Integrante por edad del grupo de narradores leoneses que empezaron a cobrar relevancia en los años ochenta, Andrés Martínez Oria ha quedado casi relegado —por su aparición tardía y al margen de los círculos comerciales— a la condición de escritor de provincias. Y, sin embargo, es autor de una obra de gran calidad que incluye casi una veintena de títulos, entre novelas, libros de viajes, teatro breve, poesía, prosa poética, ensayo y cuentos.
Su último libro, Café central —2025—, reúne diecinueve relatos de escenarios, temas y tonos variados. Así, la Guerra Civil española es el trasfondo de "Al anochecer"; "Café Central" se sitúa en el País Vasco de los años de plomo del terrorismo etarra; "András el húngaro" se ambienta en un psiquiátrico ruso; "Víspera en Pompeya" nos traslada a la ciudad italiana poco antes de ser sepultada por el Vesubio; en el Tánger de Paul Bowles discurre parte de "Una tumba olvidada"... De tema bélico y onírico es también "La persecución"; las relaciones entre el arte y la locura constituyen el motivo central de "La luz de los limones"; mientras que "El sacristán de Higueruela" resulta un divertido apunte carpetovetónico...
La melancolía y la amargura alternan con el humor y la ironía, o incluso se mezclan en el mismo relato —como ocurre en "El viajero"—. Un humor al que contribuye también la peculiar onomástica —en "Al anochecer" comparecen Domitila, Doralina, Elidio, Honorino Restituto, Eudosia, Onofre, Epifanio...—, que a veces sirve de contrapunto irónico al asunto grave del relato; o las jocosas llamadas de atención al lector, en la estela de Antonio Pereira.
Idéntica variedad se observa en el estilo, donde el lenguaje densamente poético convive con la lengua coloquial, la jerga juvenil o el vocabulario técnico. Sobresalen asimismo otras cualidades como la brillantez y el lirismo de las descripciones —véase la evocación de Altiva en las pp. 38-39— o el perfecto dominio del ritmo narrativo.
Por lo demás, se deslizan por estas historias numerosas referencias literarias. En este aspecto sobresale "Jardín secreto", que actualiza el episodio bíblico del baño de Susana. Pero, en otras, se insertan alusiones puntuales, implícitas o explícitas, a los Argensola, a Poe, Cunqueiro, Pedro Salinas, Jorge Guillén... amén de diversas referencias a la mitología clásica, la materia artúrica o al cine —Murnau, John Ford...—.
Resulta difícil destacar algunos cuentos, pero no pueden dejar de citarse al menos cinco: "El bar de la curva" y "José Cáceres", que con una encomiable economía de medios y con una gran capacidad de sugerencia reflejan el drama personal que ocultan tras de sí unos personajes que sumergen en el alcohol la desesperanza de sus vidas rotas; "Toda la noche veo pasar sombras", primitivo y violento, ambientado en un entorno casi fantasmal, digno de Rulfo; "A la hora de la siesta", desoladora historia rural reconstruida a través de los ojos de un niño; o, finalmente, "A porta gayola", impecable en el fondo y la forma, y en el que más allá de los conocimientos técnicos de la suerte de la tauromaquia, también reflejada en el léxico, sobresale su perfecta dosificación de la tensión dramática, su desenlace preciso y escueto, y un sentido último que trasciende el mero episodio de un lance taurino.
En definitiva, se respira en estos relatos la atmósfera del realismo mágico hispanoamericano y la de los narradores del noroeste español, y las enseñanzas teóricas de Poe sobre el cuento. Una lectura, sin duda muy sugestiva.
