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Juan Manuel González

'Una bala en la cabeza'

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Los protagonistas de Una bala en la cabeza, dos colegas a la fuerza y en distintos lados de la ley, desarman una trama de corrupción política que afecta a todos los estamentos de Nueva Orleans. Y lo hacen por la vía rápida, a balazos, navajazos y puñetazos. Una aparente apología de la violencia que, parece decirnos su director Walter Hill, resulta más humana e inmediata que la peste de corruptelas políticas de los que mueven los hilos, y que es retratada por su director de manera directa, pirotécnica y hasta divertida, en fondo y forma. Es decir, lo que era un thriller de acción de los años ochenta sin más vuelta de hoja.

"No te fíes de un hombre que no se puede comprar", asegura el villano de la cinta en varias ocasiones, una aserción que el propio Hill parece secundar, y lamentar. Por encima de sus diálogos obvios pero resultones, Una bala en la cabeza avanza en base a un mecanismo simple como un chupete pero de una sinceridad sin dobleces. En su apología de la testosterona más resolutiva, de la camaradería masculina y su mezcla ochentera de noir y buddy movie, la película de Walter Hill no es tan reaccionaria y descerebrada como realmente indisciplinada. Un actioner vetusto que se ríe de todos pero primero que nada de sí mismo, de su carácter obsoleto y simple, sin tratar de engañar al espectador con juegos metalingüísticos.

Walter Hill, uno de los facturadores por excelencia de policiacos de acción de los ochenta (Límite: 48 horas, Danko: Calor Rojo), y director prematuramente enterrado por la industria tras un comienzo prometedor, hace gala en Una bala en la cabeza de ese mismo carácter rebelde y clásico que le llevó a ser menospreciado tanto por los intelectuales y cinéfilos que aplaudieron sus comienzos (The Warriors, Driver), como por un Hollywood que después se decepcionó con el rendimiento en taquilla de sus películas. Una bala en la cabeza, adaptación del comic francés homónimo de Alexis Nolent, parecer heredar algo de ese desencanto. La película es una buddy movie repleta de violencia gratuíta sin más aderezo que la gracia y laconismo de sus dos protagonistas, un Stallone perfecto en el papel y el soso actor oriental Sung Kang (sustituyendo al inicialmente previsto Thomas Jane, que sin duda hubiera elevado la película). Pero precisamente en esa simplicidad reside la postura de su realizador y cierto espíritu de western insurrecto.

El juego irónico de Una bala en la cabeza no está en reflexionar sobre la metafísica de los géneros (su intrincada trama de nombres se sigue con claridad diáfana), sino en la causticidad e insurgencia exhibida por sus personajes: con Hill incluso la ironía está a flor de piel, ya sea en los socarrones diálogos de sus protagonistas y sus lacónicas respuestas, que no en el fondo, en el juego de referencias o la sucesión de homenajes. Al contrario, Una bala en la cabeza es un actioner de los ochenta sin actualización alguna. Un sicario de la mafia (Stallone) haciendo justicia pero motivado por su afán de venganza (no es de extrañar que el actor quiera interpretar el papel de Coronado en un remake de No habrá paz para los malvados); un policía oriental asociándose sin pestañear con éste para dar caza a otros criminales peores. Hill obvia todo dilema ético y desenreda la historia en toda su pureza, sin tomar distancia, lo que da lugar a un pequeño espectáculo de noventa minutos mucho más humano en su sucesión de golpes, navajazos y peleas que bastantes de los blockbusters actuales. En un momento del largometraje, el brutal maníaco Keegan (Jason Momoa), el gran villano de la cinta, alaba la heroicidad de unos bomberos defendiendo una propiedad ahora dispuesta para montar un nuevo centro comercial, sólo para obtener una réplica chistosa del personaje de Stallone... En Una bala en la cabeza todo es simple y la violencia es estilo, pero la moralidad e integridad que se desprende de ella, por encima de su abierta apología del enfrentamiento físico (esto es una película, señores), reside su significado, su humanidad y su anhelo de tiempos más simples y quizá mejores.

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