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Juan Manuel González

Crítica: 'Expediente Warren. The Conjuring'

James Wan se confirma como el mejor realizador de terror de Hollywood con The Conjuring, filme de casas encantadas que da genuino miedo.

Juan Manuel González
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Hace dos años se estrenó en España Insidious, un atmosférico filme de terror que, con un exiguo presupuesto de un millón de dólares, recaudó unos excelentes cien a nivel mundial. Una jugada perfecta que demostró que había vida en el género... al menos, para todos aquellos que encontramos el falso realismo de Paranormal Activity, así como el sadismo gore de la saga Saw como, digámoslo claro, un fraude para el espectador deseoso de pasar miedo... pero de pasarlo viendo una película. Al menos, una de verdad.

Si Insidious era una cinta de casas encantadas contada dentro de una de posesiones, la historia planteada por Expediente Warren es justo lo mismo... pero a la vez lo contrario. El director de ambas es James Wan, joven realizador que saltó a la fama con -paradoja- la primera entrega de Saw (y que no tuvo absolutamente nada que ver con las secuelas, que aumentaron el gore y disminuyeron la neurona) y que demuestra aquí ser un verdadero admirador de cintas como La Profecía, Amityville, Poltergeist y hasta El exorcista de Friedkin.

Porque las cosas están así: en un año en el que el terror no ha brillado excesivamente, salvo por un título correcto como Mamá y por la sangrienta (pero artesanal) Evil Dead, la presente se erige con facilidad como el mejor del año. Un retorno al cine de terror tradicional, dependiente de los sustos y los golpes de efecto, pero también de la historia y de las actuaciones de todo su reparto. Y sobre todo, del despliegue de una serie de recursos puramente cinematográficos, y por ello ejemplares, que confirman a James Wan no como una joven promesa, sino como uno de los grandes realizadores de género operando ya en la actualidad.

El argumento, a todas luces convencional (joven familia se establece en casa encantada-y llama a una pareja de especialistas en lo sobrenatural) es una simple excusa para recuperar el cine de terror de las décadas de los setenta y ochenta. Pero la película no se estanca en el guiño referencial, en el revival carnavalesco, sino que va al núcleo duro de la cuestión. Dar miedo. Entretener. El elegante trabajo de cámara de Wan y su operador, a quienes no les duelen prendas en utilizar el zoom o incluso el travelling compensado, pero con sentido práctico y no a modo de broma; su uso del panorámico y la profundidad de campo (constante) y el magistral trabajo de sonido (atención al silencio que se hace cuando Lorraine, una excelente Vera Farmiga, percibe una amenaza en el espejo)... van destinados a crear una inquietud creciente, en la que lo extraño se introduce gradualmente en un contexto cotidiano.

Pero Wan demuestra ser también un realizador capaz de presentar diferentes texturas dramáticas en pantalla, aspecto en el que toma el relevo un reparto excelente. La presencia verdaderamente reconfortante de los Warren, interpretados con convicción por Patrick Wilson y Vera Farmiga (y cuyas escenas juntos desprenden genuino amor); el temor de Carolyn Perron (Lili Taylor) por la integridad de sus hijas, así como la relación entre ambos matrimonios (ver la escena del desayuno, encantadora) queda perfectamente reflejada en pantalla. Todo ello contribuye a elevar la película por encima de la consabida ración de tópicos, que de todas formas el fan del género y hasta el espectador casual podrán recibir con satisfacción.

The Conjuring, aparte de ser un gran filme de terror, y para quien esto escribe de las mejores experiencias del año en un cine, demuestra al menos una cosa más. Y no, no me refiero a lo bien que evoluciona su director, que por cierto se encargará de la próxima entrega de Fast & Furious (menudo cambio), y que aquí realiza su trabajo más maduro y compacto. Pienso en ese cine que podríamos catalogar como de serie B, al que muchos niegan todavía aspiraciones intelectuales, y que sin embargo sigue siendo necesario no sólo dentro del panorama de macro espectáculos de efectos visuales, sino como un perfecto revulsivo para competir contra la pujante ficción televisiva... para todo aquel, claro, que esté todavía dispuesto a pasarse por el cine a pasar un buen mal rato.

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