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Crítica: 'Lluvia de albóndigas 2'

La secuela de animación de Lluvia de albóndigas se las arregla para, más o menos, mantener el entretenimiento de la anterior.

Juan Manuel González
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Llega la Navidad y con ella la invasión de filmes animados o de temática familiar. Tanto Lluvia de Albóndigas 2, secuela del éxito inesperado del 2009, como Futbolín, la incursión en el género del realizador Juan José Campanella, no se salen del guión establecido en este tipo de producciones, pero ambas se las arreglan para proporcionar entretenimiento a raudales a su público potencial, que no es precisamente escaso.

Resulta interesante echar un vistazo al reparto de voces de la versión original de Lluvia de albóndigas 2. La presencia de cómicos en su versión original como Bill Hader, Anna Faris, Andy Samberg o Neil Patrick Harris (no me pregunten por el doblaje español o, aún peor, su adaptación libre y moñas, que evito si hay ocasión) evidencia la condición de slapstick, de apología del puro humor físico fuera de todo sentimentalismo de la principal franquicia animada de Sony.

La primera entrega, una adaptación del cuento de Judi y Jon Barret, en su momento se alzó todo un sleeper (éxito sorpresa) dentro de un panorama animado dominado por Dreamworks y Pixar... y probablemente en uno de los placeres culpables de aquel año para quien esto escribe, gracias sobre todo a la partitura de Mark Mothersbaugh y su desopilante mezcla de géneros, capaz de tender un puente ente la ciencia ficción más modesta y los modos y maneras del moderno blockbuster.

Lluvia de albóndigas 2 no se sale de la norma del género, no hay sorpresa alguna en toda la proyección, pero la película sí que consigue continuar la brecha del éxito anterior. Concebida esta vez como homenaje a muestras básicas del género de aventuras como King Kong o El Mundo Perdido, la película pierde en su evidente condición de homenaje cinéfilo algo de la carga malévola y cinéfila del original, un imposible remix concebido a modo de cartoon y cuento infantil sin limitaciones, así como de su eficacia y emoción.

Pero el ritmo rapídisimo de los gags, la constante sucesión de criaturas y la simpatía de sus caracteres compensan la pérdida y consiguen incluso reproducir, más o menos, la experiencia original. Los directores Cody Cameron y Kris Pearn, sustituyendo a Chris Lord y Phil Miller (dos niños malos autores de la desopilante Infiltrados en clase y, próximamente, de otra apuesta animada: La Lego Película), consiguen sortear los riesgos de la secuela directa a vídeo de la que proceden. La pareja, de hecho, añade ciertas gotas de sátira sutil a costa de cierta compañía que se representa con una manzana mordida, e incluso añade una inversión perversa a la moralina ecologista, sin perder la afabilidad: en Lluvia de albóndigas 2, al fin y al cabo, son los propios científicos los que amenazan un planeta perfectamente capaz de reconstruírse a sí mismo.

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