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Juan Manuel González

Crítica: 'Deadpool', con Ryan Reynolds

He aquí una película que hace lo que le da la real gana con nosotros. Y nosotros, encantados...

Juan Manuel González
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He aquí una película que hace lo que le da la real gana con nosotros. Y nosotros, encantados...
Imagen de Deadpool | Fox

Los brillantes (falsos) títulos de crédito iniciales de Deadpool, en los que la cámara recorre diversos detalles de una escena de caos y destrucción a ritmo de un tema romántico y "vintage", no engañan a nadie: estamos ante un filme de superhéroes atípico, una de esas películas descaradas que necesitan de la complicidad del espectador para cumplir su cometido, sea cual sea éste.

Pero dados los extraordinarios resultados en taquilla de su fin de semana de estreno, el proyecto soñado de Ryan Reynolds (que ya interpretó brevemente al personaje en la fracasada X-Men Orígenes. Lobezno) desde luego que la tiene. Con un presupuesto que apenas llega a los 60 millones de dólares (por establecerles una comparación con otro filme del mismo estudio: X-Men. Días del Futuro Pasado costó 200), y pese a su calificación "R" (propia de un filme adulto) a Deadpool le ha bastado un fin de semana para acumular mundialmente 316, subiendo a casi cada minuto que pasa. Un absoluto triunfo que anticipa un futuro con muchos menos filmes descafeinados en busca de un público masivo.

Nada de esto quiere decir que Deadpool sea especialmente original, ni mucho menos un filme maduro... pero es que incluso en este terreno Deadpool parece llevarnos la delantera. Tanto Ryan Reynolds, su intérprete, como el director debutante Tim Miller (por no hablar de la espléndida y divertida campaña publicitaria, que no ha dudado en presentar el filme como un romance) parecen ser perfectamente conscientes de la oportunidad sin límites que ofrece el personaje, hasta ahora un segundón dentro del mapa de propiedades de Marvel y, por eso mismo, un lienzo en blanco, un tipo que actúa en los márgenes de lo legal y lo moral y que lleva lo de actuar por libre en su ADN creativo. Creado por el dibujante Rob Liefeld y el guionista Fabian Nicieza a primeros de los 90, el mercenario Wade Wilson se inserta bien en el mundo de las franquicias X-Men, pero ahí acaban sus similitudes con el resto de productos de la saga mutante y todo el cine heroico: en el mundo de Deadpool, tal y como dice uno de los villanos, los superhéroes son más bien superesclavos.

Antes describíamos el plano inicial del largometraje, inserto en una gran secuencia de acción en la autopista que da inicio a una trama in media res. Deadpool retrocede hacia atrás para "picar" los inicios del personaje, evitando (pero a la vez recorriendo: he ahí su enésima broma) todas las consideraciones de un manido relato de orígenes. Es la forma de engañarnos de sus guionistas y el realizador Tim Miller, y sobre todo de alargar de manera hábil y todo lo posible una de las dos únicas grandes secuencias de acción que nos ofrece la película.

Lo que lleva al gran fallo de Deadpool, filme que al final se sostiene sobre un conflicto anecdótico (nadie puede creer las razones que mantienen separada a la pareja) y que no tiene tiempo suficiente, o dinero, para crear unos villanos y un entorno a la altura. El núcleo central del filme, que pasa del primer acto al tercero sin apenas transición, flaquea al definir la crisis en la relación de Wade (un excelente Ryan Reynolds) y Vanessa (Morena Baccarin), su enemistad con el villano Ajax (Ed Skrein) así como a la hora de crear un universo complejo y verdaderamente interesante. La trama, anecdótica, se queda en nada una vez juntamos las piezas del rompecabezas narrativo.

Por suerte, como decíamos arriba, nada de esto parece importar a Deadpool, tanto al personaje (que rompe la cuarta pared siempre que quiere, tutea al público y desplaza la acción adelante o atrás según sus propios intereses) como a la propia película, que disculpa la ausencia de grandes escenas de acción haciendo que su protagonista se olvide la munición en casa... una idea que -y esto es el segundo colmo de la película- funciona de absoluta maravilla. El tratamiento de su convencional trama romántica de chico-enfermo-conoce-chica está tratada con toda la honestidad posible; las relaciones que Wade establece según avanza la -como decimos- limitadísima trama; los detalles y abundantes guiños de la acción (un inciso: el filme contiene el mejor cameo de Stan Lee en la historia de Marvel, y ahí lo dejamos)... Todo en esta película desprende descaro y verdadera comicidad, cuando no un limitado, accesible y precioso espectáculo híper violento que tampoco necesita ser representativo de nada. Y encima deja el postre en la mesa del público: Deadpool contiene, también, más desnudos (sobre todo masculinos) que otro estreno de San Valentín, la esta vez involuntariamente hilarante Cincuenta Sombras de Grey, convirtiendo el clásico montaje de entrenamiento en uno sexual que da sopas con ondas a la citada película.

Pero pese a los evidentes defectos del filme, aquí lo que queda es lo que importa; un entretenimiento de primera que cuestiona y utiliza como quiere los tópicos de masculinidad rampante tras los filmes de acción entregando un show fundamentado, en el mejor trampantojo posible, en una premisa eminentemente romántica. Deadpool no obvia, sin embargo, la ilusión máxima que permiten enfrentar este tipo de fantasías, que afecta tanto a hombres como a mujeres y que no es otra que la de la pura y dura inmortalidad. Mientras vemos los ciento y pocos minutos que dura Deadpool, nos sentimos un poco así, eternos y extremadamente hábiles. Saluden a Wade Wilson, ha venido para quedarse.

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