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Zona catastrófica

Al oír a portavoces del gobierno excusando su incompetencia pienso en las películas que nos prepararon para esto y a las que no hicimos ningún caso.

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Al oír a portavoces del gobierno excusando su incompetencia pienso en las películas que nos prepararon para esto y a las que no hicimos ningún caso.

Del mismo modo que cuando alguien se asombra de los horrores del comunismo y se pregunta cómo pudieron llegar las cosas tan lejos siempre pienso ¿es que no leyó a Dostoyevski?, ahora, ante la plaga del coronavirus que nos ha caído encima y la serie de despropósitos con los que se la combate y, sobre todo, al oír a algunas portavoces de nuestro gobierno excusando su incompetencia porque "había sido improvisado", pienso que eso no es verdad y que las películas de catástrofes y de ciencia ficción nos habían preparado para esto muy bien y no les hicimos ningún caso.

La filmografía, entre grandes películas, películas de la serie B, series y miniseries, es infinita y no hablemos ya de las novelas en las que se han basado muchas de ellas. Algunas, tan importantes como La peste (1947) de Albert Camus, escritor —me lo recordaba el otro día un amigo hablando de esto— que tuvo siempre razón en todo. La crisis a la que se enfrentan los doctores Rieux y Castel, la terquedad del Prefecto de Orán que no quiere cerrar la ciudad ni proclamar la cuarentena para no asustar a la población, los muertos a los que sus seres queridos no pueden enterrar, la lucha por encontrar una vacuna que pueda detener la epidemia, son la misma canción con distinto escenario y menos medios.

Comprendo que pedir a nuestros políticos que lean a Dostoyevski o a Camus es mucho pedir, pero que vean películas de Hollywood, parece más llevadero. Además, que la literatura —y considero el cine un género literario, desde luego un género narrativo— es una de las mejores escuelas de la experiencia que puedan tener los que deban enfrentarse a situaciones extremas o imprevisibles, sobre todo si se repiten de manera recurrente, como son las epidemias y las catástrofes.

Voy a dar un pequeño repaso a dicho género y enumerar algunas de las películas más conocidas para demostrar que nadie se las tomó en serio, como sin duda hubieran debido y como podemos ver, ¡ay! a toro pasado: La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971) La invasión de los ultra cuerpos (Philip Kaufman,1978) con Donald Sutherland, remake de la de Don Siegel; Epidemia; Contagio; El último hombre sobre la tierra; la serie The walking dead... Todas estas películas, y otras aquí no citadas, siguen el mismo esquema: dramática aparición del mal, héroe, generalmente un médico o un científico, que descubre la magnitud de la catástrofe, timorata y tardía reacción de los políticos y responsables de los órganos de gobierno de que se trate. Este esquema es muy habitual también en las películas tipo Tiburón, Godzilla, donde "el virus asesino" es un monstruo. Pero yo ahora me voy a centrar en dos que además he vuelto a ver recientemente: una de hace 70 años, Pánico en las calles (Elia Kazan,1950), y otra relativamente reciente, Contagio (Steven Soderbergh, 2011)

Empezaré por la más cercana a la época en que Camus escribió La peste. Me refiero a Pánico en las calles donde un médico militar (Richard Widmark), encargado del servicio de salud pública y un policía (Paul Douglas) luchan contra la estulticia administrativa —que repiten el error de no querer asustar a la población— para detener la epidemia de peste iniciada en Nueva Orleáns por un barco infestado de ratas. La búsqueda del paciente cero (un inmigrante armenio al que asesinan unos gánsteres), de la gente que pudiera haber estado en contacto con ellos, las deliberaciones de los expertos, contrarios a cualquier medida drástica, nos recuerdan inevitablemente a algo.

Contagio, con Matt Dannon, Kate Winslet, Jude Law Gwyneth Paltrow es más cercana a lo que está sucediendo ahora. Gwyneth Paltrow es una ejecutiva que vuelve de Hong Kong enferma. El enfoque de la pandemia, los científicos que se ocupan de ella, el sacrificio de los sanitarios, el retraso en la toma de medidas, los obstáculos administrativos y espesos, el propio origen del virus son prácticamente un calco de lo que ocurre con el coronavirus de ahora: Estamos también ante una transmisión de contacto, "una persona se toca la cara de una dos o 3 mil veces al día —dice una médico— de 3 a 5 veces cada minuto y entre medias toca de todo: pomos, objetos, comida". El contagio es fulgurante, los síntomas: tos seca y fiebre. Se habilitan macro espacios tipo IFEMA como hospitales de campaña. Se obsesionan con la limpieza. Los bulos y los rumores se extienden por Internet. La mejor prevención es "el distanciamiento social", mantener una distancia de tres metros, no darse la mano, quedarse en casa, lavarse las manos constantemente. Tras 180 días de reclusión forzosa en casa, una niña pregunta a su padre: ¿Cuándo van a inventar una inyección para que no pase el tiempo?

En cuanto al origen del virus (huelga decir que eso sí es mera ficción): una mutación de proteína de murciélago y cerdo. La circunstancia es la siguiente: Un murciélago come un pedazo de plátano, se cuelga boca abajo, como suelen esos curiosos mamíferos, en el techo de una granja de cerdos, cae el pedazo al suelo y se lo come el cerdo. El chef lo compra en un mercado y cuando lo está troceando llega Gwyneth Paltrow a saludarle y le da la mano, todavía sucia de la sangre de cerdo. Así de tonto, así de peligroso.

Cuento todo esto para que entiendan lo importante que habría sido que hubieran visionado recientemente estas películas, incluso que se las hubieran creído, algunos de esos numerosos expertos que, como decía Godoy al Conde de Aranda —no me pregunten a cuento de qué— parece que hablan de cosas de las que nada saben como si hubieran estudiado para no saberlas.

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