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El gran desconocido

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Les contaré algo que he escrito en mi cuaderno con hojas de rayas. No por nada, no porque tenga algún interés lo que ahí se cuenta, sino porque tengo algunas puntualizaciones que hacer, y voy a hacerlas sin dilación.
 
Dice así: [Entre corchetes, Gran Público, las oportunas puntualizaciones]
 
Ahora mismo estoy tranquilamente en el sofá después de un duro día de paro [a ver, capullo, tú no estás en el paro, tú no tienes ni idea de lo que es pasar un duro día de paro] medio sentado medio tumbado. La carne es triste y ¡ay! todo lo he leído. [¡Fantasma! Es de Mallarmé, y ni siquiera lo has leído directamente, sino citado por Roberto Bolaño en un cuento titulado Literatura + Enfermedad = Enfermedad]. Estoy tan ricamente viendo un programa de Curri Valenzuela [sí, lo conozco: instructivas y amenas tertulias a la hora del vermout, estupenda Curri Valenzuela, gran profesional. ¡Qué pasa!] en horario de redifusión [Redifusión: dícese de las emisiones del mismo programa en distintas horas]. Me gustan las redifusiones, hacen que me pregunte, con cierta actitud ensoñadora: ¿Qué estará haciendo ahora Curri Valenzuela? ¿Estará reunida con su equipo, analizando la actualidad? ¿Verá su propio programa con el ojo clínico de los profesionales exigentes, delatándose a sí misma con implacable rigor: aquí farfullas, aquí deliras, ¡ese flequillo!? ¿Habrá algo para cenar o tendrá que hablarle alto y claro a su familia para que no la dejen sola con todo? ¿Realmente es feliz Curri Valenzuela? [tú eres gilipollas o qué: las redifusiones son una gran idea de la televisión moderna]. Las redifusiones son una gran idea de la televisión moderna: gracias a ellas, aumentan las opciones de ver lo mismo a distintas horas, de la misma forma que con la TDT aumentan las opciones de ver lo mismo en distintos canales. No soy un experto en televisión, ni siquiera veo más de 15 minutos al día, pero he entendido que el pluralismo consiste en redifundir la misma basura a distintas horas y por distintos canales. [El típico snob que despotrica de la televisión. No me extraña que, con esa actitud tan negativa, te pases tirado en un sofá un viernes por la tarde en la flor de la vida]. 
 
El hecho es que estoy tirado en el sofá un viernes por la tarde en la flor de la vida, viendo cómo Curry Valenzuela y sus tertulianos afrontan en redifusión el análisis de la palpitante actualidad, que en la redifusión de hoy ha estado marcada por la entrega del Premio Cervantes de Literatura del año pasado al señor José Emilio Pacheco. "Un gran desconocido", lo despacha un tal José Antonio Vera, de labios gruesos y pelo brillante y romántico. "Un gran desconocido", asiente una señorita cuyo nombre no recuerdo que alega pasarse la vida entre informes del Fondo Monetario Internacional. Hay dos tertulianos más, callados como tumbas ante el enigma del "gran desconocido" [Si hablan, porque hablan; si callan, porque callan como "putos": tú nunca estás contento. Una salida de tiesto más, y te quemo el cuaderno]. "Este año, el Premio Cervantes ha recaído en un gran desconocido. La anécdota del día ocurrió cuando se le cayeron los pantalones. José Emilio Pacheco pidió excusas a los periodistas y explicó que no llevaba tirantes". Enorme Curri Valenzuela. Cada día más resuelta. Ganando en cada redifusión. 
 
Ahora glosan el discurso de Su Majestad el Rey. No tienen ni idea de quién es el "gran desconocido" de las letras hispánicas, no han leído un sólo verso suyo, pero siguen el canon literario del Rey como si el Rey fuera Harold Bloom y no un Rey al que le han escrito un discurso de circunstancias. [Te estás pasando. Su Majestad ha leído mucho]. Su Majestad ha leído mucho, casi tanto como Mallarmé, aunque no considere "triste" la carne. [Te estás pasando cuatro pueblos. Te lo advierto: voy a meter tus sarcasmos en la trituradora de papel]. Es lógico que le escriban los discursos, un Estadista tiene otras responsabilidades aparte de ser la wikipedia de los tertulianos, por mucha Poesía que haya leído y por contenta que esté su carne en el ancho mundo. 
 
Lo gracioso es que Curry y sus contertulios sigan el discurso del Rey para poder decir algo sobre José Emilio Pacheco y no sigan el discurso de José Emilio Pacheco para poder decir algo sobre la Poesía, aunque sea en redifusión.
 
A lo que íbamos...
 
Las bolsas del Eroski son un dolor de abrir. No hay quien separe las comisuras. Son tan finas y transparentes, están tan juntas, que hay que tener filamentos en vez de dedos para meter una cuña y conseguir que cedan al tetrabrik de leche, los plátanos, el pack de latas de Pepsi, todo lo resistente en una bolsa, todo lo que no se escacha ni gotea. Luego, hace falta otra: señorita, espere, no se abre. Traiga acá. Dedos ágiles, nadie lo diría con esas manazas, la roña de contar dinero, esas uñas desconchadas de esmalte barato y chillón. La bolsa abierta como un pez globo. ¿Tarjeta Travel? Aquí lo frágil, lo frío y lo que gotea: los yogures en oferta, la pizza romana, el queso [¿El queso? Odias el queso. Siempre lo asocias al sarampión]. 
 
El queso tierno, blanco, comprado sólo por tocarlo a través del plástico, redondo, como el hombro de una chica. Se puede ser un gran bioquímico, un candidato al Nobel como Michel Djerzinski en Las partículas elementales de Houellebecq y, al mismo tiempo, haber perdido toda sensibilidad electrostática en las yemas de los dedos, haberlo leído todo y tener la carne más triste del mundo. 
 
Hay que volver a dilatar el instante como se dilatan las bolsas del Eroski. Hay que abrirlo con los dedos más educados o más toscos del mundo, aunque sea soplando aire caliente, para meter dentro todo lo pequeño, lo frágil y lo que gotea o sangra. 
 
De eso creo que va la poesía del gran José Emilio Pacheco. [Chico, estás desconocido]
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comentarios
1 Katakrok, día

Un truco del almendruco para abrir las bolsas del súper o híper: las yemas del pulgar y el índice (se entiende que de la mano) se mojan con un poco de saliva y se frota hacia arriba y abajo el borde de la bolsa...parece erótico, pero no lo es. Y la bolsa se abre. Un respeto por don Juan Carlos: SONETO A DON JUAN CARLOS I MAGNO Nunca alcanzó Filipo en Macedonia ni su magno retoño tu grandeza -de este Estado humorística cabeza, al cuadrado Borbón-, ni allá en Polonia Segismundo igualó tu parsimonia mayestática y regia, y tu majeza en toda Europa envidia la realeza, pues tu campechanía matrimonia -monarca de opereta, rey de antruejo- de Fernando el felón la simpatía (que sedujo a la helénica Sofía) con el castizo y proverbial gracejo de tu tatarabuela, aquella golfa a la que el genial Valle puso en solfa.

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