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Pedro Fernández Barbadillo

El fin de los mercenarios

A principios de mes falleció en Durban (Sudáfrica) a los cien años de edad cumplidos Mike Hoare. Una edad y una muerte sorprendentes para el oficio que eligió.

Pedro Fernández Barbadillo
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A principios de mes falleció en Durban (Sudáfrica) a los cien años de edad cumplidos Mike Hoare. Una edad y una muerte sorprendentes para el oficio que eligió.
Mike Hoare en Johannesburgo en 1965 | Cordon Press

En los años 60 del siglo pasado reapareció un tipo humano que parecía extinguido desde el reforzamiento de los Estados-nación en el siglo XIX, con sus pasaportes, su servicio militar obligatorio, sus archivos y su hacienda: el de los mercenarios.

Azuzados por EEUU y la URSS, en esto unidos, las exhaustas naciones europeas, que se habían desangrado en dos guerras mundiales, concedieron la independencia a sus colonias asiáticas y sobre todo africanas. Carecían de la fuerza y la voluntad necesarias para conservar sus imperios, como se comprobó en la crisis de Suez, en que el Reino Unido, Francia e Israel tuvieron que retirarse de Egipto por presión de las dos superpotencias.

En 1950, nacieron a la independencia Libia, Túnez, Marruecos, Sudán (con protestas de Egipto), Ghana y Guinea Conakry. En el año 1960, diecisiete países la obtuvieron, entre ellos dos tan importantes por su tamaño y sus riquezas mineras como Nigeria y el Congo belga.

La primera batalla: Katanga

La independencia se hizo de manera tan apresurada como irresponsable. El plan del Gobierno belga elaborado en 1955 para retirarse de su colonia del Congo fijó la fecha de 1980. Las nuevas potencias deseaban expulsar de África a las decadentes para sustituirles en el poder. Los Estados nacientes respetaron, por lo general, las fronteras diseñadas por los colonizadores, en muchos casos tan artificiales que reunían dentro de sí a enemigos jurados por etnia o religión.

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Moise Kapenda Tshombe, Presidente de Katanga

Además, los británicos, los franceses y los belgas no habían preparado a la población. Ningún habitante nativo del Congo belga había cursado estudios universitarios y sólo unos pocos cientos tenían el bachillerato. Los sargentos se convirtieron en generales, los escribanos en alcaldes y los brujos en consejeros. Algunos de los nuevos líderes cerraron hospitales y minas para regresar a lo que imaginaban era el brillante pasado pre-colonial.

Para complicar las cosas, los agentes de EEUU y la URSS, fuesen misioneros protestantes o marxistas recalcitrantes (como el Che), recorrían el continente llenando la cabeza de los africanos de ideas incomprensibles y de sueños de grandeza.

En seguida comenzaron las guerras civiles y las sublevaciones. La primera se produjo en la República Democrática del Congo, inmenso país de 2,3 millones kilómetros cuadrados, poblado por sólo unos catorce millones de habitantes. La región de Katanga, más extensa que la Península Ibérica, proclamó su independencia del gobierno de Patricio Lumumba. En la guerra se mezclaron balas y machetes. En estas circunstancias, aparecieron los mercenarios, contratados por el presidente de Katanga, Moise Tshombe.

Irlandeses al servicio de España

Guerreros que combaten por sueldo a las órdenes de un príncipe o un caudillo con el que no tienen más vínculo que el oro han existido siempre. Los hubo en Grecia, Persia, China, Egipto y Japón. Aníbal y Julio César alistaron honderos baleáricos. Los césares romanos recurrieron a las tribus germanas para cubrir los huecos en sus legiones. Los Omeya dispusieron en Al-Ándalus de guardias personales formadas por mercenarios eslavos, bereberes y cristianos. Los almogávares, originarios de la Corona de Aragón, sirvieron al emperador de Constantinopla hasta que se rebelaron contra él. Los papas y los reyes europeos contrataron mercenarios suizos, el principal producto de exportación de este país hasta su industrialización.

Los irlandeses que escapaban de la opresión británica (los ‘gansos salvajes’) se pusieron al servicio de otros monarcas más generosos. Los Austrias españoles los aceptaron en su corte y sus tercios, y los Borbones fundaron para ellos los regimientos Irlanda, Hibernia y Ultonia.

En el siglo XIX, abundaron los veteranos de guerra europeos que sirvieron en las cortes de rajás indios, emires árabes, sultanes o príncipes orientales en condición de lo que hoy llamamos ‘asesores de seguridad’ para convertir sus mesnadas en ejércitos o proteger sus personas. Desde oficiales de Napoleón cesados a los sargentos Daniel Dravot y Peachy Carnehan imaginados por Rudyard Kipling.

¿Podemos incluir en esta categoría a los científicos alemanes que, después de la Segunda Guerra Mundial, diseñaron cohetes y reactores para EEUU, la URSS, Egipto, Gran Bretaña y hasta Argentina?

Las guerras de los mercenarios

En África, y por un corto período de tiempo, resurgieron los mercenarios, apodados en seguida por los periodistas como los ‘katangueños’ o los ‘affreux’ (los terribles). Unos pocos cientos de hombres que no entendían su vida sin el combate y el baile con la muerte.

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Mike Hoare en Johannesburgo en 1965

Los hubo franceses, británicos, sudafricanos, alemanes, belgas, españoles, australianos, portugueses, rhodesianos (hoy Zambia y Zimbabue), suecos… Junto a Mike Hoare, nacido británico y luego nacionalizado sudafricano, podemos citar al también británico Costas Georgiou, los franceses Robert Denard y Jean Kay, el alemán Rolf Steiner, el rhodesiano John Peters y el español Carlos Martínez de Velasco.

Este último, hijo de un general español, con un hermano sacerdote, casado, padre de cuatro hijos, oficial de academia, apareció en el Congo en los años 60 y mandó una unidad de mercenarios españoles, donde había un capellán. Desde luego, Martínez de Velasco no se convirtió en mercenario ni por dinero ni por fama. En unión de otros mercenarios apresados, fue fusilado en julio 1967 en el Congo oriental y su cadáver devorado por cocodrilos.

Después del Congo, los supervivientes aparecieron en las guerras ‘pequeñas’ de los años 60 y 70, como las del Yemen, Nigeria, Sudán y Angola. Los Gobiernos africanos clamaban contra ellos y los consideraban peones del colonialismo blanco, pero no dudaban en emplearlos en cuanto tenían problemas.

Lo mismo se puede decir de varias de las naciones que los repudiaban. Frederick Forsyth cuenta (El intruso), que en la guerra de Biafra hubo mercenarios en el bando separatista, como ya es sabido, pero que el Gobierno británico del laborista Harold Wilson envió no sólo material militar al régimen de Lagos, sino también tropas de elite. Igualmente, hubo mercenarios en el Yemen, a sueldo de los monárquicos que combatían a los republicanos respaldados por Nasser, pero en el vecino Omán los SAS británicos ayudaron a reprimir una rebelión.

Si bien De Gaulle concedió la independencia a sus colonias africanas, luego, para mantener el control sobre ellas, rodeó al presidente-dictador de turno de un batallón de legionarios o paracaidistas para su seguridad, por supuesto. A cambio, las empresas francesas, sobre todo la petrolera Elf-Aquitaine, recibían concesiones. Política hipócrita que siguieron todos los sucesores del general al frente de la V República.

Gamal Nasser, Fidel Castro y Leónidas Breznev, a la vez que condenaban a los mercenarios, enviaban ‘asesores’, pilotos, tanquistas y hasta tropas expedicionarias a tres continentes.

Desaparición y conversión

Una de las ventajas de los mercenarios es que eran prescindibles. Los arrendadores de sus servicios podían liquidarlos, como hizo el dictador Mobutu Sese Seko con Martínez de Velasco, sin que nadie protestase. Casi todos los países de origen de los mercenarios tenían leyes que despojaban de la nacionalidad a aquellos de sus ciudadanos que combatían bajo otras banderas.

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Mobutu Sese Seko

En vez de poetas griegos, los mercenarios del siglo XX tuvieron como narradores de sus hazañas y miserias a corresponsales de guerra y novelistas: Jean Lartéguy, Vicente Talón, Daniel Carney y Frederick Forsyth.

Pasados sus años de fama, algunos de estos mercenarios, como Denard y el propio Hoare, montaron oscuros golpes de Estado en países de opereta surgidos de la descolonización, como las Seychelles y las Comores. En apariencia, por dinero o para conseguir una finca donde retirarse. En opinión de otros para disponer, gracias al asiento en la ONU y los sellos diplomáticos, de un medio para violar embargos de armas y tecnología que afectaban a sus verdaderos patrones.

Si se rastrea el origen del dinero que paga a los mercenarios suele encontrarse un Estado con mucha más frecuencia que una multinacional… que también depende de un Estado. Con los ‘soldados de fortuna’ ocurre lo mismo que con tanto grupo terrorista: siempre aparece un Gobierno detrás de ellos que los ampara, entrena y financia.

Aunque se han descubierto aparecido combatientes extranjeros en Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria o Ucrania (¿cuándo un voluntario se convierte en mercenario?), desde el fin de la Guerra Fría los mercenarios ya no se reclutan en hoteles o bares. Es una actividad desarrollada por empresas, donde se pide a los solicitantes un currículum en el que destaquen sus habilidades y su capacidad para trabajar en equipo. Hoy hasta los mercenarios tienen planes de pensiones, pero eso no implica que sus balas sean menos letales.

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