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Jesús Laínz

¿Vencedores o vencidos?

Los derrotados del 39 vencieron en el 45, momento en el que, treinta años antes de la muerte de Franco, arrancó la buena imagen del bando republicano.

Jesús Laínz
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Los derrotados del 39 vencieron en el 45, momento en el que, treinta años antes de la muerte de Franco, arrancó la buena imagen del bando republicano.
Homenaje a la URSS en la Puerta de Alcalá durante la Guerra Civil | Cordon Press

Se ha repetido un millón de veces: la historia la escriben los vencedores, pues sobre los vencidos cae el castigo añadido del silencio. Así ha sido siempre. Pero no pocas veces se ha hablado de una extraña excepción: la Guerra Civil Española, sobre la que se han escrito miles de libros y cuya narración dominante, tanto en España como en el extranjero, es, sin duda alguna, la simpatizante con el bando derrotado. ¿Será, pues, el único caso en el que la historia de una guerra no ha sido legada a la posteridad por la pluma de los vencedores?

Los hechos parecen confirmarlo. Por ejemplo, el dominio aplastante de la propaganda izquierdista en el cine. Desde hace medio siglo no hay película sobre la Guerra Civil que no responda al esquema maniqueo de unos nacionales crueles, feos, estúpidos y antipáticos defendiendo la opresión frente a unos republicanos bondadosos, guapos, inteligentes y generosos luchando por la libertad. Las películas antifranquistas filmadas durante el régimen democrático se cuentan por docenas, mientras que del enfoque contrario no hay ninguna. Y las películas de propaganda producidas durante el régimen franquista no pasaron de un puñado, casi todas de la inmediata postguerra y que pronto dejaron paso a un cine poco o nada interesado en la propaganda ideológica.

En cuanto a la historiografía, la hegemonía prorrepublicana es igualmente abrumadora. Las voces que se alzan contra la versión dominante son condenadas al silencio, y los pocos casos que consiguen cierta relevancia, como Pío Moa, acaban sepultados bajo el insulto. Naturalmente, los libros escolares siguen la misma pauta. El último paso es la pretensión del gobierno socialista de modificar la Ley de Memoria Histórica para que dudar de la visión establecida como oficial esté penado con multas, cárcel, secuestro de libros e inhabilitaciones. Vocación totalitaria sólo superada por la de sus socios separatistas, maestros insuperables en esos menesteres.

Todo esto parece claro, pero el punto que merece alguna reflexión es el del propio concepto de vencedores y vencidos. Y en esto tiene mucho que ver la batalla por la imagen, ganada en 1936 por el bando alzado. Porque, a pesar de la hostilidad con la que fue recibido por unas democracias que no deseaban la instalación en España de un régimen similar a los de Italia y Alemania, las atrocidades republicanas, tanto anteriores como posteriores al 18 de julio, acabaron convenciéndoles de que la República española no era un régimen democrático, sino una revolución bolchevique. Por eso no recibió ayuda ni de Francia, ni de Inglaterra ni de los Estados Unidos. El "Blood, blood, blood!" con el que Churchill rechazó saludar al embajador republicano en Londres lo resume perfectamente. Sólo la URSS la apoyó, por motivos ideológicos obvios.

Por el contrario, los alzados fueron tolerados a regañadientes por quienes no tardarían en convencerse de que era mejor una victoria de Franco, incluso con la ayuda de Hitler y Mussolini, que un régimen títere de Stalin. En cuanto a estos tres dirigentes, conviene detenerse un momento en la cronología, ya que olvidarse de ella conduce a no comprender nada. Porque el núcleo de la condena a Franco no es otro que la ayuda recibida de los dictadores italiano y alemán. Esta vinculación con los regímenes fascistas es la que, mediante la invencible reductio ad Hitlerum, corta en seco cualquier intento de razonar sobre las causas, protagonistas y consecuencias de la Guerra Civil.

Pero cuando Franco consiguió la ayuda de Hitler y Mussolini, ambos estaban muy lejos de recibir la condena universal con la que fueron castigados in aeternum tras su aniquilación en 1945. Roosevelt se inspiró en Mussolini para muchas medidas de su New Deal, Churchill declaró que "si yo fuese italiano, vestiría la camisa negra de los fascistas de Mussolini" y Stravinsky proclamó que "no creo que nadie venere a Mussolini más que yo". También recibió loas de Emil Ludwig, Toscanini, Valle-Inclán, Pío XI y Gandhi. En cuanto a Hitler, si bien no despertó tantas simpatías por el temor que inspiraba el rearme alemán, también fue respetado por numerosas personalidades de todo el mundo, desde el rey británico Eduardo VIII hasta el escritor noruego Knut Hamsun o el héroe nacional estadounidense Charles Lindbergh. Y su posterior archienemigo Churchill, a pesar de la desconfianza que siempre le provocó, escribió en 1935 que la recuperación de Alemania "es una de las hazañas más destacadas de toda la historia del mundo"; y en 1937, que "si mi patria fuese derrotada, desearía encontrar un campeón tan indomable como Hitler para restaurar nuestro coraje y recuperar nuestro lugar entre las naciones".

Por lo que se refiere a sus crímenes, cuya sombra se pretende extender sobre Franco, no hay que olvidar que el momento en el que suele fecharse la decisión sobre la llamada solución final fue la Conferencia de Wansee, celebrada en 1942, seis años después del comienzo de la guerra española. Por el contrario, en 1936 la URSS de Stalin ya tenía a sus espaldas muchos millones de muertos por la revolución, las purgas, la deskulakización y el Holodomor. La cronología es indiscutible: el bando que se alió en 1936 con un régimen asesino de masas fue el republicano, no el nacional.

Pero todo esto cambió en 1945, pues tras la derrota del Eje todos sus aliados fueron condenados y todos sus opositores, absueltos, incluida una URSS que, por haber vencido, no tuvo su Núremberg. E incluso logró el absurdo de ser considerada campeona de la democracia, al igual que la República española. La mayor prueba de ello fue lo tratado en Potsdam por Truman, Churchill y Stalin. Pues cuando este último propuso invadir una España a la que consideró el único régimen fascista superviviente, los angloamericanos, aun admitiendo su desagrado por Franco, arguyeron que era mejor dejar a España en paz, que no representaba ningún peligro para el mundo y que, al fin y al cabo, no se había mostrado hostil contra ellos cuando, en 1940-41, podría haberles puesto en graves aprietos si hubiera entrado en la guerra al lado de Hitler. Stalin, aparte de recordar la División Azul, insistió en que el régimen de Franco se había instalado gracias a la colaboración de Hitler y Mussolini, pecado original que no compartían otras dictaduras como la portuguesa y por el que debía ser barrido de la faz de la Tierra.

Los derrotados del 39 fueron los vencedores del 45, momento en el que, treinta años antes de la muerte de Franco, arrancó la buena imagen del bando republicano y la mala del bando nacional. A lo que se añadiría la traición de una Iglesia que le debía la vida.

Por eso socialistas y comunistas llevan ochenta años proclamándose vencedores morales de la guerra. Y por eso se equivoca la ministra Dolores Delgado al proclamar entusiasmada que la profanación de la tumba de Franco es la primera victoria de los vencidos. Ni fueron vencidos ni ésta es su primera victoria: gracias a su camarada Stalin, llevan venciendo desde 1945.

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