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Dimitri Nabokov, en el nombre del padre

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Hay hijos y también hay hijos de… sus padres. Cuidado con lo que les confías. Eso es lo que, tal vez, pensaría hoy Vladimir Nabokov si viera las precarias notas de la novela en la que trabajaba antes de morir en 1977, publicadas con gran aparato eléctrico y escandalera mayúscula. Hace tres años, los fans del autor de Lolita celebramos la publicación de El original de Laura y los críticos literarios, gente aguafiesta donde la haya, lo lamentaron. El responsable del choque de sensibilidades fue Dimitri Nabokov. En vez de destruir las fichas en las que su padre bocetó a lápiz la novela, tal y como este encareció antes de morir a su esposa, Dimitri las publicó en 2009. Claro que, tampoco la fidelísima había cumplido con lo dispuesto por el genio que tenía por marido y, así, Vera falleció en  1991, con el manuscrito intacto y tentador. Aquí, el que no corre, vuela. Dimitri Nikolaievich Vladimir, hijo único de la pareja, ha fallecido el pasado miércoles 22 de febrero a los 77 años de edad en Vevey, Suiza, debido a las complicaciones de una infección pulmonar que le mantenía hospitalizado desde finales de enero.

Cantante de ópera, piloto de coches de carreras, alpinista, vividor y, sobre todo, avispado administrador de los royalties generados por las novelas de su padre, Dimitri dejó publicadas unas memorias, Revisiting father’s room, en las que desmonta la leyenda de hombre autista y gélido que rodeaba a su padre y lo muestra como un genio afable y dotado de un agudo sentido del humor. Esto último, lo del sentido del humor, es algo en lo que no necesitábamos ser ilustrados sus devotos, con estampas de la vida familiar, pues si algo descuella en sus novelas y sus cuentos es el filoso y metálico resplandor del vitriolo. A diferencia de su padre, que vivía con una entrega prácticamente monacal sus dos pasiones, la entomología y la literatura, su hijo Dimitri apuró una variada gama de cálices. Con sus casi dos metros de estatura, su eslava presencia en el escenario de la Scala de Milán, donde llegó a cantar junto a Pavarotti, era tan imponente como la de su padre con pantalones cortos de explorador, salakov y una red para cazar mariposas. En 1986, publicó El hechicero, un relato de la etapa rusa de su padre que se reveló como el antecedente juvenil de Lolita. Lo de El original de Laura era otra cosa. Se trataba, no de un texto acabado, sino de un embrión de novela. Pero, ¡cuánto disfrutamos sus admiradores examinando cada palmo de la cocina de una imaginación portentosa, observando el nacimiento de una trama, el meticuloso dibujo de los personajes, la pulcritud genial con la que el lápiz del escritor iba paladeando las palabras!

En las memorias de su vida como hijo de un genio, Dimitri evoca la última conversación con su padre, días antes de su muerte. Lo vio llorar porque ya no podría perseguir una rara especie de mariposa que frecuentaba los Alpes en aquella estación del año. Le molestaba dejar este mundo sin capturar ese ejemplar. Persiguió lo extraño y lo deslumbrante con su cazamariposas y con el lápiz, del que salieron algunas de las ficciones más cercanas a la perfección escritas en nuestro tiempo.
 

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comentarios
1 Justivir, día

Si damos en hablar de los hijos de padres literatos, comprendo que Vítor Gago nos ilustre con esta semblanza del hijo de su admirado Nabokov. Comoquiera que yo no he leído nada de don Vladimiro y apenas le ubico en las febles miradas de Jeremy Irons a la provocativa niñita, la cosa me viene como de molde para hablar de otro escritor al que yo admiro y leo con interés y cuyo hijo denuncia el ostracismo al que ha sido relegado su progenitor, agraciado –éste sí- con el Premio Nobel. Siendo su Pascual Duarte la novela española más traducida después del Quijote, mal se entiende que ahora se le borre de la lista de los clásicos y que se prefiera recomendar las composiciones de trujimanes hispanos de medio pelo.

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