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Jesús Laínz

Ignorantes, derrotistas y traidores

En España el problema es España. Y demasiados españoles están irremediablemente convencidos de ello.

Jesús Laínz
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En España el problema es España. Y demasiados españoles están irremediablemente convencidos de ello.
Diego Martínez Barrio y Manuel Azaña | Cordon Press

Ahora que tanto se habla de la leyenda negra tras las descollantes aportaciones publicadas recientemente por Elvira Roca e Iván Vélez entre otros, quizá conviniese reflexionar sobre un singular fenómeno que, al menos desde las cortes de Cádiz, se repite una y otra vez entre las denominadas élites intelectuales y políticas, sobre todo las del sector supuestamente progresista: la asunción de los argumentos de los enemigos.

El fenómeno se manifestó a lo largo del siglo XIX en quienes, aun de buena fe, denigraron sistemáticamente a una España que no habría conseguido enderezar sus pasos hasta que llegaron ellos. Había en ello no poco de narcisismo individual, quizá como mecanismo compensatorio del complejo de inferioridad colectivo. Y junto al narcisismo, una notable ignorancia. Pero cuando dicho fenómeno destacó por su intensidad y extensión fue en 1898. Porque en aquel momento de grave depresión nacional alcanzó su cima la cantinela de "España como problema". Todos los países del mundo se han enfrentado a graves problemas –guerras, cataclismos, revoluciones–, pero en ninguno de ellos se han identificado esos problemas con la propia nación. En España sí. En España el problema es España. Y demasiados españoles están irremediablemente convencidos de ello desde que nos cayó encima la negra herencia de aquella famosa generación. De ahí tanta autohispanofobia. Y de ahí tanto separatismo.

Asumiendo los argumentos, sensatos o disparatados, de los enemigos históricos de España –los yanquis de entonces, los franceses dieciochescos, los protestantes de antaño–, buena parte de las élites españolas, sobre todo las alineadas con lo que se suele entender por izquierda –aunque a estos efectos, como a tantos otros, la izquierda comienza bastante a la derecha–, desarrollaron un rechazo hacia su propia nación que se convertiría en el punto de intersección con los separatismos. Punto de intersección que desde entonces no ha hecho sino crecer.

Al igual que los progresistas del siglo XIX, los izquierdistas del XX repitieron vanidosamente que gracias a ellos, y a la instauración de un régimen republicano, el problema de España se iba a resolver de una vez para siempre. Su más destacado representante fue Manuel Azaña, que llegaría a escribir que España no forma parte de la civilización y que "nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Como hay personas heredo-sifilíticas, España es un país heredo-histórico".

Sobrevolemos la guerra civil y el franquismo para no irnos por los cerros de Úbeda y vengámonos a nuestros días. Porque de 1998 nos llegó un ejemplo de la perennidad del fenómeno. Aquel año se celebró el cuarto centenario de la muerte de Felipe II, rey consorte de Inglaterra de 1554 a 1558 por su matrimonio con María Tudor, y como tal fue recordado en un solemne acto en la Cámara de los Lores ante su vicepresidente y varios ministros. Así lo narró el eminente historiador francés Joseph Pérez:

En aquella ocasión, uno de los participantes presentó a Felipe II como uno de los personajes más europeos de la Historia. En el mismo momento en España hombres de izquierda se negaban a leer el libro de Geoffrey Parker sobre Felipe II que, según se les decía, acababa con muchos prejuicios; ¡preferían su Felipe II, el monstruo de la leyenda negra, fanático, tiránico, cruel!

He ahí la clave de la llamada intelectualidad izquierdista: que el conocimiento no te arruine un hermoso prejuicio. Y si además se denigra a España, miel sobre hojuelas.

Pero los problemas de España han ido evolucionando desde 1898. La amenaza actual es la separatista, nacida y fortalecida sin cesar desde entonces y cuyos argumentos son los asumidos hoy por nuestros ignorantes políticos. La Constitución es la prueba insuperable: la absurda concepción de España como un conjunto de regiones y nacionalidades inevitablemente destinado a una extrema descentralización no fue ocurrencia de los partidos denominados nacionales, tanto de derecha como de izquierda, sino que la imitaron de los separatistas, verdaderos triunfadores ideológicos de 1978.

ZP no paró de repetir la letanía de la España plural. Y Pedro Sánchez insiste cada día: "En nuestro país no hay democracia si no hay descentralización". Pero, ¿acaso democracia y descentralización son sinónimos? ¿Se lo preguntamos a la muy centralista Francia o a la muy descentralizada Unión Soviética? Por otro lado, ¿esa necesidad de descentralización se da sólo en "nuestro país"? ¿Por qué? ¿Es el único en el que coexisten varias lenguas, varios trajes regionales, varios modelos de botijo y varias maneras de cocinar el bacalao? ¿A qué extraña lógica obedece el que de hechos culturales tengan que derivarse necesariamente consecuencias políticas? En el mundo hay millones de hechos culturales sin consecuencias políticas. Además, si así fuese, habrá que deducir que las únicas competencias autonómicas tendrían que ser las relativas a la gestión de coros y danzas.

Lo mismo pasa con el PP, cuya parálisis cerebral le ha llevado a tragarse una detrás de otra todas las manipulaciones separatistas, incluido su más burdo vocabulario: por ejemplo, Galicia, nacionalidad histórica según Casado y nación sin Estado según Feijóo. El último berrido terminológico es el de los territorios, creación de ETA para no pronunciar ni la palabra provincias, al parecer inventada por Franco aunque las más antiguas provincias, así llamadas desde hace muchos siglos, sean precisamente las Vascongadas, ni comunidades autónomas, concepto constitucional y por lo tanto imperialista.

Pero los campeones son, evidentemente, los izquierdistas de toda laya, que adoptan encantados todas las farsas separatistas: procés, conflicto político, judicialización, relator, presos políticos, mesa de negociación, etc. Pero la rendición no es sólo terminológica, sino ideológica, que es lo decisivo. Pues los izquierdistas, aunque alguno pretenda seguir disimulando, comparten los planteamientos separatistas. Como han demostrado mil veces con sus palabras y acciones, detestan la nación que gobiernan, empezando por su historia y su propio nombre, no tienen inconveniente en que se desmembre y siempre estarán dispuestos a honrar y dar la razón a los separatistas, terroristas incluidos, frente a los partidarios de la continuidad de la nación española, esos fascistas.

Javier Melero, abogado de Forn y Borràs, ha explicado a sus clientes que en lo sucesivo deberán buscar la secesión por vías legales: "España es un país con la autoestima tan baja que el día menos pensado les convencéis, por lo menos a una mayoría cualificada". Sabias palabras, confirmadas por los gobernantes actuales, insuperables en carencia de autoestima nacional. Y en complicidad con los golpistas aunque para ello tengan que vulnerar diariamente leyes y Constitución. Y en odio a España, de la que son sus peores enemigos. Y no están ahí por voluntad divina, sino por decisión electoral del pueblo soberano. Así que nada de quejas y a apechugar con las consecuencias.

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