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El empotrado

A unos días de que Ciudadanos haga trizas el bipartidismo español, estas cronicas permiten cotejar la criatura con el monstruo.

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El mes que viene hará 10 años de aquel 7 de junio de 2005 en que 15 intelectuales presentaron un manifiesto por la creación en Cataluña de un partido político no nacionalista. El llamado dio pie a la constitución, el 9 de julio de 2006, de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, que apenas 4 meses después, el 25 de noviembre, obtuvo 3 diputados en el Parlamento catalán. Sólo El Mundo y Libertad Digital prestaron entonces atención a una iniciativa que, salvo por el frustrado empeño de Alejo Vidal-Quadras, bien podía considerarse inédita: la articulación de una opción política con expectativas de poder declaradamente contraria al nacionalismo.

Pero regresemos a junio de 2005; los promotores del manifiesto, que se han citado en el hotel Rívoli, se encaminan hacia el Taxidermista, en la Plaza Real. Así lo recuerda Teresa Giménez Barbat, una de las firmantes, en Citileaks:

Cercana ya la hora, descendimos en dirección al puerto (...). Cruzamos la plaza Real como héroes, medio vencidos de antemano bajo unas palmeras que parecían rendirnos armas. Había cierto trajín de personas en la puerta del restaurante (...). Al poco, aquello fue la marabunta.

El acto reunió a unas 70 personas entre periodistas, fotógrafos y simpatizantes, mas la cobertura, aunque notable, fue flor de un día. Anticipándose a la sordina mediática, Arcadi Espada encargó al periodista Jordi Bernal que, después de cada una de las presentaciones, escribiera una crónica. Se trataba, ya digo, del único modo de contrarrestar no ya la atonía; también el infundio.

Los textos de Bernal se publicaron durante 2006 en la web primigenia de Ciutadans. En 2007, yo mismo, en labores de editor, reuní en Tentadero Ediciones aquellos artículos bajo el título Viajando con ciutadans. En minúsculas, sí; en el momento en que se escribieron, Ciutadans era aún una mera agrupación celular.

A unos días de que Ciudadanos haga trizas el bipartidismo español, aquellas crónicas, hoy reimpresas por Triacastela, permiten cotejar la criatura con el monstruo. La magufería al uso da en atribuir la eclosión de Ciudadanos a un conjuro del Íbex 35 y otros deus ex machina. Es comprensible. Para según qué hipotálamos, ha de ser duro admitir que en el big bang de C's haya quince valientes y un hartazgo. Merodeando en torno a ellos está Bernal, que tan pronto ejerce de ​​afable cómplice como de adusto notario.

Por lo común, la secuencia comienza con una terna de intelectuales (pongamos por caso, Ovejero, Espada y De Carreras) desembarcando en un centro cívico en mitad de la nada para proclamar la necesidad de un partido basado en el laicismo, la justicia, la igualdad y el respeto a la Constitución. Bernal, sentado en primera línea, escribe contra el desaliento. No en vano, se trata de la enésima vez que oye esos mismos discursos. La noticia está en el aire que los envuelve; pronto advierte que hay plazas de primera y de segunda, funciones gloriosas y tardes de canódromo. A la salida, una banda de nacionalistas profiere insultos a los asistentes. O los rocia con spray maloliente. O los patea. Ahí está nuestro empotrado, entre la golpiza, asiendo a duras penas la moleskine donde, camino de casa, bosquejará un relato que será el combustible del día siguiente, y que ahora, diez años después, es un espejo en el que mirarse.

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