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Morbo para intelectuales

Ofrece la misma papilla que el Sálvame de Jorge Javier Vázquez, condimentada para un público más culto que el de la telebasura.

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El mundo intelectual y sus acompañantes –y nadie más– esperaban ansiosamente la aparición de El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España 1962-1996, de Gregorio Morán, que venía envuelto en los velos del escándalo: Planeta había hecho abortar a última hora su lanzamiento porque el autor se negaba a suprimir un capítulo que, a juicio del editor, entrañaba riesgos tanto desde el punto de vista legal como desde el comercial. Finalmente lo ha publicado Akal.

Denigrar la Transición

Empiezo por aclarar que el autor no me inspira afecto ni hostilidad, aunque concebí por él una justificada admiración después de leer su magistral y enciclopédico Miseria y grandeza del Partido Comunista de España y algunas de las Intempestivas sabatinas en que demuele la mitología de los nacionalismos periféricos. Tampoco me unen lazos de afinidad o intereses con las personas o instituciones que Morán denigra sistemáticamente. Hace mucho tiempo que bajé del pedestal las vacas sagradas. Eso sí, me producen alergia los maniqueísmos, los argumentos ad hominem y los ataques viscerales contra la sociedad abierta en la que tenemos la dicha de vivir desde el mismo momento en que se inauguró la Transición.

Siento un respeto sin fisuras por todos aquellos que hicieron posible dicha Transición, ya fueran políticos, intelectuales, funcionarios o simples ciudadanos que ejercieron su derecho de opinar y votar. Y esto explica mi veredicto sobre el libro de Morán, cuyas más de 800 páginas amalgaman, por un lado, la impugnación de aquel proceso pacífico porque no implicó una ruptura y, por otro, la difamación de sus protagonistas porque no pasaron por las salas de un tribunal de depuración. Depuración que, como demostró el caso francés (v. L'epuration des intellectuels, de Pierre Assouline, Editions Complexe,1985, y Francia bajo la ocupación nazi 1940-1944, de Philippe Burrin, Paidós, 2004), generalmente atrapa a los peces pequeños y deja escapar a los gordos, y sirve más para practicar venganzas y descargar rencores que para hacer justicia. Eso sí, el libro alimentará el morbo de los intelectuales y sus acompañantes porque ofrece la misma papilla que el Sálvame de Jorge Javier Vázquez, condimentada para un público más culto que el de la telebasura.

El cura del título es Jesús Aguirre y alrededor de él gira toda la argumentación –ad hominem, repito– que Morán esgrime para denigrar la Transición. Los mandarines son los intelectuales que abandonaron gradualmente el falangismo, el franquismo y el dogmatismo religioso para allanar el camino hacia la Transición, en la que la mayoría de ellos desempeñaron un papel destacado. Sostiene Morán (pág. 21):

El dilema teórico, digámoslo con palabras benévolas, se reducía a explicar qué rasgos de la cultura política y de la política cultural de los años sesenta se habían roto en los setenta, hasta el punto de convertirse en conservadores. La radicalidad devino conservadora, eso sí, manteniendo el lenguaje radical. Esto es un hallazgo, probablemente no merecedor de un premio, pero interesante. La Transición democrática tiene una huella marcadamente conservadora que proviene no de los restos del naufragio franquista sino de los hijos brillantes, buena parte de ellos mandarines, que consideraban que "bien está lo que bien acaba" y que asumían voluntariamente el encargo de darle el toque final que encarrilara el proyecto. Ahí está Jesús Aguirre, y lo está en tan grande medida como otros muchos más exhibidos, como Pío Cabanillas, Javier Pradera, Juan Luis Cebrián, Luis María Ansón, Jesús Polanco…

El morbo continúa

¿Pero quién es Jesús Aguirre? Un "hijo de madre soltera" a quien "un coronel dejó preñada (sic)". Todo con nombres y apellidos y la acotación de que el "hijo natural" siempre aborreció a sus padres (págs. 116-117). Pasa por el seminario y anuda en Santander amistades que le resultarán muy útiles para ir ascendiendo en la escala social, cultural y política. Es un trepador nato. El morbo continúa (pág. 131):

La primera vez que Jesús Aguirre asuma su sexualidad, es decir, su homosexualidad en pareja, va a ser en Munich, cuando llegue de Santander y se instale en casa de su colega, un joven teólogo alemán.

Morán no puede ocultar hasta qué punto Aguirre contribuyó al enriquecimiento y la apertura del mundo cultural y político español desde la editorial Taurus, en la que ingresó como director de Publicaciones Religiosas en 1964 para luego asumir la dirección general, a finales de la década del sesenta. Quien velaba por él era el magnate Arturo Fierro, propietario de la empresa. Vayamos al morbo (pág. 400):

Jesús Aguirre ha entrado con los dos pies en la sociedad madrileña. Al fin y al cabo la editorial Taurus es una especie de bibelot que se han quedado los Fierro. (…) ¡Ah, los Fierro! El cura Aguirre confiesa a la señora, decir que "trabaja" para ellos sería una ordinariez; orienta una colección piadosa del señor y la señora; vive en un apartamento cedido casi ad vitam eternam por ese matrimonio de prohombres (sic) de la mejor sociedad madrileña. Y por si fuera poco, Jesús tiene una ardorosa relación, tan íntima que no saben cómo abordar, con su hijo Jaime. (…) Jesús Aguirre y Jaime Fierro vivirán una relación intensa y al tiempo torturada, escandalizados ellos mismos por lo suyo.

Pasamos, por razones de espacio y no porque no haya agravios para referir, al año 1977, cuando Jesús Aguirre ya ocupa un cargo oficial (pág. 644):

Lo suyo eran las princesas, lo tenía decidido. Ser director general de la Música y de la Danza le consentía palcos principescos en la Real. Tanteó primero a la hermana de la reina Sofía; soltera de pasable ver pero muy menguada economía. Pero era un salto. Y de envergadura.¡Entraba en la Familia Real, qué carajo importaba el escaso peculio de la doncella, y a saber si todavía conservaba la doncellez! (…) Aseguran que no sólo fueron los amigos más íntimos, sino los jefes, quienes advirtieron al bujarrón (sic) que no osara repetir sus atrevimientos.

La descripción del encuentro con Cayetana de Alba, del enamoramiento, de los sobresaltos que debió sortear el cura relapso para obtener la licencia matrimonial, de la fortuna de los Alba y de las ceremonias nupciales, vistos por los ojos de Gregorio Morán (págs. 644-654), oscila entre la sordidez de Sálvame y la frivolidad de Hola. El comentario que el autor atribuye a Javier Pradera lo sintetiza todo (pág. 645):

Un hijo ilegítimo, cura y homosexual, se iba a convertir en Duque de Alba.

¿Demasiado morbo? Pues toma dos tazas. Al criticar "la horrenda hechura y el contenido desvariado" de un tardío poema de amor de Aguirre, Morán suelta (pág. 761):

Esta confesión versificada a lo garrulo no se sabe si va hacia Cayetana o hacia algún chapero de Triana o de la calle Almirante.

Jeremiada atrabiliaria

Ojo, no se trata de que Morán alimente una animadversión especial contra Aguirre. Todos los protagonistas de la Transición, aun los que parece admirar, como Manuel Sacristán o Juan Benet, son víctimas de su lengua viperina. Ni que hablar sus innumerables bestias negras.

Tratándose de [Camilo José] Cela siempre hay que sumar a la ambición del trepador, la desvergüenza del desalmado (pág. 336).

Pedro Laín Entralgo (…) ya muerto Franco y él convertido en un santón patético, cobarde hasta la patología, con mucha mala conciencia (pág. 569).

Tierno Galván en Murcia, durante su etapa de fámulo del jurista nazi Carl Schmitt (pág. 407).

El siempre venal Fernando Lázaro Carreter (pág. 740).

Podría añadir casi tantos ejemplos como páginas tiene el libro, con ataques a Fernando Savater, Jorge Guillén, Martín de Riquer, Salvador de Madariaga y, por supuesto, el rey Juan Carlos, Adolfo Suárez y José Ortega y Gasset. Un caso extremo es el del odio cerril a Jorge Semprún, que lo lleva a mentir descaradamente cuando lo acusa de haber conspirado con Alfonso Guerra para "liquidar, literalmente", a Pilar Miró de la dirección de RTVE (pág. 670). En su libro Federico Sánchez se despide de ustedes (libro y no "regüeldo", como lo define Morán), Semprún desenmascara "la demagogia populista del peronismo" que practicaba el "descamisado" Guerra (pág. 295). Y salió públicamente en defensa de Pilar Miró cuando Guerra se ensañó con ella (El País, 13/12/1988). Morán también lo acusa de haber rendido pleitesía a Dolores Ibárruri en el día de su cumpleaños, ignorando que Semprún reprodujo en Autobiografía de Federico Sánchez el poema que dedicó a la Pasionaria, para demostrar hasta qué punto se degradan los intelectuales cuando abrazan la ideología que él y Morán compartieron.

En el caso de Morán, el clímax de la degradación se conjuga con la atrofia de los sentimientos humanos y culmina cuando describe, con pelos y señales, la para él aleccionadora epidemia de suicidios y muertes por sobredosis y sida que diezmó a los hijos de algunas de las figuras más destacadas de la Transición (págs. 781-782). Vaya, que la jeremiada atrabiliaria de Morán entusiasmó al talibán Suso de Toro (Público, 8/1). La tiranía del espacio obliga a dejar para más adelante el análisis del maniqueísmo ideológico que impregna las más de 800 páginas de El cura y los mandarines.

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