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La culta claridad de Luis Alberto de Cuenca

Como señala el propio L. A. de Cuenca, en sus versos clasicismo y cotidianidad, cultura y vida, van de la mano.

Luis Miguel Suárez
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Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) nos presenta en Cuaderno de vacaciones ochenta y cinco poemas escritos entre los veranos de 2009 y 2012, agrupados en ocho epígrafes que siguen un estricto orden cronológico. En ellos se encuentran, aquilatadas, todas las cualidades de su "línea clara" (término acuñado por el autor para denominar su poesía a partir de los años ochenta, opuesta a la docta oscuridad de sus primeros poemarios): ambientes cotidianos, lenguaje sencillo -y, con frecuencia, coloquial-, humor e ironía, que se combinan con el rigor métrico (alejandrinos, eneasílabos y endecasílabos blancos, sonetos, haikus, serventesios…) y el exquisito cuidado formal. De los principios que guían su poesía tratan precisamente algunos de estos poemas: "Sin amor, sin honor y sin orgullo,/ sin emoción y sin complicidad/ la poesía no tiene sentido" (p. 53); "Si amas la poesía, amas la claridad./ El objeto de la literatura/ no es inventar enigmas para iniciados cursis" (p. 116).

Pero el protagonismo corresponde a los temas habituales del poeta. En primer lugar, el amor, abordado siempre con variedad de matices: transcendental ("Memoria de tus ojos al despertar", p. 45), erótico ("Su cuerpo", p. 131), autobiográfico ("Febrero de 1997", p. 123), mítico ("Eva presente", p. 124), idealizado ("La mujer de mis sueños", pp. 126-127), recreado con los moldes de la tradición literaria ("Soneto con estrambote, enmendándole la plana a Cecco Angiolieri, p. 128)… y en casi todos los casos sin excluir el tono irónico y humorístico.

"El amor y la muerte siempre ganan", afirma el último verso de "Sin condiciones" (p. 22). La muerte es presencia inevitable -"Ah de la vida" es el título de un poema (p. 58) y de un epígrafe del libro-, sombra amenazadora que acompaña al paso del tiempo ("Vejez", p. 101) y ante la que acabará sucumbiendo la vida y la belleza: "Cuesta creer que el incendio inextinguible/ de tu melena al viento morirá,/ como mueren las rosas…" (p. 122). No obstante, también puede asumirse con un tono desenfadado: véase esa divertida "Plegaria de la buena muerte" (p. 25). La vida, pues, está hecha de luces y sombras. El poeta, sin embargo, desde una postura intensamente vitalista, apuesta por la luz, a pesar de la oscuridad: "Hay que intentar vivir hasta la última/ bocanada de aire en los pulmones/ sin perder la esperanza, sin hundirse/ demasiado, sabiendo que la vida/ es un horror" (p. 86); "La bilis negra es vieja como el hombre./ Para intentar vencerla, viene bien/ que te lo tomes todo en positivo" (p. 87).

Como señala el propio L. A. de Cuenca, en sus versos clasicismo y cotidianidad, cultura y vida, van de la mano (p. 93). Para él, "Los clásicos ayudan a vivir,/ y a morir, y a olvidar nuestras miserias,/ y a no perdernos por el laberinto/ sin Teseo ni Ariadna que es el mundo" (p. 69). En su canon particular, junto a los autores y obras consagrados de la tradición literaria culta (los clásicos grecolatinos, la épica germánica, Shakespeare…), tienen cabida la literatura de género (novela policiaca, de terror, fantástica…), el cine y el cómic. Buen número de poemas constituyen homenajes a algunos de sus artistas predilectos (Blas de Otero, Ingres, Víctor Hugo, Poe, Lee Miller…); o establecen con ellos un diálogo cómicamente polémico ("Acotación al desenlace del opus primum de Agatha Christie", p. 42; "Corrigiendo a Safo", p. 80; "Yo no quiero ser rey", p. 97); o recrean, al modo de las fábulas mitológicas burlescas de los poetas barrocos hispanos, el viejo mito clásico con un lenguaje de hoy y con un tono irónico ("Hero y Leandro", pp. 117-118)… Entre ellos, un buen número, como el último citado, proceden de artículos del autor ahora rescritos en cauces métricos.

Hay lugar, además, para otros muchos motivos: los sueños, siempre omnipresentes en sus versos; la rememoración autobiográfica, como en "La otra noche después de la movida", donde el autor evoca, con una buena dosis de humor e ironía, su vivencia personal de la célebre Movida madrileña, etapa personal de cambios vitales ("el rock hizo que un tipo/ como yo -un helenista podrido de saberes/ pretéritos- abriera las puertas del futuro,/ dejase a un lado sus libros y sus tebeos, se asomara a la calle…", p. 92); y, sobre todo, de cambios en su poesía, ya en la senda de la línea clara: "Y mientras tanto yo escribía poemas/ que no se parecían en nada a los de antes/ y que, en un cóctel raro, mezclaban clasicismo/ con cotidianidad, dejando que la vida/ y la cultura fuesen cogidas de la mano/ en sus versos" (p. 93); la nostalgia del tiempo mítico, que contrasta con la mediocridad y las miserias del tiempo presente -en ese sentido, "Basura genética" (p. 98) resulta demoledor-; la reflexión histórica ("La segunda guerra mundial", p. 59) y hasta el acercamiento desenfadado a la hagiografía ("San Luis Gonzaga", p. 75)…

Mas sea cual sea el tema tratado, prima siempre una poesía inteligente, formalmente impecable, culta y amena, y siempre amable con el lector. En esa sabia combinación radica el indiscutible éxito de un autor que ya es hoy, sin duda alguna, todo un clásico, y que llega incluso a los lectores que no suelen leer poesía o se acercan a ella con reticencias.

Luis Alberto de Cuenca, Cuaderno de vacaciones, Visor, Madrid, 2014, 144 páginas.

Luis Miguel Suárez, doctor en Filología Hispánica. Profesor de enseñanza secundaria.

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