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Crítica: 'Gravity', de Alfonso Cuarón

Pese al chiste malo del titular, lo cierto es que Alfonso Cuarón presenta en Gravity un thriller espacial con una puesta en escena sin parangón.

Juan Manuel González
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Expectación es poco a la hora de definir el bombo organizado en torno a Gravity, sobre todo a raíz de la salida de sus espectaculares tráilers. Y una vez vista, tampoco extraña: estamos ante uno de los lanzamientos estrella de la temporada otoñal y, desde luego, un blockbuster a contracorriente. Su director es el mexicano Alfonso Cuarón, que firmó en Estados Unidos la mejor de las entregas de la saga Harry Potter y la monumental Hijos de los hombres, película que se hizo famosa por la crudeza de su exposición y sus excelentes planos secuencia. Dos rasgos que se repiten en Gravity, un thriller (no exactamente de ciencia ficción, pese a que se desarrolle en el espacio) que no llega a cumplir las expectativas generadas pero que contiene un trabajo descomunal de puesta en escena (además de dos interpretaciones meritorias) que consiguen incluso restituir sus deficiencias y subrayados, que los tiene, como si fueran casi verdaderas virtudes.

Como todos esperábamos, Gravity es una película que destaca por el vértigo y la angustia que provocan sus secuencias de acción, que simplemente jamás han sido vistas o siquiera concebidas como tal en una pantalla de cine. Pero también, y esto es la sorpresa, se esfuerza en impactar emocionalmente -o más bien sentimentalmente- de una manera que le es ajena al thriller reciente. Porque, digámoslo desde el principio, el telegráfico guión de la película, escrito por el propio director junto a su hijo Jonás, se reduce a un par de sucesos o tres y a un único conflicto emocional que, eso sí, en manos del mexicano y una actriz tan solvente como Sandra Bullock se amplifica hasta lograr un notable impacto, erigiéndose como el verdadero corazón de la película por encima de toda la pirotecnia digital y hasta de la hazaña que supone sostener todo el tinglado como un ejercicio de narrativa minimalista.

Gravity destaca por eso mismo, por el trabajo de un director que parece haberse tomado la película como un verdadero desafío para los sentidos y su propia pericia. Ni que decir tiene que Cuarón sale triunfante: en Gravity existe un uso del sonido (o más bien de su ausencia), las tres dimensiones, los puntos de vista y sí, el plano secuencia, que sólo puede ser calificado como fuera de serie. No todo es ostentación visual en la película, y el mexicano sabe compensar el factor exhbición con otros más recursos más sencillos y minimalistas que equilibran toda esa pompa y apoyan el espectáculo digital. El uso de los reflejos para crear una noción de espacio en una película desarrollada en el vacío (ese momento en el que Kowalski mira a la doctora Stone a través de un espejo de su traje), la épica música de Steven Price... Todos, unos y otros, me parecen irreprochables, y delatan un entendimiento del medio simplemente superior a la media. Gravity no intenta en ningún momento reivindicarse a sí misma a través de sus diálogos, de la construcción de personajes o de un guión sustancioso. Tampoco es un videojuego, aunque en algunos momentos lo parezca. La película entiende desde el primer momento que su efecto es emocional, visceral y primitivo, y se dedica a explorar esa vía (cinematográfica como la que más) en tiempos de crisis de la gran pantalla, al menos en lo que a entretenimiento adulto se refiere.

Cuarón, en definitiva, sabe disfrazar la escasez de materia prima como si fuera un ejercicio de economía narrativa, utilizando esa parquedad para encontrar eso tan y extraño y relativo como es la poesía visual. El director recurre a simbologías universales y al heroísmo más místico para su epopeya digital, por mucho que en ocasiones se pase subrayando, como en las últimas secuencias del filme (que no puedo comentar si no quieren un buen espoiler). Pero el efecto redencionista de la cinta no tiene parangón. Gravity es un prodigio técnico que, paradójicamente, busca la emoción a toda costa, y que exige ser valorada en esos términos. En ambos, supera el examen y, aunque nos pese un poco, señala al arte cinematográfico un camino que se empieza a antojar como irreversible y necesario.

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