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Una despedida gótica

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Una diputada se despide emocionada del señor Zapatero por la “calidad humana” del presidente, del que dice que puede “mirar de frente a los españoles”.  Los políticos al fin han conseguido hablar como sus secretarios. “Calidad humana” y “mirar de frente” son cosas que se escriben fácilmente en un tarjetón con letra regordeta para enviar a Interflora con el encargo de la típica orquídea. “Miró de frente el futuro, seguro de que su calidad humana era el faro que nos guiaba”, o bien: “Mírame de frente y dime que toda la calidad humana de anoche no significó nada”; o este clásico: “Ostentó una calidad humana tan cegadora que solo en su lecho de muerte me atrevo a mirarle de frente”.  

 
Sabes que vives en una democracia avanzada cuando no distingues al político de su negro ni al conserje de un cacique. Lo reconoces claramente en que tú eres el botones de todos y llevas el tarjetón y pagas el ramo.
 
La cuestión de la jerarquía es crucial en ciertos géneros. La literatura gótica, por ejemplo. Debe quedar muy clara la diferencia, no solo entre vivos y muertos, sino entre ricos y pobres, o entre niños y adultos.
 
En el cuento titulado Historia de la vieja niñera, de Elizabeth Gaskell (1810-1865), la protagonista es una humilde adolescente de familia campesina, al cuidado de una rica huerfanita en una mansión victoriana donde hay un palpable mal rollo entre los moradores (la tía de la niña y su doncella, dos vejestorios solteronas) y sus difuntos. Los fantasmas son gente vengativa que regresa para ajustar cuentas. El tema del cuento es el orgullo, considerado como una pasión más fuerte que la muerte. El orgullo sobrevive a los muertos y se lleva por delante a los vivos. La moral victoriana, es lo que tiene. El pecado, por escondido que esté, acaba  expiándose en este mundo, a ser posible con gran despliegue sobrenatural.  La salida del armario del cadáver de la familia suele ser el momento climático del género. No hay lugar para la confusión en estas historias. Los fantasmas se manifiestan de manera inequívoca como seres de ultratumba. O bien no dejan huellas al caminar por la nieve, o bien se ponen a tocar el órgano de la casa de madrugada, sin ningún miramiento con el merecido descanso de la señora ni del personal de servicio, como ocurre en este relato de la divina Gaskell. También están claras como el agua las categorías sociales, un acento característico de la autora de Norte y Sur, testigo de las luchas obreras en el Manchester industrial del siglo XIX. En el cuento Historia de la vieja niñera, todo lo corrompido por el orgullo tiene un oscuro origen, nunca aclarado del todo, en el tipo de familia capaz de vivir en una mansión rodeada de extensas tierras de su propiedad. 
 
Me pregunto si el señor Zapatero no habrá venido al mundo a dar otra vuelta de tuerca a lo gótico, como hizo Henry James (1843-1916). Todo el mundo dice que está muerto, pero la mitad del Congreso le aplaudió, y las tres cuartas partes de España le han estado aplaudiendo durante siete años y muchos aún le aplauden, a él y también a lo que representa. Una diputada se emocionó, prendada de su calidad humana, pensando en que cuando salga de La Moncloa hacia el ancho mundo podrá mirar de frente a los españoles. Bien mirado, la transgresión del género es doble y consiste en borrar las categorías y provocar el miedo, no con el mal, sino con la virtud. En la pesadilla de la España gótica, los políticos no pasan jamás al otro mundo, sino que se transforman en gente común, tipos y tipas que cuentan anécdotas,  salen con la bici, abren una cuenta twitter, tienen la lágrima fácil y hablan igual que su negro quien, a su vez, habla igual que su hermano en la acampada.
 
Con todo, no es lo que más acojona.
 
Lo que más miedo da de este giro del relato de terror es que, a diferencia del clasicismo, aquí no ocurren regresos vengativos, sino bucles infinitos de despedidas rebosantes de buenos sentimientos.
 
El buen rollo es más fuerte que la muerte, y eso no hay lector sensible que lo resista.
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comentarios
1 Justivir, día

También vemos a Zapatero en ese otro cuento gótico que nos lo muestra amarrado al trinquete mientras, alucinado, ve pasar no muy lejos barcos pilotados por muertos que le miran y, encima, le sonríen mientras le recuerdan que fue él quien les marcó la derrota hacia aquellos bajíos en los que embarrancaron y perecieron todos. A él lo ató su contramaestre para no dejarle hacer, para evitar que ellos mismos acabasen en los arrecifes. El contramaestre arrojó a los tiburones al piloto y al oficial de derrota, y ahora navega, entre carcajadas, hacia un horrible Maelstrom en el que pereceremos todos los tripulantes. Todos, desde los viejos cocineros a los grumetes imberbes. Con el contramaestre a la caña, nadie a bordo sabe si aquellas alas que ven acercarse son las de un albatros o las del buitre que viene a devorarnos el hígado, tal vez comenzando por el del Prometeo de los ojos glaucos. Algunos ya están preparando la bala de cañón con la que arrojarse a las profundidades.

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