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Fin, el debut en el cine de Jorge Torregrossa, es uno de los títulos españoles punteros de 2012, un año que sólo puede ser calificado como privilegiado para el cine patrio al menos en lo que a resultados de taquilla se refiere. A los extraordinarios rendimientos de Lo imposible y Tadeo Jones (sólo entre las dos la no-industria del país lleva amasados sesenta millones de euros) deberían añadirse los de la película protagonizada por, entre otros, Maribel Verdú, Clara Lago y el modelo Andrés Velencoso, en su más que aceptable debut en el largometraje: un ambicioso ya la vez intimista relato apocalíptico narrado en clave dramática, que empieza como Reencuentro de Lawrence Kasdan (o como El cazador de sueños, también de aquel director) y acaba... bueno, tampoco es muy difícil de adivinar.

Pese al poco habitual componente de ciencia ficción del relato, al menos en el cine español, los referentes del guión de Guerricaechevarría (El día de la bestia, Celda 211) y Sergio García Sánchez (Lo imposible, El orfanato) tampoco son tan insólitos. En El incidente, el vilipendiado Shyamalan ya detonó su Armageddon particular mediante una excusa tan coyuntural en su apuesta ecológica como depurada a nivel narrativo, debido a la naturaleza invisible de la amenaza, algo que le llevó a ser literalmente abrasado por la crítica norteamericana, a la vez que masajeado por parte de la europea. Algo así ocurre con Fin, un filme recomendable pero que a la vez deja un poso de profunda insatisfacción en el espectador.

Fin comienza con la reunión un grupo de amigos durante un asfixiante fin de semana de verano. Una quedada en la que la sombra de turbios eventos del pasado no tarda en asomar, y en la que pronto se manifiesta la dificultad de recuperar los vínculos del pasado de los ahora relativamente maduros treintañeros. No obstante, y de manera inesperada, todo el cielo nocturno parece encenderse durante un instante: un extraño y siniestro incidente que altera sus planes y les deja aislados en la montaña. Tras una serie de eventos y discusiones, el grupo decide salir en busca de ayuda y respuestas, aunque muy probablemente no les guste nada lo que se encuentren por el camino.

La apuesta del filme de Torregrossa reside en el retrato de personajes, en el drama intimista de unos condenados aislados en sí mismos, un soporte que –sin embargo- debería verse amplificado una vez se suceden los acontecimientos y el suspense. La semilla (trágica) de Fin necesitaba de algo más de madera argumental para rematar el invento. No hablamos de despliegue de efectos visuales, ni de un climax de acción poderoso: si algo tiene la película de Torregrossa son precisamente imágenes estimulantes, como esa estampida de cabras en los Pirineos, o ese león en el embarcadero, y –sobre todo- ese trascendental y excelente instante en el que la sombra de una niña se proyecta sobre el personaje de Maribel Verdú.

Pero al guión de Guerricaechevarría y García Sánchez le acaba perjudicando su abstracción, ese minimalismo que tan bien funciona a lo largo del largometraje: falta una excusa más allá de la sutil (pero obvia) simbología bíblica, y se echa de menos un cierre menos ambiguo en una película que pese a huir de los códigos del cine de catástrofes más puro, al fin y al cabo se adscribe a los de cierta clase de slasher existencialista y afligido (su versión pirotécnica ya existe, por mucho que pueda molestar a sus creadores, y ahí están las barrabasadas de la saga Destino Final para demostrarlo). En definitiva, que para decirnos que nos vamos al guano hacía falta más madera. De todas formas, Fin es una muestra clave de las posibilidades reales de la nueva generación de cineastas españoles, y aquí no hablo de capital sino de pura materia prima. Esperemos que alguien, aunque sea el profeta de la película, tome adecuada nota y nos guíe, que falta nos hace.

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