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Hernán Cortés, instrumento de Dios

Sin duda, a los conquistadores les embargó la espeluznante sensación de hallarse en una tierra dominada por Satanás. En junio de 1524, desembarcaron en la Nueva España doce misioneros franciscanos

Pedro Fernández Barbadillo
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Los españoles que desembarcaron en las costas del futuro México no eran personas timoratas. La muerte, el sufrimiento y el dolor eran constantes en sus vidas. Pero, tal como sabemos por sus escritos, quedaron horrorizados cuando descubrieron que en cada ciudad indígena había templos donde se sacrificaba a prisioneros. En algunos casos, encontraron los cuerpos mutilados, a los que les faltaban partes porque los sacerdotes, cubiertos por grumos de sangre seca, y los caciques se las habían comido.

Sin duda, a los conquistadores les embargó la espeluznante sensación de hallarse en una tierra dominada por Satanás.

Hernán Cortés en persona visitó el gran teocali y, a pesar de las quejas de los aztecas y de lo que mandaba la simple prudencia, ordenó desmontar los ídolos y lavar las paredes de sangre humana. También dirigió un pequeño sermón a los aztecas que concluyó con estas palabras:

yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre bendita

Semejante decisión la tomó el conquistador cuando él y su pequeña tropa se hallaban en la misma Tenochtitlán, rodeados por un poderoso ejército enemigo que solo esperaba una señal de debilidad para saltar sobre ellos.

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Franciscano tratando a una india enferma, grabado siglo XVI

Tanta importancia daban los españoles del Siglo de Oro a su religión ("única verdadera", como la definió la Constitución de 1812) que Hernán Cortés, en el primer encuentro que tuvo con Moctezuma, le anunció al azteca que "enviará nuestro rey hombres mejores que nosotros". Y Carlos I cumplió.

De rodillas ante los misioneros

En junio de 1524, desembarcaron en la Nueva España doce misioneros franciscanos, escogidos el año anterior por el general de la Orden, fray Francisco de los Ángeles, y el emperador. Se nombró como jefe de todos ellos a fray Martín de Valencia (1474-1534).

En su viaje, desde la costa, realizado a pie y sin ningún lujo ni comodidad, los franciscanos pararon en Tlaxcala y visitaron el gran mercado. Como desconocían la lengua, los religiosos señalaban el cielo a los tlaxcaltecas, indicando que les mostrarían la manera de acceder a él. Ante semejante expedición de españoles andrajosos y tonsurados los indios repetían una palabra: motolinia. Uno de los religiosos, fray Toribio de Benavente, pidió que se la tradujesen; su significado es el de pobre. Y desde entonces, fray Toribio se hizo llamar Motolinía.

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Autorización del Papa a la conversión al catolicismo de los indígenas, 1523

Consciente de sus obligaciones como bautizado y de la importancia de los gestos, cuando los franciscanos estaban cerca de México, Cortés salió a recibirles, en compañía de sus capitanes y de la nobleza azteca. Entonces se produjo uno de esos momentos que redimen una vida y cambian un mundo. Cortés desmontó de su caballo, se arrodilló ante fray Martín y besó sus hábitos polvorientos y sucios. Después de Cortés, la misma reverencia la mostraron los demás españoles de la comitiva.

Pero Cortés no quedó contento. En octubre de ese año, en otra carta al emperador le insistió que le mandase "muchas personas religiosas", de las órdenes franciscana y dominicana, que "hagan casas y monasterios". Pero desaconsejó el envío de obispos y prelados, por miedo a que éstos en las Indias reprodujesen "los vicios y profanidades que ahora en nuestros tiempos en esos reinos usan" y en consecuencia desalentasen las conversiones.

Los franciscanos aprendieron las lenguas indígenas, hasta el punto de que si éstas se conservan es gracias a la labor filológica realizada por las órdenes religiosas. También se apresuraban a predicar y a impartir el bautismo. La amabilidad con que los franciscanos trataban a los indios y la sinceridad con que adoptaron su estilo de vida sin duda influyeron en las conversiones. Éstas fueron tan numerosas que en varias ocasiones les dolía el brazo de tanto levantarlo para asperjar.

Al obispo Ramírez, miembro de la segunda Audiencia, varios pueblos indígenas le pidieron que solo les mandase franciscanos:

Porque éstos andan pobres y descalzos como nosotros, comen de lo que nosotros, asiéntanse entre nosotros, conversan entre nosotros mánsamente

El primer obispo, fray Juan de Zumárraga

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Sello de fay Juan de Zumárraga, 1970

A pesar de sus dos viajes a España y de haber fallecido en Castilleja de la Cuesta en 1547, Cortés conoció al primer obispo de México, el vizcaíno fray Juan de Zumárraga (1475-1548), que se estableció en la capital en 1528 después de dejar su convento en Valladolid.

Zumárraga no sólo predicó y dio limosnas, sino que se enfrentó a los oidores de la primera Audiencia (la misma que difamó a Cortés y a punto estuvo de arruinar la conquista), fundó el Hospital del Amor de Dios y el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, estableció la primera imprenta, promovió en el Concilio de Trento la apertura de una Universidad y trajo de España muchos burros, que liberaron a los indios más humildes de parte de la dureza del trabajo manual. En 1546, Paulo III le nombró arzobispo de México.

Tanto Zumárraga como el marqués del Valle de Oaxaca aportaron dinero para levantar el santuario de la Virgen de Guadalupe.

"El más flaco e inútil medio"

Entre los elogios que en 1555 Motolinía escribió al emperador Carlos V sobre Cortés entresaco esta frase:

Aunque como hombre fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano y muy gran deseo de emplear la vida y hacienda por ampliar y aumentar la fe en Jesucristo y morir por la conversión de los gentiles

Por cierto, fray Toribio de Benavente mantuvo una polémica con fray Bartolomé de las Casas, porque consideraba que éste no tenía ni idea de cómo tratar y convertir a los indios y de mentir sobre las obras de los españoles en América.

Poco antes de morir, enredado en pleitos en la corte, el mismo Cortés le mandó otra carta a Carlos V en que atribuía sus resonantes triunfos a designios divinos:

quien conociere de mí lo que yo, verá claro que no sin causa la divina Providencia quiso que una obra tan grande se acabase por el más flaco e inútil medio que se pudo hallar, porque sólo a Dios fuese atribuido

Con toda justicia, el sacerdote José María Iraburu dedica en su libro Hechos de los apóstoles de América un capítulo a Hernán Cortés, al que llama "pecador y apóstol".

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