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Crítica: 'Thor. El Mundo Oscuro' de Marvel

El dios nórdico de Marvel Comics regresa en una película más vistosa pero también algo más mecánica.

Juan Manuel González
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De todas las adaptaciones Marvel, al menos desde la refundación de la Casa de las Ideas como estudio cinematográfico, un servidor siempre ha tenido predilección por Thor de Kenneth Branagh. Aún respetando las necesidades de una franquicia que además viene sometida a otras (la creación de un universo cinematográfico que se coordinase entre sí de manera similar al de las colecciones de cómics), el británico logró crear un espectáculo cómico bastante ágil, potenciando hasta el límite la utilería shakesperiana que al bardo le era tan familiar pero sin necesidad de inventar nada: al fin y al cabo, el discurso isabelino también era inherente al cómic ("eres Shakespeare del malo", le espetaba el propio Iron Man en aquella bicoca que fue Los Vengadores).

Esa misma filosofía sigue Thor: el mundo oscuro, pero con una creciente y angustiosa impersonalidad. La película es ágil, divertida y hasta se reserva un par de giros, aumentando además la escala de la película anterior. Pero en conjunto no da la impresión de ampliar la mitología Marvel más allá del mínimo estipulado. Es más, como el filme más breve del estudio en años (apenas 100 minutos, al igual que en la aventura Bond Quantum of Solace) el resultado es, como en aquel 007, una película de ritmo tan constante que en ocasiones incluso apisona algunos de los acontecimientos del relato. Thor: el Mundo Oscuro, que no está dirigida por Branagh sino por Alan Taylor, es más violenta y oscura que la película anterior, y en ella -sin revelar nada- incluso desaparece alguno de los personajes principales, pero el tono resulta más uniforme y vulgar, quizá falto de ese cariño y amor que resulta imprescindible incluso en un blockbuster. Da la impresión de que Marvel ha conectado aquí cierta clase de piloto automático.

De todas formas, y a diferencia de filmes verdaderamente fallidos del estudio como Iron Man 2 o Capitán América, la sangre esta vez no llega al río. Dejamos atrás la intriga cortesana y el conflicto psicológico, pero la deliciosa dimensión fantástica de una apañada colección Marvel se conserva. Thor: El Mundo Oscuro es lo bastante clara, chula y graciosa como para hacerse con el favor del público, y pese a esos fallos de estilo, siempre camina hacia delante. Taylor coordina bien el aumento de fanfarria digital, añade la necesaria dosis de destrozos urbanos, y tiene la inteligencia de conceder, de nuevo, un especial protagonismo a un casting de secundarios que sigue funcionando a las mil maravillas: suerte de Tom Hiddleston, haciéndose de nuevo con el control de la película, pero incluyan también a Stellan Skarsgard y Kat Dennings en la lista: a ambos les toca el difícil papel de ser un alivio cómico similar a la aproximación de Richard Lester a Superman. Y lo resuelven. El gran handicap de este segundo Thor es, probablemente, un villano subdesarrollado y sin verdadero interés: el Malekith de Christopher Eccleston -y no es culpa del actor o el guión, sino de esa inclemente poda en el montaje- parece más un esbozo que un dibujo, y de hecho, provoca que la psicología del propio héroe se emborrone en la misma medida, aplacando su épica y verdadera gravedad. De todas formas, y a tenor de la recepción que está teniendo el filme, me pregunto si todo esto son cosas mías: Thor: El Mundo Oscuro es, en todo caso, un buen entretenimiento.

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