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El cerdo de mis amores

Da igual que Woody Allen siga haciendo birrias, siempre nos quedarán las buenas. Incluso 'Interiores'.

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Woody Allen | Corbis Images

Cuando el tope intolerable estaba Interiores, Woody Allen era todavía el cerdo de nuestros amores. Aunque se pusiera bergmaniano. Hasta los andares, vaya. O como decía la madre de una amiga cuando algo le gustaba mucho: "Eso me lo como yo en la cabeza de un tiñoso". Y su hija y yo nos escandalizábamos como señoritas de Entre visillos viendo Pink flamingos. Luego ha habido películas como Medianoche en París con las que me han dado ganas de invadir Manhattan y secuestrar a Soon Yi. Invadiría Manhattan con la música de Cole Porter, claro. Esa es otra cosa que hay que agradecer a Woody Allen. Es posible que no nos descubriera nada (como Almodóvar), pero qué buena música. Desde ese ‘Concierto para piano nº 5 de Bach’ en Hannah y sus hermanas, al ‘South America Way’ de Carmen Miranda en Radio Days. O, también en Hannah…, la obertura de ‘Madama Butterfly’ cuando Sam Waterston enseña sus edificios favoritos a Carrie Fisher y Dianne Wiest.

Por sus 80 años también le agradezco las muchas carcajadas. Ese disfraz de espermatozoide en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar. Ese tipo tocando el violonchelo en un pasacalles en Toma el dinero y corre, sentándose en la silla y andando sin darle tiempo a tocar nada. Ese tipo diciéndole a su mujer: "Un desconocido ha defecado encima de mi hermana". Yo con esta escena de Delitos y faltas nunca he podido aguantar la risa. Aunque la vea una y otra vez.

Por supuesto que Woody Allen es un tío raro. Sólo lo queremos por las películas. Por algunas. Por las de antes. Anjelica Huston cuenta en sus memorias que cuando Woody Allen le escribió una carta en octubre de 1989 para proponerle el papel de Dolores (sin decirle ni el nombre de la cinta), aceptó inmediatamente. Como estaba en Nueva York pensó que sería una buena idea ir a ver a Woody Allen y llamó a su despacho: "Tengo entendido que quieres hablar conmigo", le dijo. "Sí, he pensado que quizá, como no nos conocemos y voy a trabajar contigo dentro de unas semanas, tal vez podríamos tomar juntos una copa, un té, lo que sea". "¿Por qué?", preguntó él. Ni que decir que no se encontraron hasta el rodaje.

Últimamente se cita mucho a Woody Allen por Sopa de ganso. Por los líos políticos en Cataluña. Por las cosas que no se le ocurrirían ni a Rufus T. Firefly en Libertonia. Es decir, a Groucho. La película de los hermanos Marx sale cuando en Hanna y sus hermanas el personaje de Woody Allen quiere suicidarse, pero se mete en un cine a ver ‘Sopa de ganso’ y se le quitan las tonterías. Hace la película el mismo efecto reconstituyente del ‘Resistiré’ del Dúo Dinámico en Átame. Pero Woody Allen es muy citable en general. Lo es por la consideración del artista en Balas sobre Broadway. Por la mezcla entre ficción y realidad de La rosa púrpura del Cairo (y por la felicidad y evasión que siempre ha proporcionado el cine). Lo es por la culpa en la monumental Delitos y faltas. Lo es siempre por Zelig.

Dice Woody Allen en Desmontando a Harry que las palabras más bonitas que se le pueden decir a alguien no son "Te quiero" sino "Es benigno". También es bonito "vamos a ver una película vieja de Woody Allen". Y a los actores de antes, no a estas estrellitas de ahora. En el fondo da igual que siga haciendo birrias porque siempre nos quedaran las buenas. Incluso Interiores.

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