó absorberlo, sin éxito, en memeces como La chica de Jersey o Vaya par de polis. Smith, tras languidecer de nuevo en la esfera indie, debió entender, con razón, que era necesario renovarse o morir, y sin duda eligió lo primero.

Red State supone por ello su salto de la comedia al thriller, un largometraje sorprendente en el currículum de su director y también por su salvaje naturaleza social. Smith utiliza algunas de las claves del cine de terror, variante torture-porn, y también del thriller, todo ello sin renunciar a algunas de sus habituales obsesiones sexuales y religiosas, para realizar una crítica salvaje de las sectas religiosas y fundamentalistas, entendidas como una violenta forma de terrorismo doméstico. El resultado es un arma arrojadiza como pocas veces se ha visto, una película con una vocación política y social casi inédita en el cine americano reciente.

Red State comienza como un clásico filme de terror adolescente para deslizarse después por la senda de un horror moral, ideológico y de plena actualidad. Tres jóvenes amigos contactan por internet con una mujer madura en busca de sexo. De modo que se lanzan a la carretera a la búsqueda de un fin de semana excitante... que naturalmente se tuerce una vez éstos caen en los dominios de Abin Cooper (Michael Parks), un predicador fundamentalista que centra su odio en los homosexuales y los soldados. Pero tan infernal como su captura y tortura serán las consecuencias de la llegada de las autoridades. El agente Keenan (John Goodman) encargado del caso, tendrá que lidiar con la secta y con sus propios mandos. Y en el medio, siguen estando los muchachos...

Decíamos que Red State es un filme sorprendente en la trayectoria de su realizador. Otra cosa es que Smith acierte de pleno con ella. La película pierde credibilidad a pasos forzados, y tanto vitriolo perjudica la integridad de una cinta afectada de algunos histrionismos y excesos sin pulir. Smith da algunos bandazos inexplicables, y existe una cierta indefinición a la hora de perfilar el argumento y los giros violentos del mismo, algo que perjudica seriamente a los personajes, por mucho que el realizador cuente con extraordinarias actuaciones de John Goodman y Michael Parks. Smith, en definitiva, va tan a saco que se olvida de darle una mínima entidad a algunos de sus axiomas, haciendo que la película se deslice peligrosamente hacia lo grotesco.

No obstante, resulta imposible obviar el cambio de registro visual de Smith. La puesta en escena de Red State tiene fibra, nervio y mucho ritmo, y tiene algunas secuencias extraordinarias. La larga sección organizada en torno a la misa del pastor, en la que la tensión crece hasta culminar de forma sangrienta; el intento de huida de uno de los desafortunados protagonistas en la casa del reverendo (de lo mejor visto por un servidor en un puñado de meses), y muchos episodios del tiroteo posterior, resultan simplemente extraordinarios, y más aún viniendo de un realizador que nunca ha destacado por su habilidad en la puesta en escena. En ellos Smith saca un estupendo provecho del limitadísimo presupuesto y acopla perfectamente su habitual habilidad para los diálogos con la plasmación de la pura y dura acción. Red State es un filme de ideas tan irregular como interesante.

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