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Pedro Fernández Barbadillo

El infatigable Hernán Cortés

La obra política de Hernán Cortés, el reino de la Nueva España, tan extenso a su muerte como la Europa comprendida desde Lisboa a Viena, duró 300 años.

Pedro Fernández Barbadillo
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La obra política de Hernán Cortés, el reino de la Nueva España, tan extenso a su muerte como la Europa comprendida desde Lisboa a Viena, duró 300 años.
Hernán Cortés | Cordon Press

De las portentosas generaciones de españoles (y algunos extranjeros) que en el siglo XVI dibujaron el mundo entero y conquistaron una buena parte de él, llama la atención que no concibieran, no ya la vagancia, ese pecado capital, sino siquiera el descanso. Lejos del modelo burgués de las novelas de aventuras en que el protagonista disfruta hasta la vejez de sus riquezas obtenidas en la juventud en la corte, en un palacio o en una finca de sus antepasados, muchos de esos españoles se levantaban de su salón o abandonaban su celda monástica a la llamada del deber, de la curiosidad, de su rey o de la fama.

Españoles de otra pasta

A petición del emperador Carlos V, Juan Sebastián Elcano aceptó en 1525 participar en una segunda expedición a las Molucas (bajo el mando de García Jofre de Loaysa) sólo tres años después de haber circunnavegado el mundo. Y en ella murió mientras atravesaba de nuevo el inmenso Pacífico. Y por solicitud de Felipe II, el navegante Andrés de Urdaneta, miembro superviviente de esa segunda expedición, aceptó dejar su celda de monje agustino para hallar el tornaviaje, la ruta para regresar de las Filipinas a la Nueva España. Y en cuanto cumplió su misión, volvió a su convento, en México.

El duque de Alba, el mejor general del Imperio español del siglo XVI, sufrió destierro de la corte ordenado por Felipe II a causa de una falta cometida por su hijo, pero en 1580 acudió a la llamada de su rey para conquistar en una campaña relámpago y sin apenas bajas el reino de Portugal. En el siglo XVII, el militar y diplomático Esteban de Gamarra y Contreras, que nació en Bruselas en 1593 y falleció en La Haya en 1671, nunca estuvo en la España de la que provenía su linaje. Como esos militares y colonos de las novelas de ciencia ficción que viajan por la galaxia sin haber pisado jamás la Tierra, que sólo conocen por películas o relatos.

Entre su llegada a La Española en 1504 y su marcha de Cuba al continente, en 1519, Hernán Cortés se convirtió en un hombre rico, con dinero, fincas, ganado e indios. Carecía de experiencia militar y de caudillaje, pues sólo había desempeñado empleos como escribano y tesorero, y su trabajo como hacendado. Además de un patrimonio respetable, Cortés (nacido en 1485 en Medellín), tenía en torno a treinta y cuatro años, una edad ya madura para la época, cuando aceptó el mando de la expedición organizada por el gobernador Diego Velázquez.

Es decir, se lanzó a una aventura llena de riesgos y peligros cuando podía haberse quedado en Cuba aumentando su fortuna. Aparte de la resistencia de los nativos, las rencillas con otros españoles y las denuncias falsas podían acabar no sólo con la carrera de un conquistador, sino con su vida, como les ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, acusado de traidor a la Corona y ejecutado, y a los Pizarro y Almagro en Perú.

Constructor, explorador y marqués

Después de la victoria sobre los mexicas, Cortés se volcó en la reorganización del territorio con el respaldo de la Corona, pues ésta le nombró por una cédula de octubre de 1522 gobernador y capitán general: reconstrucción de la ciudad de México (donde se reservó varios solares), petición al emperador del envío misioneros franciscanos, apertura de caminos, construcción de puertos, reparto de encomiendas entre sus capitanes, asentamiento de ganado y nuevos cultivos, fundación del primer hospital del país, erección de un palacete, dibujo de mapas, escritura de cartas a Carlos V...

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Ruinas aztecas

Si esto habría sido suficiente para ocupar durante años a cualquier gobernador del minúsculo imperio colonial francés, al extremeño no le agotó. Organizó en 1524 la expedición a Las Hibueras (Honduras), para perseguir a Cristóbal de Olid, camarada suyo al que Diego Velázquez había persuadido para declararse independiente de la autoridad de Cortés. Tan innecesaria fue que a punto estuvo de costarle la vida y su prestigio, pues en ella hizo matar a Cuauhtemoc, el último ‘huey tatlonai’ de los mexicas, al que había derrotado en Tenochtitlán.

Dos años permaneció Cortés fuera de México. La ausencia de noticias suyas provocó que circulara el rumor de que había muerto. Indios y españoles estaban a punto de rebelarse. Bastó su presencia para que la calma retornase. Pero entonces, tuvo que enfrentarse a la primera Audiencia, enviada para gobernar la Nueva España, pero formada por canallas. Los oidores le confiscaron su patrimonio, le acusaron de envenenar a su primera esposa, Catalina Suárez, le espiaron y controlaron su correspondencia. Al final, la Corona intervino.

En 1526, el emperador le escribió para que mandara un par de barcos desde la costa occidental de la Nueva España en dirección al Maluco en busca de la expedición de Jofre de Loaysa, orden que cumplió.

En 1528, viajó a España con permiso de César Carlos, quien le concedió el marquesado del Valle de Oaxaca y 23.000 vasallos. Durante su estancia, el conquistador cayó enfermo y Carlos V le visitó en su cámara, gesto que hizo enrojecer de envidia a más de un linajudo. Sin embargo, su soberano no le otorgó el gobierno de la Nueva España, seguramente por miedo a que Cortés formase un reino separado. En 1535, la Corona instituyó el virreinato y nombró al primer virrey, Antonio de Mendoza (1535-1550), al que tuvo que someterse Cortés.

Si Mendoza ató cortó al conquistador, luego el aristócrata castellano también sufrió la desconfianza del emperador. Trató de que su hijo Francisco le sucediese en el virreinato de la Nueva España o del Perú, que también desempeñó (1551-1552), pero el Consejo de Indias rechazó semejante petición. Si la Corona no había permitido a Cortés erigir un poder personal al otro lado del Atlántico, menos iba a consentir una dinastía de virreyes, a la manera de la familia Enríquez, que desempeñaba el almirantazgo de Castilla.

Cortés se arruinó dos veces, después de la expedición a Las Hibueras y de su primer viaje a España, pero rehizo su fortuna. Fue un magnífico hombre de negocios, que unió a sus empresas agrícolas y rentas inmobiliarias la construcción de astilleros y la explotación de minas. Entre 1533 y 1540, envió cuatro expediciones al noreste, que descubrieron la California y su golfo, llamado en tiempos más honrados el mar de Cortés. Participó personalmente en una de ellas, en 1535.

Su cuerpo no descansó

Buscando más reconocimiento y fama que privilegios y fortuna, Cortés volvió a cruzar el Atlántico en 1541 cumplidos ya los cincuenta y cinco años de edad, junto con sus dos hijos legítimos, Martín y Luis. Incluso participó en el ataque al nido de piratas de Argel, que fue un desastre, anticipado por él al enjuiciar el plan de ataque. Sin embargo, en esta ocasión el emperador le esquivó y ni le recibió en audiencia ni contestó a los tres memoriales que le dirigió (en 1542, 5143 y 1544) en los que exponía consejos para el buen gobierno de la Nueva España.

Para coronar su mito, Cortés abandonó desencantado la corte del monarca al que había dado más tierra que la que éste había recibido en Europa de sus mayores. En 1545 se retiró a Sevilla y falleció en el pueblo de Castilleja de la Cuesta en 1547. Su espíritu inició el otro viaje, pero su cuerpo tampoco alcanzó entonces el descanso: fue trasladado a México. Más tarde, en el siglo XIX, la urna con sus restos, depositada en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno (que había hecho fundar en 1524, el hospital más antiguo de América), la escondió un patriota mexicano, el historiador Lucas Alamán, para evitar que los ‘patrioteros’ la profanasen.

La obra política de Hernán Cortés, el reino de la Nueva España, tan extenso a su muerte como la Europa comprendida desde Lisboa a Viena, duró 300 años. Concluyó cuando el general Agustín Iturbide se proclamó emperador de México en 1821. Sin embargo, la nación que el extremeño fundó, basada en la religión católica, en el mestizaje de nativos y españoles y en el idioma español, todavía perdura, a pesar de las mutilaciones cometidas por Estados Unidos y los ataques a la esencia mexicana perpetrados por los desastrosos gobiernos nacionales.

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