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'Lo imposible'

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A lo largo del visionado de Lo imposible, el nuevo filme de Juan Antonio Bayona, dos nombres saltan con insistencia al pensamiento. El primero es, naturalmente, el del propio realizador barcelonés, que después del éxito internacional de El Orfanato convirtió en algo personal la realización de una película sobre el tsunami de Tailandia. Bayona, como se habrán hartado de leer o escuchar, aborda aquí sin titubeos una producción enteramente española pero a una escala inaudita, casi norteamericana, gracias a un abultado presupuesto de 30 millones de euros obtenido de diversas fuentes (en EEUU el estudio Summit, el mismo de Crepúsculo, se encargará de su distribución masiva). El segundo de esos nombres a los que me refería, sin lugar a dudas ni exageraciones -y mejor que no lean esto si quieren ser sorprendidos-, es el del director norteamericano Steven Spielberg, en una decisión artística por parte del director español que sin duda va a servir a muchos para menospreciar su trabajo (allá ellos).

En efecto, Spielberg no tiene absolutamente nada que ver, al menos directamente, con la película de Bayona. Pero a lo largo del metraje de Lo imposible, el recuerdo de El Imperio del Sol, La lista de Schindler, E.T. o incluso Tiburón, así como el de media docena o más de títulos del género de catástrofes, se sucede de manera constante. Como en casi todo ese infravalorado género, Bayona presenta la acción en un cuarto de hora inicial lleno de suspense y malos augurios, y luego, tras una escena traumática (y excelente), narra la odisea por la supervivencia de un reducido grupo de protagonistas. A partir de esto, y tal y como hubiera hecho el realizador de Ohio, la tensión emocional se mantiene a lo largo de un metraje repleto de trampas sentimentales, pero en la que cada secuencia y cada momento resulta trascendente, necesario… y, pese a la naturaleza de los hechos, honesto.

Lo imposible narra la lucha de una familia de vacaciones en la costa de Tailandia durante el tsunami de finales de 2004, fenómeno que causó la muerte de miles de personas y que conmovió y movilizó a todo el planeta. En medio de la devastación, los supervivientes al maremoto tendrán que hacer lo posible y lo imposible por sobrevivir sin saber si el resto de miembros de la familia están vivos. Y todo ello, naturalmente, en el peor de los escenarios imaginables, sin apenas atención médica y con el peligro esperando en cada esquina.

Lo imposible es, sin duda, un gran paso adelante respecto al debut de Bayona en el largometraje, El Orfanato, ya desde la publicitada escala de la producción (casi imposible para el cine español, abultada en el cine europeo… y no se engañen: ajustada y hasta reducida para el norteamericano). No obstante, la aproximación de Bayona al género de catástrofes resulta, en realidad, la misma que tuvo con el terror en su anterior largometraje. De nuevo, la mirada del realizador es más propia de un drama familiar, privilegiando la exposición de los sentimientos de unos personajes aislados en sí mismos, que de una cinta de acción y suspense. No obstante, y a diferencia de aquella, Lo imposible nunca da la impresión de perderse entre guiños o, simplemente, dedicar sus energías a hacer un cine referencial pero bajo una manipuladora perspectiva dramática.

La estupenda paradoja de Lo imposible es que, pese a lo relativamente escueto de su premisa y desarrollo, de su discutible cambio de perspectiva y protagonismo, Bayona logra cuadrar el círculo gracias al excelente dominio de la planificación y el ritmo, una virtud que consigue que el suspense no decaiga en ningún momento del largometraje. Es más, Bayona logra un incuestionable equilibrio entre el respeto a unos hechos reales todavía recientes (y a sus víctimas) y el ofrecer al espectador cinematográfico la adecuada perspectiva en scope, épica y emotiva, necesaria en un proyecto de semejante envergadura.

Lo imposible, pese a algún evidente problema estructural, logra recuperarse e imponerse de sus lacras e imperfecciones de una manera casi tan sorprendente como los hechos que afectan a los protagonistas. En efecto, pasada la hora de película, Bayona cambia de tercio y personajes (y no diremos cómo, aunque tampoco es una verdadera sorpresa) en una suerte de reinicio que, en manos de cualquier otro realizador, hubiera resultado casi tan devastador para la película como el maremoto de sus imágenes. La cinta salta del punto de vista de María (Naomi Watts) al de Lucas (un extraordinario Tom Holland, en el mejor segmento del filme: atención a cuando ejerce de mensajero en el hospital) y finalmente al de Henry (un correcto Ewan McGregor), para luego volver al inicio, finiquitando con ello gran parte del suspense y horadando la identificación del espectador con los personajes. No obstante, la habilidad de Bayona para el espectáculo (si la cinta ha costado 30 millones, desde luego lucen como el doble), para hacer que cada momento valga, y su convicción a la hora de abrazar sin cortapisas un espectáculo sentimental, manipulador pero despojado de todo cinismo, resulta simplemente sorprendente, y para un servidor, bastante emocionante. No me extiendo más: Lo imposible es, pese a todo, estupenda.

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